Japón, Europa y Nueva York cierran en rojo pese al repunte de Shanghái y Shenzhen

09.01.2016 | 04:29

La prórroga por las autoridades chinas de la restricción (aunque ya no la prohibición) a la venta de títulos por los grandes accionistas de empresas cotizadas, la supresión de la orden de cierre de los mercados bursátiles cuando los precios superan el 7% al alza o a la baja, la presumible continuidad de las inyecciones de liquidez anunciadas el martes tras la primera clausura de la Bolsa y la intervención del banco central (el Banco Popular de China o PBOC) para frenar la depreciación del yuan relajaron ayer las tensiones sobre los parqués del gigante asiático aunque no despejaron la volatilidad ni las dudas.

China sigue preocupando a los inversores y a los mercados internacionales por los desafíos y problemas a que se enfrenta, agravados por la magnitud de su economía (la segunda mayor del mundo -equivalente al 17% del PIB mundial-y la primera en paridad de poder adquisitivo), su capacidad de arrastre sobre el resto del planeta (mayor consumidor de materias primas, segundo de petróleo y origen de casi la mitad del crecimiento mundial desde el estallido de la crisis en 2008) y su condición de economía intervenida y además opaca, lo que no permite precisar ni el alcance real de los problemas ni la naturaleza exacta de las decisiones.

Desaceleración. En los graves derrumbes de las bolsas chinas del 4 y 7 de enero -de intensidad análoga (-7%) al desplome que sufrieron en enero de 2015 y que fue el mayor desde 2008- subyace la inquietud por la desaceleración del PIB chino. Cuando la economía se ralentiza, la perspectiva de beneficios empresariales también mengua, y, en consecuencia, las cotizaciones caen. Esto se agudiza en China por el alto endeudamiento que arrastran muchas empresas manufactureras y que ahora se enfrentan a un exceso de capacidad por la menor demanda mundial y a menores ingresos para responder de sus débitos.

Parte de la desaceleración es consecuencia natural del tamaño de su economía. Los crecimientos a tasas de dos dígitos -como los que tuvo China durante años- son propios de países en desarrollo y se vuelven imposibles a medida que el país crece: en seis años (2004-2010) China pasó de ser la séptima economía del mundo a convertirse en la segunda. Pero su actual ralentización obedece además al incipiente tránsito hacia una nuevo modelo productivo (con mayor contribución de la demanda interna y un peso relativo menor de la inversión y las exportaciones) por el agotamiento de la estrategia mercantilista que impulsó al país desde 1978. Y también deriva del impacto demorado de la crisis internacional, que China sorteó hasta el año pasado con políticas de estímulo que generaron cuatro "burbujas" sucesivas: inmobiliaria, de crédito, bancaria y bursátil.

La difusión el lunes 4 de unos datos del índice manufacturero PMI peores de lo previsto, los síntomas de debilitamiento a su vez de otros sectores como el terciario y la rebaja de la predicción de crecimiento para China este año por parte del Banco Mundial el día 6 (recortó 3 décimas, hasta el 6,7%) ensombrecieron aún más las perspectivas bursátiles y agudizaron las tensiones.

Política monetaria y yuan. Para estimular la economía, China bajó seis veces los tipos de interés desde noviembre de 2014, mientras que EE UU emprendió entonces el camino contrario, confirmado el pasado 16 de diciembre con la primera subida de tipos desde 2006. El efecto inmediato fue consolidar la apreciación del dólar y la consiguiente depreciación del yuan, la divisa china. Esto aumentó la salida de capitales de China por las dudas sobre sus fundamentos económicos y para protegerse de un mayor debilitamiento del tipo de cambio toda vez que la Fed (banco central estadounidense) prevé cuatro nuevas subidas de sus tasas en 2016. La salida de dinero deprimió más la cotización del yuan, máxime cuando su tipo de cambio oficial está algo menos intervenido por el PBOC desde este verano por sus compromisos de liberalización gradual, lo que permitió su aceptación el 30 de noviembre en la cesta de derechos de giro del Fondo Monetario Internacional. La bajada del yuan es coherente a su vez con una economía que pierde pulso y que suscita muchas dudas. Para intentar controlar su caída, el BPOC ha estado comprando yuanes hasta reducir su magno volumen de reservas al equivalente a 3 billones de euros, su menor nivel en tres años. Sólo ayer logró un repunte de la moneda. La depreciación del yuan ha desencadenado el temor a una "guerra de divisas" y añadió más inquietud a las Bolsas.

Burbuja bursátil. La espectacular burbuja bursátil china (entre el verano de 2014 y el de 2015 la Bolsa de Shanghái se revalorizó el 154% y la de Shenzhen el 200%, con la entrada de 90 millones de inversores, muchos de ellos a crédito) estalló el pasado verano, pero la intervención pública interrumpió el desplome y la corrección de los excesos acumulados. Al comenzar 2016, la Bolsa seguía casi el 40% más alta que cuando comenzó la burbuja. La creencia de que el problema no está resuelto sino contenido por las medidas intervencionistas se agudizó este lunes, en la primera sesión del año, por el empeoramiento de la economía, por la salida de capitales hacia él área dólar (por la subida de tipos en EE UU y por la caída del yuan) y, además, porque esta semana vencía una de las decisiones con las que Pekín frenó el derrumbe de la burbuja en julio: la prohibición de que consejeros, directivos y accionistas con más del 5% de una sociedad cotizada pudiera desprenderse de sus títulos. El miedo a que ese dinero (176.300 millones de euros) abandonara la Bolsa en tropel cuando cesara el veto legal supuso que quienes no tenían esa limitación aceleraran su salida del mercado para anticiparse al desplome, con lo que desencadenaron el desenlace del que querían protegerse.

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