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Crónica del infante enamorado

Cabrera Infante rememora en una nueva novela póstuma encantos y desencantos de una época irrepetible en La Habana

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POR LUIS M. ALONSO La Habana era entonces la ciudad perdida de la animada Rampa, El Gato, El Atelier y el Mambo Club. La ciudad de las noches largas que lánguidamente iban a morir al Malecón y de los daiquirís espesos y fríos del Floridita: cuando los boleros eran canciones tristes de moda y las muchachas, venus de nalgas de arena y oro firme. De ello versa el libro que acompañó a Guillermo Cabrera Infante toda su vida y que ahora, como si se tratase de exorcizar los viejos fantasmas, su viuda ha querido que viese la luz, aun arriesgándose a dejar constancia de lo que ella siempre supo del apetito sexual de su marido. «Por ese olor a frutas que tenemos las mujeres en el trópico cuando cruzamos las piernas», ha llegado a decir Miriam Gómez.

Cuerpos divinos tiene un comienzo privado y gozoso, en 1957, y un final público, a mediados de 1962. Justo a esa altura, brota la sentida declaración del autor de que las revoluciones son el final del proceso de las ideas, que se detiene cuando dolorosamente interviene la política. «La cultura entonces», escribió G. Caín, «se convierte en una rama de la propaganda» y las ideas pasan a formar parte de un programa ideológico. Aludo al escritor por el seudónimo con que firmaba sus críticas de cine en la revista «Carteles» precisamente porque Guillermo Caín es el que rememora todo aquello: el tránsito de la dictadura de Fulgencio Batista a la revolución que traicionó los ideales de libertad y acabó convirtiéndose en la tiranía que conocemos, nuevamente de actualidad por la represión de su disidencia. Como él mismo dijo: empezó escribiendo una novela y le acabaron saliendo unas memorias que alimentaba día a día, hasta su muerte, porque, cuando existe la voluntad de recordar, los recuerdos sólo se apagan inconscientemente.

La última novela póstuma por ahora de Cabrera Infante -en estos casos nunca se sabe lo que nos deparará el futuro- está anclada en la memoria y en la geografía. Así ha ocurrido siempre con su literatura desde Tres tristes tigres, que inauguró el ciclo que más tarde continuó con La Habana para un infante difunto y que bien podría darse por culminado con Cuerpos divinos, un papel que ya le atribuyeron en 2008, cuando se publicó, a La ninfa inconstante. La Habana, el cine, el sexo, la música y la revolución son protagonistas de las más de 550 páginas de la obra que nos ocupa. «No sólo la historia, sino la geografía nos condena. Han hecho truco hasta con la topografía. Nacimos en un oasis y con un pase de mano nos encontramos con un desierto», escribió el autor refiriéndose a lo que ocurrió en la ciudad perdida tras la llegada del castrismo al poder.

En La ninfa inconstante, el crítico cinematográfico, o sea, Guillermo Cabrera Infante, es decir G. Caín, se enamora de Estela, una casi niña huraña, arisca y de rara belleza. Estela, Estelita, es, en Cuerpos divinos, Elena, Elenita, la misma nínfula en la misma Habana sensual, donde la esposa ha dejado de esperarlo despierta. En esta enésima recreación del microcosmos tropical, atrapado nuevamente por la topografía, el periodista habanero que amaba a las mujeres, la música y el cine, vive un tiempo de disolución política, entre novias y fleteras, boites, restaurantes y la redacción de «Carteles». Más atento a completar su colección de discos de jazz que a mantener a flote su matrimonio; pendiente de las venidas de la Sierra y de las cartas desde Oriente de Carlos Franqui, hasta que regresa para interrumpir su felicidad y encomendarle el suplemento literario del diario «Revolución», que finalmente acabó cerrando en 1961 por no acatar la línea de pensamiento oficial castrista.

Pero antes de ese nuevo y triste amanecer en el trópico, ocurren unas cuantas cosas. Están, por ejemplo, los encuentros con Hemingway, al que Caín ve por primera vez bajando «por ese tramo de calle sin nombre, the street with no name, que está entre el Centro Asturiano y la Manzana de Gómez, con sus pulidos adoquines azules». No hay que perderse la descripción del personaje: «Hemingway no era Hemingway sino un hombre grande, colorado como un camarón cocido, que caminaba vestido como un turista, usando zapatos bajos pero no sandalias (hombre tan viril no iba a alimentar los prejuicios habaneros contra aquel que lleva sandalias. Cristo mismo habría sido acusado de pederasta: Ecce Homo) y sin embargo llevaba unas unos shorts largos, bermuda short trunks sería su nombre, que con los largos calcetines hacían de sus piernas un mazacote de músculos con las pantorrillas boludas y los muslos protuberantes. Llevaba una suerte de pulóver suelto y listado, como si fuera mitad hombre y mitad cebra. Tenía los largos brazos tan musculados como las piernas y muy velludos. Por entre el escote del pulóver también le salía un vello espeso del pecho. No usaba barba y su cabeza se veía enorme. A pesar de los calcetines altos y los shorts largos, el hombre daba una sensación definitiva de enormidad. Viéndolo bajar hacia la plaza de Albear pensé que era un turista a la caza de rincones habaneros?». O la vez posterior, en el Floridita, cuando Hem paga la ronda de daiquirís para librarse de la curiosidad del periodista y de sus amigos. O la visita a Cojimar con la fugaz y deslumbrante visión de Ava Gardner.

Los cuerpos divinos pululan por una Habana sensual de inquietante clima político en la que Carlos Puebla canta en La Bodeguita sus sones dedicados a Rolando "el Tigre" Masferrer, uno de los jefes de la policía represiva, lo mismo que más tarde y a no más tardar se los cantaría, con otra letra, a Camilo Cienfuegos. Una ciudad crepuscular donde por la noche las patrullas del SIM toman las calles para perseguir a los miembros emboscados de las brigadas de 26 de Julio, que el Gobierno de Batista y los comunistas, los ñángaras, coinciden en llamar terroristas. O aquella primera y única pregunta que el periodista de «Bohemia» le hace al Che Guevara en la fortaleza de La Cabaña, al poco de entrar los barbudos en la capital. «Nos encontramos con un hombre de mediana estatura, de barba completa aunque rala y con un gran parecido con Cantinflas. Usaba boina y fumaba un puro: era el Che Guevara. Las preguntas caían ante él y él las respondía con tono extranjero y cortante, demasiado tono militar. José Lorenzo no pudo hacer más que una pregunta:

-¿Es cierto que usted piensa invadir la República Dominicana? (Nunca supe cómo se le ocurrió semejante pregunta).

Y la respuesta del Che Guevara vino como un disparo:

-¡Falso!

Lorenzo no la oyó y le preguntó:

-¿Cómo?

Y el Che Guevara volvió a disparar:

-¡Falso! -esta vez con un tono más autoritario.»

Lo que siguió ya lo conocen, porque los boleros tristes, al igual que ocurre con la vida y las nínfulas de Guillermo Cabrera Infante, jamás dejan de repetirse. Suenan una y otra vez.

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