Así gana el Madrid

 
Casillas y Sergio Ramos celebran el título.
Casillas y Sergio Ramos celebran el título. jesús diges / efe

MIGUEL L. SERRANO Así se gana una Liga. Con autoridad y fe, con casta y heroicidad, con la superioridad de quien se convence de su dominio. El Madrid es justo campeón porque su dictadura en esta Liga ha sido insultante desde la segunda jornada. Agarró impulso el pasado ejercicio, del que salió victorioso in extremis, y lo ha extendido de forma brillante a éste, sujetado por Casillas y lanzado por Raúl, selectos representantes de un grupo al que, con algún retoque, se le adivina un recorrido esperanzador.


El alma de este grupo está hecho de una pasta inesperada. Se despidió a Capello para eliminar la racanería del Bernabeu y se trajo a Schuster para alcanzar la excelencia en el juego. Ni lo uno ni lo otro. Pero de la mezcla resultó la esencia. Ratos de buen juego, sí, y mucho resultadismo. Competitividad elegante, si lo quiere llamar. Un material ideal para saber gestionar el tempo de la competición, clave para la consecución del trofeo. Con preciosas victorias como la de Valencia (1-5) y tacañas como la de Murcia (1-0). Con un ojo preciso para saber cuándo acelerar y, si acaso, con la ayuda de la incompetencia de sus rivales. Y compromiso, mucho compromiso. Así es el retrato de este Madrid que tiñó de blanco el título de Liga por trigésima primera vez en su historia.


Todo ello apareció por el Reyno de Navarra, empapado eternamente de antimadridismo. Ni un puñal en el corazón a falta de siete minutos logró hacer dimitir a los blancos. En la victoria (1-2) se vio las dos caras de este equipo. En el gol postrero de Higuaín, en los arranques de fiereza de Ramos o en la casta de Diarrá se percibió la estela de Capello; en la finura de Sneijder, la clarividencia de Gago o el toque de Robben se atisbó al rubio tetuón. Así, el Madrid, diezmado por la expulsión de Cannavaro, sólo fue dominador cuando se quedó en inferioridad acreditando dosis de buen juego para transitar hacia la épica y al orgullo de antaño cuando se situó en desventaja. Pareció conformarse al principio, con un aspecto ruin. Aceleró después ofreciendo exquisitas jugadas. Y tiró de casta y orgullo al final para remontar y llenarse de gloria.


El triunfo final, por la manera en que se certificó, presentó al Madrid actual en todo su esplendor. Un ingrediente mezclado con tintes italianos y alemanes. Ni nuevo ni viejo. Un compendio, en cualquier caso, demoledor. Capaz de asaltar de una tacada plazas como el Camp Nou, Mestalla, el Calderón o El Madrigal. Por eso, con más o menos juego y por haberle sobrado tres jornadas, el Madrid es merecedor de esta Liga, dicen, que irregular. Pero la regularidad se la puso el Madrid desde el principio. De ahí que se disipen todas las dudas de su jerarquía reciente en la competición doméstica. Porque la Liga de Campeones queda para otra reflexión.

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