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Un seductor con diplomatura

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Un seductor con diplomatura
Un seductor con diplomatura  

A. RUBIERA Daniel Rodríguez no pasará a la historia de la Escuela Universitaria de Trabajo Social por haber sido -que lo fue- su primer alumno con lesión cerebral capaz de superar todos los obstáculos y acabar diplomado. Ni por haber escrito, siguiendo la recomendación de algunos de sus profesores, el primer libro en el que un joven con diversidad funcional -el pondrá mala cara si lo llaman discapacidad- relata todos los retos a los que tuvo que enfrentarse desde que en los años ochenta sus padres decidieron matricularlo en un colegio de la red pública, evitando así los colegios de educación especial.

Daniel Rodríguez, uno de los primeros alumnos de integración de las aulas públicas asturianas, que acabó hace un año su carrera universitaria, por lo que sí va a pasar a la historia de la Escuela gijonesa es por su carisma y su capacidad para hacer amigos. La sociabilidad le sale por todos los poros; por eso hay quien va más allá en su diagnóstico: «Dani es un seductor». Lo dice una de sus profesoras universitarias. La misma que luego reconoce que, además de eso, es «un luchador. Un brillante luchador»; y la misma que aún recuerda con orgullo y emoción «la cantidad de aplausos que se oyeron, dirigidos a él, en el acto de fin de carrera; o cuando presentó su libro "Cordones para las zapatillas" en un encuentro coincidiendo con el "Día del trabajo social"».

Dani Rodríguez (Gijón, 1978) nació en el Cerillero y es hijo de Carlos y Marisa, un agente de seguros jubilado y un ama de casa que se volcaron en su hijo cuando éste nació «con el cordón umbilical hecho un lío alrededor del cuello y careciendo de las tecnologías avanzadas que husmearan en el vientre portador, lo que fueron, seguramente, factores determinantes para que la anoxia dañina dejara el cerebro sin oxígeno por unos segundos. Así empezó todo». Es la introducción de su libro, y la explicación de una vida basada en el reto diario.

Arrancó a caminar a los 4 años, en la playa de Porcía (El Franco), el lugar mágico de su vida, y desde ese mismo momento decidió que iba a convertirse en la permanente sorpresa para su familia, sus terapeutas, médicos y cuantos educadores quisieran pronosticar para él unos límites que nunca admitió. Por esa cabezonería suya, ese empeño natural en caerse y levantarse, en andar en bici como veía hacer a otros niños aunque se llevara por delante todos los matos de Porcía, en hablar por los codos aunque al principio fueran balbuceos de difícil comprensión, incluso en escribir y tomar apuntes pese a las fuertes limitaciones que sufre para esa actividad, Dani está casi tan acostumbrado a que la gente admire su tesón como a que lo expriman al máximo. Porque a fuerza de tumbar pronósticos, hace tiempo que nadie ve a Dani como un joven con limitaciones.

Se escolarizó en el colegio de su barrio y allí sufrió la nula -o casi nula- capacidad que tenían entonces los maestros para adaptar el ritmo de sus clases a los alumnos recién llegados de integración. Hasta quinto de EGB pasó los días en la última fila del aula, aislado de todo y dedicado a pintar y recortar. Como nada se le exigía, promocionaba de curso sin más problema. Hasta que él mismo, y su familia, pusieron fin a esa lamentable pérdida de tiempo. Entonces obligó a un maestro a prestarle atención. Lo sentaron en primera fila y comenzó su verdadera escolarización.

Fue el pleno convencimiento en sus posibilidades, tanto de sus padres como de su hermana Ana, el que acabó con el intento de Dani de ser quiosquero. Lo empujaron a pasar a Secundaria en la Laboral y allí, dice, vivió su gran juventud. Empezaron las largas charlas, en el recreo, con los amigos de su hermana mayor, su crecimiento personal y su sensación de integración. También los primeros desengaños con la sociedad que le rodeaba, incluidas las chicas.

Y cuando había algún peligro de caer en el pozo de la angustia, la dejadez, o la pena, allí estaba su madre para sacudirle el polvo. Porque fue Marisa la que siempre le ha dado caña desde bien niño. La que, llegada la etapa adolescente-rebelde-autista de Dani, no dudó en ponerle las pilas cuando consideró que su afán por la música escuchada a todo volumen con cascos llevaba la senda de convertirlo en un aislado del mundo. Un aislado, eso sí, con una banda sonora increíble, porque para entonces ya le gustaba Bruce Springsteen.

Ella lo animó a iniciarse en la lectura; pero cuando vio que sus consejos no daban fruto, entonces se lo exigió. «Vas a la librería y te compras tres libros. Los que tú quieras. Es una orden». Luego fue igual de imperativa. «Elige uno, el que sea, y dentro de cuatro días me explicas de qué va y cómo termina». Y entonces, en un verano de Secundaria, nació el amor de Dani por la lectura y la escritura. Aunque le cuesten un triunfo, tanto como acabar la Secundaria y, sobre todo, el Bachillerato. Porque Dani se negó a acabar la ESO y pasar a FP, como se supone que correspondería al 99% de los alumnos de integración. Quiso seguir estudiando, aunque el sistema educativo ya no estuviera preparado para albergar a los que tienen, como él, limitaciones.

A fuerza de exigir, logró apoyo de logopedas y consiguió que incluso le rebajaran la exigencia y pudiera matricularse sólo de la mitad de asignaturas por curso, ya que sus dificultades de escritura se convierten en torres muy altas que saltar en un sistema como el español, basado casi al completo en esa modalidad de aprendizaje.

Ni siquiera siendo universitario logró que los profesores se apiadasen de su incapacidad para coger apuntes y que le permitieran grabar las clases. La negativa fue rotunda y no quiso recurrir a una queja formal ante la dirección del centro, porque «no quería que María José Capellín, la directora, me lo solucionara». O se tenían en cuenta sus derechos por sus argumentos, o renunciaba a dar pena.

La bicicleta, el fútbol sala y los deportes en general tienen en Dani a un gran esforzado. Tiene viajes por el mundo memorables -como el año que fue de Buenos Aires a Iguazú en un Clio, con cinco personas, más, y acabó ingresado en un hospital con un ataque de asma-. Está aprendiendo a tocar la guitarra y sueña con seguir viendo, por toda España y parte del extranjero, a Springsteen en concierto. Hasta tiene montado un club de fans nacionales y el pasado año organizó una «kedada» en Gijón a la que acudieron unos 20 fanáticos como él, para quienes organizó hasta un viaje en catamarán. Todo eso y más es Dani.

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