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Olaya y Alejandro

Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 01
    Abril
    2016

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    Oviedo salud psicología

    ¿Por qué somos supersticiosos?

    Toca madera. Cruza los dedos por debajo de la mesa. No rompas espejos. No te vistas de amarillo. Llévate el boli de la suerte al examen. No pases por debajo de la escalera. Cuidado, que hoy es martes y 13.

    Nuestra sociedad, y nosotros mismos, parecemos tener una serie de reglas no del todo lógicas para determinadas situaciones. Somos capaces de reconocer que muchas de ellas no tienen sentido alguno, pero sin embargo llevarlas a cabo nos ayuda a enfrentar ciertas situaciones con menos ansiedad. Es lo que llamamos 'superstición'.

    No eres la única que ha evitado pasar por debajo de una escalera aun cuando te era más cómodo que cambiar de acera. Tampoco eres el único que se ha puesto a buscar sus calcetines de la suerte como un loco antes de una entrevista de trabajo. A todos nos ha pasado -y nos sigue pasando-. Son conductas supersticiosas, es decir, creencias irracionales con las que intentamos tener el poder de atraer o repeler eso que llamamos "buena suerte". En la mayoría de ocasiones, reconocemos entre dientes que tales comportamientos no tienen lógica o influencia alguna en lo que nos ocurra posteriormente, y es que, como veremos más adelante, la mayoría de supersticiones se forman al asociar, por puro azar, un suceso con un estímulo que sea llamativo para nosotros en ese momento.

    ¿Entonces, por qué lo hacemos? La respuesta no es muy difícil: porque nos funciona. O mejor dicho, porque creemos que funciona. Tu boli de la suerte no sería tu boli de la suerte si con él hubieras sacado un 4,96 en el último examen, ni tus calcetines de la suerte lo serían si tu última entrevista hubiera terminado con el temido "ya te llamaremos". Es decir, la conducta supersticiosa surge cuando hemos tenido éxito o fracaso en algo concreto, y lo achacamos erróneamente a algo que no ha tenido nada que ver, llámese boli, brujita de la suerte, escalera, haber cenado dorada al horno con hierbas provenzales el día anterior, o no haber contado hasta 20 antes de salir de casa.

     

    No somos muy diferentes de una paloma

    Lo más curioso del asunto es que la superstición no es cosa solo del ser humano. De hecho, uno de los primeros en 'descubrir' los mecanismos por los que la superstición parece dominarnos en ciertas ocasiones fue un psicólogo norteamericano: B.F. Skinner, quien trabajaba con animales en pequeñas cajas, con el fin de estudiar su comportamiento.

    Uno de sus clásicos experimentos, de forma resumida, consistía en 'premiar' con comida (imagínense un exquisito gusano) a la paloma que estaba en la caja, cada vez que esta realizaba el comportamiento requerido por Skinner (picotear una luz, pulsar con la pata un botón...). Es lo que los psicólogos conocemos como ‘condicionamiento operante’.  Hasta ahí todo bien, si la paloma picoteaba la luz, se le daba comida; y ella tan contenta, claro.

    ¿Por qué somos supersticiosos?

    Lo curioso llegó cuando Skinner decidió premiar a sus palomas aleatoriamente, es decir, sin requerir a la paloma ningún comportamiento determinado, tan solo tendrían que esperar. ¿Qué descubrió el equipo de Skinner? El resultado fue que 6 de cada 8 palomas desarrollaron conductas que nada tenían que ver con obtener o no comida, pero el caso es que así lo creyeron ellas. Se encontraron con que una paloma empezaba a dar vueltas sobre sí misma, otra picoteaba cierta parte de la caja, otra se quedaba quieta hasta obtener la comida... pensando que con tal comportamiento conseguían la obtención de su manjar.

     En resumidas cuentas, podríamos decir que si las palomas llevasen calcetines, alguna habría achacado la obtención de comida a esta prenda. No es fácil desprenderse de la superstición, ya que como comentábamos anteriormente, son comportamientos en su mayoría sencillos que calman nuestra ansiedad de manera considerable. De todas maneras, la próxima vez que decidas evitar pasar por debajo de una escalera, recuerda que alguien te estará viendo como a la paloma que daba vueltas sobre sí misma.

     

    Alejandro Bascoy

     

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