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Nacho Vegas y las margaritas

El asturiano edita el día 14 «La zona sucia», su disco más acústico y equilibrado y menos doloroso

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Nacho Vegas y las margaritas
Nacho Vegas y las margaritas  
 MULTIMEDIA

CHUS NEIRA
Ya va para diez años que Nacho Vegas se tumbó a dormir entre las flores del mal y le brotaron canciones. Desde aquel Actos inexplicables, sus versos han tratado, las más de las veces, arrancar los tallos, escupir los pétalos, masticar el polen. Sólo ahora, con La zona sucia, su primer trabajo fuera de Limbo Starr, en un experimento cooperativista llamado Marxophone que hace crecer en sello a él y sus mánagers y le pone copyleft y vinilo de serie a sus composiciones, parece que Nacho Vegas ha encontrado algún tipo de paz o de certeza. Desde los primeros acordes que abren, «Cuando te canses de mí», hasta la penúltima «Cosas que no hay que contar», Vegas recoge sus flores de siempre y se entretiene en deshojar la margarita que otras veces aplastó.

Claro que, como recitaba la hoja de prensa, creo, este no es (sólo) un disco de desamor. Pero sí es uno de sus motores fundamentales. Y lo importante, el cambio cualitativo, más allá de que haya logrado superar la etapa de mono y rehabilitación que musicó en El manifiesto desastre, es que el daño clásico de sus canciones se convierte en La zona sucia en tristeza; la desesperación, en melancolía; el crujir de dientes, en cantos de niños.

Este disco, se repite y es cierto, es un trabajo más acústico que los anteriores, aunque no falten himnos con cemento armado a base de guitarrazo, hammonds y pianos marca de la casa, como la inevitable «La gran broma final». Pero también aparecen, muy presentes, los acordeones de Abraham Boba, mientras los vibráfonos de Xuan «Zem» (Juan Lorenzo) ganan peso en buena parte del disco y Xel Pereda espacia sus benditas majaradas eléctricas y tira de slide allí donde puede.

Lo de los coros de niños, también se ha dicho, no es nuevo. Los había ya en «Michi Panero» y los hubo en el anterior disco. Pero no con la fuerza con la que irrumpen en La zona sucia. Creo que Vegas ha logrado al fin tener las voces infantiles que soñaba, y que funcionan como aquel efecto V de distanciamiento que decía Brecht, un tierno e inquietante contrapunto a su voz quejosa que, por una vez, suena con bastante dulzura en la mayoría de las composiciones y, atención, se siente alta y clara, lejos de tartamudeos dramáticos sobre los que el músico también ironiza hacia el final de la cara B de este LP.

Porque, sí, otra novedad son las duraciones y visiones globales de obra. Sólo son diez canciones y están repartidas con la cabeza puesta en el formato vinilo. Hay cosas tan breves y luminosas para ser Nacho como «Reloj sin manecillas» (homenaje al libro de Mccullers), pero también largos paseos por el interior de su pecho como la muy notable «Taberneros», casi siete minutos que enlazan con su «Mondúber» y en la que vuelve a tomar prestado de las coplillas andaluzas («quisiera y no quisiera, son dos cosas diferentes...») como hizo en «Lole y Manuel». La pieza tiene, por cierto, en los maravillosos coros de las Pauline en la Playa la dosis justa de desamor puesto a remojo para lograr un raro y bonito equilibrio.

Es lo mismo, el contrapunto coral, que lo que sucede en «Perplejidad», conocida antes como «Catedrales», y en la que las voces infantiles y el vibráfono hacen alegre otro triste paisaje de tierra quemada después de la batalla. «Lo que comen las brujas», en el grupo de las mejores, echa a andar por el mismo camino, y sigue con citas a Rimbaud y una melodía que una broma privada afirma estar inspirada involuntariamente en el himno del Sevilla, aunque uno lo que escucha aquí es, qué diablos, a Julieta Venegas.

Aunque igual es por el acordeón o porque en todo el trabajo hay mucho México, calaveras, diablitos, y hasta una dedicada a «El mercado de Sonora». O porque el que escucha trata de llenar con otra mujer el hueco que ha dejado la Rosenvinge, cuya ausencia se proyecta aquí en las importantes «La gran broma final» o «Incendios». Al final, es Nacho Vegas, quizá en una de sus mejores cosechas. Lo es porque uno puede rastrear por aquí «Baby Cat Face», «Michi Panero» o «Nuevos planes...». O porque duele. Pero no sangra. Como duelen las heridas del alma cuando quieren empezar a curar.

CINE


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