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El faquir Daja-Tarto, de la guerra al teatro

Memoria histórica de la actuación del mago oriental, natural de Cuenca, que subió con sus sables a las tablas de un teatro gijonés tras alentar a las tropas de Franco

 
El faquir Daja-Tarto, de la guerra al teatro
El faquir Daja-Tarto, de la guerra al teatro  
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JAVIER MORÁN A comienzos de junio de 1938, siete meses después del final de la guerra civil en Gijón, pero con la contienda aún activa en otras latitudes de España, subió al escenario del teatro Robledo, en la calle Corrida, el prodigioso faquir Daja-Tarto, cuyo apellido real era meramente conquense: Tortajada. Pero el hombre así apellidado había combinado las sílabas como si intuyera que algún día iba a actuar en la villa de Jovellanos, cuyo barrio principal, el de Cimavilla, había creado el lenguaje del «resve», o alteración del orden de sílabas y letras.


Así, Daja-Tarto adquiría el perfume oriental de quien se dedicaba en escena a tragar sables y a masticar vidrios. El paso de Daja-Tarto por Gijón lo relata Luis Miguel Piñera en su libro, recién publicado, «Posguerra incivil. Vencidos y vencedores en Gijón entre 1937 y 1940», muy documentado, como es habitual en los trabajos de su autor.


Daja-Tarto, según se decía en las reseñas de la época, venía de actuar en París, Berlín y Turquía, lo que suponía que la agenda del personaje debía de estar apretadísima, pues también consta que durante la guerra civil estaba contribuyendo a la animación del Ejército de Franco, mediante actuaciones ante sus tropas, con temibles números de desafío a las leyes de la naturaleza y de la fisiología. Suponemos que por esa contribución a la patria de los que en Gijón ya habían sido vencedores, y por sus servicios al sable del Caudillo, los punzones, espadas y botellas rotas de Daja-Tarto tendrían buena entrada en las ciudades vencidas, caso de Gijón, y que sus municipalidades verían con favorables ojos que tal patriota y servidor de los ánimos guerreros actuase en los teatros locales. Agrega Luis Miguel Piñera que el faquir se llamaba Gonzalo Mena Tortajada, que había nacido en Cuenca en 1904, que había actuado en los circos Price e Imperial, y que en 1990 publicó sus memorias: «La insólita vida del faquir Daja-Tarto contada por él mismo».


Así pues, las simpatías o antipatías contractuales de los teatros -particularmente de aquellos de los que se apoderarían los ayuntamientos en estos últimos 30 años- podrían venir orientadas ya desde hace muchos años, y más en un país como España, polarizado como pocos desde los primeros lustros del siglo XIX.


Por ejemplo, en torno al mismo día en que se conoció cómo el teatro municipal Jovellanos rechazaba la actuación de Arturo Fernández en la próxima semana grande, subía a las tablas del mismo coliseo el actor Federico Lupi, de amplia trayectoria, pero encumbrado mucho más a partir de aquel día en el que propuso que el PP debía ser controlado y aislado mediante un «cordón sanitario». Habría que preguntarle a Lupi si tal afirmación le ha traído después facilidad o contrariedad de contratación en aquellos espacios culturales que en ciudades, provincias o comunidades dependen del gobierno del PP.


Es también la pregunta que se podría formular al actor gijonés Arturo Fernández: ¿su participación en un mitin de Gabino de Lorenzo, durante la pasada campaña electoral le ha dificultado o, en cambio, allanado el trabajo en plazas del PSOE? Y al filósofo Gustavo Bueno habría que interrogarle también: ¿su libro «Zapatero y el pensamiento Alicia. Un presidente en el País de las Maravillas» ha causado efectos favorables o desfavorables en su relación con las administraciones gobernadas por el Partido Socialista?


Setenta años después del verano del faquir Daja-Tarto -que en menos de horas 24 pasó de la guerra al teatro-, actuará en el teatro Jovellanos el mago asturiano Anthony Blake, al que también cabe preguntarle si su intervención en un mitin de Álvaro Cuesta le ha causado problemas con el PP.


Y en agosto de 1940 se estrenaba en el teatro Robledo la opereta «La alcaldesa de Gijón», de Manuel Llaneza Iglesias y Francisco Esteban Ortega, basada en los tiempos de los Trastamara.


También la cita Piñera en el referido libro, donde se recoge aquella estrofa en la que el capitán Álvaro le imploraba a Beatriz, esposa del regidor: «Mujer que mi ensueño besa, / ¡no humilles mi corazón! / ¡Ten compasión alcaldesa, / alcaldesa de Gijón!». ¿Cabría reponer la obra con Arturo Fernández en el papel de capitán y Paz Fernández Felgueroso haciendo de ella misma?

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