De lo nuestro
Historias heterodoxas

Dos prusianos en Pajares

El viaje que en el otoño de 1896 realizaron a los montes asturianos el naturalista Hans Friedrich Gadow y su esposa, Clara Maud Paget

16.02.2016 | 04:08
Dos prusianos en Pajares

Actualmente, Prusia no existe como tal, aunque algunos de quienes habitan ese territorio reivindiquen su identidad. Fue reino en 1701 y se convirtió durante los siglos XVIII y XIX en una de las grandes potencias europeas, hasta que su último rey, Guillermo II, tuvo que abdicar en 1918. El país acabó pasando a la historia con el fin de la Segunda Guerra Mundial cuando la mayor parte de su territorio -Pomerania- se integró en Polonia y la región septentrional se anexionó a la URSS. En el otoño de 1896, el príncipe Enrique de Prusia -hombre audaz, a quien se atribuye haber inventado el limpiaparabrisas de los automóviles- vivió una pequeña anécdota en los montes de Pajares.

Alguien le había hablado de las bondades de la caza en nuestros montes y decidió comprobarlo desplazándose ex profeso desde León en un carruaje digno de su rango para pasar allí unas jornadas. Una vez acomodado, estuvo allí cuatro agradables días, hasta que una mañana su pequeño séquito y los guías lugareños que los acompañaban se quedaron incomunicados durante poco más de una hora por causa de una tremenda niebla en un lugar abrupto. Fue solo un susto, pero suficiente para que el aristócrata decidiese iniciar el viaje de regreso aquella misma noche sin esperar a más razones.

Por una coincidencia no buscada, a las pocas semanas, el pueblo lenense volvió a recibir otra visita prusiana. En esta ocasión se trató de un matrimonio que viajaba por el norte de España en una misión investigadora: el naturalista Hans Friedrich Gadow y su esposa Clara Maud Paget.

Hans había nacido en Altkrakow, un pueblo de Pomerania el 8 de marzo de 1855 y era hijo de un inspector de los bosques reales, una influencia que lo hizo conocer y amar la naturaleza desde su infancia. Tras concluir sus estudios pudo trabajar en el Museo de Historia Natural de Londres catalogando aves y desde 1884 fue conservador de la Colección Strickland en la Universidad de Cambridge, donde también impartía clases de morfología de los vertebrados. Clara, también aficionada a la biología, era hija de otro colega, profesor de Física, y ambos estaban casados desde 1892. Una pareja perfecta, con la necesaria complicidad para realizar juntos largos viajes.

Ya habían hecho una ruta parecida el año anterior y la completaron en aquel 1896 anotando las características de la fauna, la flora y el relieve de los lugares por los que pasaron, la historia y la morfología de sus pueblos y también la forma de vida de sus gentes, sin olvidar ningún detalle: sus creencias y comportamiento, su vestimenta y alimentación, la lengua, sus costumbres?Unos meses más tarde sus apuntes, con fotografías y los dibujos que ella realizaba se publicaron en "Por el norte de España", uno de los libros de viajes más entretenidos y recomendables que he leído nunca.

Hans Friedrich y Clara Maud también llegaron en tren hasta la estación de Pajares, desde Busdongo, donde se habían detenido a tomar unas notas. Llevaban con ellos complementos para combatir las inclemencias y un total de cuatro bultos de diferentes tamaños, en los que se repartían la tienda de campaña, un colchón de corcho, mantas de viaje, ropa interior, botas, un traje de repuesto, camisas de franela, utensilios de cocina de aluminio, té, café, azúcar, sopas condensadas Lazenby´s; un cuchillo noruego; un rifle; una cámara kodak y una pequeña bolsa con material de dibujo.

Además, como todo buen aventurero de la época, él vestía una chaqueta Norfolk. Ya saben, de esas que salen en las películas de Sherlock Holmes, con una hilera de botones, pliegues en forma de caja en la parte delantera y en la espalda y un cinturón de la misma tela y ella guardaba en una de las bolsas una falda de seda, otra de lino y un par de blusas elegantes para poder vestirse con algún lujo si la ocasión lo exigía.

De esta guisa se presentaron en aquel Pajares donde se vivía la crisis que había sucedido a la marcha de cientos de trabajadores tras la apertura del ferrocarril y aún estaban muy presentes las huellas del alud que, en 1888, había arrasado medio pueblo, ocasionando una decena de muertos y matando además a sesenta cabezas de ganado. Pero a pesar de estas circunstancias su primera impresión fue tan buena que anotaron en su cuaderno la reflexión de que era un lugar ideal para abrir uno de aquellos balnearios que en su época atraían al mejor turismo.

Allí se hospedaron en la fonda de Lotario, que describieron con todo lujo de detalles: "Situada entre una hilera de casas blanqueadas, en un lugar un poco más arriba del pueblo, desde donde se podía disfrutar de una hermosísima vista?los huéspedes de mayores pretensiones se alojan siempre en el piso de arriba. El descansillo da a una pequeña habitación con una mesa y unas sillas desvencijada; sus paredes blancas muestran unas estampas enmarcadas sin cristal que representan vírgenes y otros motivos religiosos, a cuyo alrededor se ponen papeles recortados en forma de puntillas o encajes con el fin de desviar la atención de las moscas?, a la derecha y a la izquierda de esta habitación hay dos dormitorios con una o dos camas de hierro y un lavabo en cuyo interior está colocada una palangana?, hay una vieja caja de madera entre las dos camas y una silla, que si se desea puede ser solicitada en la recepción".

En la posada, que llevaban en aquel momento el tal Lotario, abstemio, pero fumador empedernido, su mujer Concha y su madre, que era quien realmente dirigía el negocio, la mayor parte de las conversaciones giraban en torno a los acontecimientos de la guerra de Cuba.

Según su costumbre, Hans Friedrich Gadow lo apuntó todo, citando los lugares y las personas por sus nombres. Le llamó la atención especialmente el cura de Pajares, que aunque no era natural del pueblo, había pasado allí la mayor parte de su vida. Según él, se salía de la norma, era aficionado a la lectura de libros y periódicos y disponía de un estudio bien amueblado, con un sofá relleno de pelo de caballo.

Otros personajes que llamaron su atención, aunque por un motivo distinto fueron dos enanos, con un aspecto fuerte saludable, inteligentes y despiertos -uno de ellos especialmente famoso por su buena caligrafía-, que ya había sido fotografiados anteriormente "lo que constituía una prueba de una raza entera de enanos", aunque él aclara que sus padres y hermanos tenían una estatura normal.

En sus notas el prusiano dedicó varios párrafos a describir las características de la caza de los montes lenenses, que él mismo intentó practicar sin resultado: gamuzas, corzos, lobos, que habían aumentado en número desde que el Gobierno no premiaba su muerte, y osos, que, al contrario, ya eran pocos "debido a los esfuerzos de un nativo de Pajares, que a lo largo de su vida acabó con no menos de treinta y ocho". Una referencia que seguramente recordaba al famoso Toribión de Llanos.

Con todo, el periplo de Hans Friedrich Gadow ha pasado a la historia regional por sus apuntes sobre etnografía. El naturalista, que es citado como autor de la teoría de que el hórreo fue introducido por los suevos en la baja Edad Media, recogió en los montes de Lena dos datos interesantes. Uno es esta nota sobre un transporte muy peculiar: "El tráfico en los caminos vecinales se reduce prácticamente al de una especie de trineos bastante rústicos. Este armatoste llamado "forca" o "furado" al consistir en una fuerte horcadura de madera de haya, va clavado a los patines, que deben ser renovados cuando se desgastan. Una rudimentaria estructura de mimbre se sitúa sobre los extremos de la horcadura y resulta gracioso ver un par de bueyes arrastrando el "aparejo", nombre vulgar de tal invento".

La otra anotación es aún más valiosa porque recoge casi fotográficamente el aspecto de una braña payariega: "?zona abierta de pastos ubicada en un alto, en donde en verano se reúne al ganado. Por la noche los animales no están cercados, son vigilados por los pastores, quienes se refugian en pequeñas chozas, similares a colmenas, con paredes curvas hechas de maderas verticales con ramas trenzadas entre sí y cubiertas por una gruesa capa de helechos y escoba. La zona de alrededor de las chozas resulta verdaderamente desagradable por la suciedad que se ha ido acumulando, pero no por eso deja de ser utilizada año tras año".

Hans Friedrich Gadow falleció en Cambridge el 16 de mayo de 1928 dejando otros libros sobre sus viajes a México a principios del siglo XX -siempre con su compañera- y una extensa obra sobre el mundo animal y la ornitología, donde estableció un método de clasificación de las aves basado en la comparación de 40 criterios.

Su viuda Clara Maud Paget merece un espacio que ya no tenemos. Fue una mujer de gran cultura, cuñada de sir Joseph J. Thomson, premio Nobel de Física de 1906 y a su vez padre de sir George Paget Thomson, también premio Nobel en 1937. En sus últimos años siguió vistiendo los desfasados faldones eduardianos de su juventud y tuvo fama de excéntrica por su afición a los loros. También murió en Cambridge, el 2 de febrero de 1949 en una residencia de ancianos a los 91 años. Les confieso que disfruto con estos personajes.

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