28 de septiembre de 2016
28.09.2016
Historiador

Unas notas sobre Diego Suárez Corvín

La historia de un vecino de Urbiés con vida azarosa, criado y soldado, que destacó como escritor y pudo ser uno de los pioneros de la lengua asturiana

28.09.2016 | 04:08
Unas notas sobre Diego Suárez Corvín

Diego Suárez Corvín, o Diego Suárez Montañés, como lo llaman algunos -aunque este nombre da lugar a confusión porque coincide con el de un conquistador de su misma época-, nació en Urbiés en 1552 y tuvo una vida azarosa, cuyos pormenores ya hemos contado en alguna de estas historias.

Se marchó de Turón en 1574, después de una discusión familiar, cuando ya contaba 22 años, y tuvo que buscarse la vida como criado de unos caballeros de la villa de Toro. Recorrió a su servicio Castilla y La Rioja, hasta Navarra; luego trabajó como panadero en el horno mayor del Rey mientras se estaba construyendo el monasterio de El Escorial; cuidó palomas en la villa de Olías, cerca de Toledo; bueyes en Paterna; limpió olivares en Arcos de La Frontera; se encargó de un cortijo en Ronda y fue pastor de ovejas en la costa malagueña antes de enrolarse en una compañía de soldados que acabó destinada en el mes de abril de 1577 a las fortificaciones de Orán.

Allí pasó veintitrés años, fue a la cárcel acusado falsamente de conspirar contra el Gobernador de la plaza y acabó casándose con una española después de haber fracasado varias veces en su intento de desertar para volver a la Península.

Aquel matrimonio, con María de Velasco, que era 20 años más joven que él, y la tranquilidad que le dio su nombramiento como sacristán y escribano de la iglesia de San Bernardino y su hospital le permitieron dedicarse a las letras y -según contó él mismo- a partir del primero de mayo de 1592 empezó a escribir "sin tener género de gramática ni curso de ella". El 7 de abril de 1604 volvió por fin a pisar tierra española, en Cartagena, y desde allí retornó a Urbiés para ordenar su herencia y certificar su nobleza ante las autoridades del concejo de Lena; después aún tuvo tiempo para volver a la milicia en Italia, antes de morir en Valencia en el año cristiano de 1623.

Sabemos que escribió obras tan dispares como un poemario dedicado a Orán, una cartilla militar para soldados, otro manual con instrucciones para alcaldes y regidores de castillos o villas fronterizas y uno más con las obligaciones del hombre noble. Algunas no llegaron a publicarse, en cambio sí pudo llevar a la imprenta en 1607, en Alcalá de Henares, dos libritos en verso, el primero sobre la elección de Pelayo como rey de los asturianos y el segundo con una querella que desde Asturias se envió a Valladolid para defender la honestidad de los habitantes de nuestra región.

Pero su libro más estudiado es el que lleva el largo título de "Historia del Maestre último que fue de Montesa y de su hermano don Felipe de Borja. La manera como gobernaron las plazas de Orán y Mazalquivir, reinos de Tremecén y Tenez", porque coincide en tiempo y lugar con el cautiverio de Cervantes, capturado por los piratas argelinos. Este manuscrito se conservó en Valencia hasta que unos historiadores franceses interesados en la historia de Argel lo localizaron en la "sección de raros" de la Biblioteca Nacional de Madrid e imprimieron los primeros 31 capítulos en 1889; por fin en 2005 ya pudo hacerse una edición completa.

En 1901 el Bulletin Hispanique publicó una autobiografía de Don Diego: "Discurso verdadero de la naturaleza, peregrinación, vida y partes del autor de la presente historia", escrita con tanta pasión como mal estilo. Debía servir de preámbulo a una "Historia de Berbería" pero quedó inacabada porque la muerte vino a visitarlo antes de que la concluyese. Está llena de sabrosas anécdotas, que hacen que su lectura sea fácil y agradable. Lean, por ejemplo, este párrafo, del que he actualizado algunas palabras y corregido otras, porque la ortografía de nuestro paisano dejaba mucho que desear:

"También, estando en aquel lugar, se me ofreció un gran peligro de muerte, y fue que saliendo de la iglesia de San Francisco que está fuera de la tierra, la banda de Xerez, el Viernes Santo por la mañana, que se contaban veinte de abril del año 1576, me recosté a dormir al pie de la muralla misma cerca de la huerta del convento, donde una lagartija me dio tan grande fastidio, pasándome por cima del rostro, despertándome dos o tres veces, hasta que me hizo alargarme de allí como treinta pasos, donde no hube bien acabado de recostarme al pie de un olivo, cuando la cerca de la huerta vino abajo, que, por ser gruesa y de tres estados de alto, alcanzó a desgarrar parte de las ramas del mismo olivo, a cuyo tronco tenía yo arrimada la cabeza que reparó los ladrillos, que aventó de forma que no me llegaron a hacer daño, y los demás se extendieron por una y otra banda muy más adelante de mí, y el soplo de la caída de la cerca de más de 60 pies de largo me aventó el sombrero que tenía sobre la cara: de adonde me levanté atemorizado, santiguándome, dando inmensas gracias a Dios que me quiso librar de tal muerte por instrumento de una lagartija, que de entonces acá las quise bien."

Es sabido que los asturianos no nos caracterizamos por la defensa de nuestra identidad cultural, lo que se evidencia en el abandono del patrimonio, el desinterés por los rasgos propios y sobre todo el desconocimiento de los personajes que salieron de esta tierra, cuya memoria, de poder venderse en subasta, alcanzaría un alto precio en esas comunidades que están empeñadas en demostrar al resto del país la riqueza de su pasado, de manera que a nadie le debe extrañar el olvido en el que permanece Diego Suárez Corvín y del que podría salir si tenemos en cuenta que sus contemporáneos dijeron que alguno de sus libros fue escrito "en su mismo estilo antiguo de habla", lo que tal vez nos sitúe ante un pionero de la lengua asturiana.

Además, las posibilidades que nos ofrece a los historiadores son impagables. Podría ponerles muchos ejemplos, pero para darles una idea he elegido solo uno a partir de las dudas que suscitan estas dos líneas sobre su paso por Andalucía: "Conocióme en Baeza un hombre asturiano de mi tierra que vivía en la villa de Canena, aldea de Baeça, en que temiéndome de que escribiría a mis padres y vendrían por mí, me despedí y dejé este amo, no parando hasta la villa de Utrera en la baja Andalucía?"

Hemos adelantado que don Diego se fue de Urbiés de mala manera y por ello lo perseguía su familia, pero no conocemos quién podía ser aquel paisano que conocía su pasado. Lo que sí sabemos es que en 1443 había llegado a Andujar un tal García de Mieres, del que el autor Gonzalo Argote de Molina dice en su obra "Nobleza de Andalucía", publicada en Sevilla en 1588 que era "natural del valle de Mier en las Montañas de Santillana de la casa de Mier, que hoy está unida con la casa de Terán, cuyas armas son en campo azul tres lirios de oro y dos llaves de plata cruzadas y por la parte del anillo ligadas con una cinta de oro y sobre ellas una corona real de oro".

Por su parte, Carmen González Echegaray, estudiosa de las familias cántabras, nos dice que efectivamente la casa de Terán tuvo su origen en Pedrero (actualmente Terán), en Cabuérniga y en el año 1486, don Gutierre Pérez de Mier, y su mujer, doña María de Cossío, recibieron la facultad real para fundar mayorazgo siendo el receptor su hijo Juan de Mier y su nieto Gutierre. También es sabido que en Peñamellera Alta existe un pueblo llamado Mier, sin embargo algunas cosas no nos cuadran.

Para empezar, el tal García de Mieres salió de Asturias 43 años antes de que se concediese ese mayorazgo; para seguir, el escudo del apellido Mier, que también abunda en la Montaña Central es diferente al que él colocó en su casa: está dividido en cuatro cuarteles y presenta en cada uno de ellos una cruz, una espada rodeada por cinco estrellas, cinco coronas de plata; y cinco flores de lis.

Lo cierto es que su descendencia siguió utilizando el topónimo de Mieres. Su hijo Sancho de Mieres casó con Isabel González de Santiago y de ellos desciende el linaje que levantó en Andujar su palacio en el siglo XVI cuando ya llevaban los apellidos de Sirviente de Mieres y Cárdenas. El edificio se reconstruyó en el siglo XVIII y muy recientemente fue transformado en un magnífico hotel, que conserva el nombre de nuestra villa en el corazón de Andalucía. Para mí, que el asturiano que don Diego se encontró en la villa de Canena, a 58 kilómetros de Andujar, fue García de Mieres. Curiosidades.

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