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Francisco Fresno Fernández

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Artista plástico


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  • 25
    Marzo
    2014

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    CONTRA LO CORRIENTE

    Hoy no tengo el día para pintar con buena luz natural, llueve. Así que me siento delante del ordenador a pensar algo mientras escribo.

    Ya he cumplido sesenta años y noto los efectos de la edad, pero en positivo, no como renuncia a cualquier tipo de ambición, sino con la necesidad de una ambición más selectiva proyectada en aquello que considero importante, y que poco tiene que ver con lo que afuera nos publicitan los escaparatistas. A estas alturas he soltado el lastre innecesario y no persigo falsas zanahorias. No es que quiera ir a la contra de nada, es que quiero ir a lo mío porque la mismidad es muy terca: nunca te permite ningún paseo desde fuera de ti mismo, aunque esto no le quite a uno el espíritu de sentirte cohesionado con todo lo otro.

    Fuera predominan los conflictos por los dominios ilegítimos de unos pocos sobre la mayoría, como casi siempre. Es la crisis de la inteligencia a la que se refiere Emilio Lledó, que está minando el orden de los valores y los valores mismos, y con ello vemos la caída de la educación y la cultura, y de los derechos más fundamentales al instrumentalizarse la vertiente económica de la crisis como herramienta de dominio por encima de la vida de las personas.

    La cuestión que me planteo es qué hacer cuando uno se dedica al arte, y también qué no hacer. Tenemos todo tipo de referentes en la Historia del Arte, de perros que se hunden, de desastres, de expresionismos de postguerra, de gritos... y también de luces y vidas, de reconstrucciones, de libertad, de goces y recreos, de juegos e ironías, de purismos, de refugios existenciales... y de todo lo que se quiera añadir sobre lo mismo y lo contrario en diferentes tiempos y contextos. Cada uno calza su zapato existencial como puede, tanto en el arte como en la vida.

    Dándole vueltas a esto, a mí me sale con más facilidad qué no hacer, y me sale no salirme: de las restricciones que yo mismo elijo en la práctica de mi libertad, de mis propias necesidades, de la ética, de la higiene profesional, de la independencia (entendida en sentido coloquial, no como algo estricto y socialmente reductor). Ante la fuerza del dominio externo elijo elegir, sin dar crédito ni hacer concesiones a quienes por sus intereses confunden lo permeable y lo elástico con la sumisión del sometido. Uno no está en el arte para obedecer a la cortedad de los egoísmos enemigos de lo humanístico. Una cortedad dominante que en el fondo necesitan algunos para justificar su propia miseria proyectada en los efectos de los demás. Una forma de miopía para no ver su propio analfabetismo social. La crisis de la inteligencia.

    Si no cedo no es por chulería, ni por estar sobrado de nada, ni por prepotencia, sino por lo contrario, por lo que dice un grabado de mi tocayo de Fuendetodos: “Aún aprendo”. No podemos aprender de los listos, ni de los dominantes, ni de los horteras, ni tampoco de los más finos que necesitan que los sigan y les hagan la pelota. No, el aprendizaje siempre se da a solas entre la ambición y la humildad, con aciertos y equivocaciones para ensayar primero con uno mismo, escuchando las necesidades propias para entender las ajenas y viceversa, siguiendo las pautas internas sin dejarse arrastrar por el empuje tan injusto y miserable de lo corriente.  

     

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