«Babbit» en España

Sobre el conformismo, la crisis y las artes

 12:30  
Sinclair Lewis.
Sinclair Lewis. 
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ROSA SALA ROSE Quizá los escritores que verdaderamente merecen la categoría de clásicos no sean tanto los autores de una obra, sino los inventores de una palabra. Siguiendo esta definición, un autor clásico sería Cervantes, a quien debemos el «quijotismo», al igual que Kafka («kafkiano») o Goethe («fáustico»). Obviamente, la palabra trae consigo el concepto correspondiente.

De ser así, también Sinclair Lewis merecería la calificación de clásico, al menos en lengua inglesa. En una época como la nuestra, ciertamente kafkiana, pero poco dada al quijotismo o a las aspiraciones fáusticas, la palabra acuñada por Lewis disfruta de una renovada actualidad: «babbitry». El Webster la define como la cualidad característica de quienes «aceptan sin pensar y con entusiasmo los valores prevalecientes de la clase media sobre la respetabilidad, que hacen un culto del éxito económico y que desprecian o son incapaces de entender los valores artísticos o intelectuales».

El origen de «babbitry» se remonta a la novela Babbit, de 1922. Su protagonista, George F. Babbit, es un exitoso agente inmobiliario de 46 años con esposa, tres hijos y una casa con jardín. Goza de bienestar material y, gracias a su conformismo, disfruta de una gran popularidad entre sus conciudadanos. Pero como no hay novela sin conflicto, incluso un personaje tan autocomplaciente como Babbit acabará sintiendo una inquietud indefinible que se traducirá en rebeldía. Osará tener una aventura extramatrimonial y relacionarse con personajes bohemios, pero sus amigos de la Liga de los Buenos Ciudadanos castigarán enseguida su intento de salirse del redil condenándolo al ostracismo. Naturalmente, al final de la novela Babbit regresará al rebaño social con la cabeza gacha.

En el mundo de Babbit las artes aparecen pervertidas en beneficio del negocio. «La cultura -dice uno de los personajes- se ha convertido en un adorno y un medio de publicidad tan necesarios para una ciudad moderna como lo son el pavimento o una sucursal bancaria. La cultura, ya sea en forma de teatros, galerías de arte, etc., supone miles de visitantes». Este discurso político que ve las artes como simple polo de atracción turístico y máquina de hacer dinero resulta frecuente en nuestra época de recortes, como argumento engañoso para persuadir a los contribuyentes de que al menos una pequeña parte de sus impuestos cubra una partida aparentemente tan inútil.

Pero quizá en tiempos de crisis convenga cambiar de perspectiva y volver a defender las artes como un bien por sí mismo. Se ha demostrado que la práctica de una actividad artística cultiva el hábito de hacer las cosas bien y desinteresadamente, aspecto que se acomoda al espíritu emprendedor que España necesita como agua de mayo. Según el sociólogo Víctor Pérez-Díaz, «aprender a ser virtuoso y creativo por alguna razón más elevada que el simple poder, la riqueza o la vanagloria» es un componente central en la cultura de la innovación.

Con Babbit, Lewis pretendía plasmar la naturaleza de los hombres de negocios americanos de su tiempo. El problema es que en una crisis como ésta el sueño de la clase media que representa Babbit ha pasado a ser todo un privilegio. Los niños de hoy ya no quieren ser astronautas, científicos ni artistas de mayores, sino «babbits». Y así nos va.

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