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Atraco a las nueve y diez

El asalto anarquista a la sucursal del Banco de España
en Gijón, el 1 de septiembre de 1923

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Atraco a las nueve y diez
Atraco a las nueve y diez  
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J. M. CEINOS
Fue un atraco que comenzó con la frase clásica: «¡Arriba las manos, y que nadie se mueva!». Eran las nueve y diez de la mañana del sábado 1 de septiembre de 1923 en la sucursal del Banco de España en Gijón, entonces situada en la calle del Instituto. «Recibimos la primera noticia media hora escasa después de haber sido cometido el hecho, cuando nos encontrábamos descansando del trabajo de la noche anterior», explicó al día siguiente a sus lectores «El Noroeste» en su primera plana, debajo de un titular a las seis columnas que decía: «Asaltan la sucursal del Banco de España, hieren gravemente al director y se llevan 563.000 pesetas (sic)».

Por su parte, el diario local «La Prensa» también abría su primera a seis columnas, como era natural tras el «audaz asalto y crimen de ayer», titulando: «Una banda de ladrones penetra, pistola en mano, en la Sucursal del Banco de España, apoderándose de 556.657 pesetas», toda una fortuna para la época en «200 billetes de 1.000 pesetas; 200 de 500; 2.014 de 100; 1.000 de 50; y 429 de 25».

Pero es curioso que ambos periódicos destacasen, por ejemplo «El Noroeste», que «se trata de un caso que no había ocurrido nunca en Asturias ni en todo el Norte de España, pues es de los que sólo se venían sucediendo en Barcelona con alguna frecuencia, con extrañeza del resto de la nación, que estaba alarmada por la osadía que sus autores demostraron siempre para realizarlos».

Todavía es más curioso que los diarios gijoneses no hicieran mención alguna a los «osados» autores de los atracos en la Ciudad Condal, cuando todo el país sabía que eran elementos anarquistas y, en aquellas fechas, Gijón y La Felguera eran dos centros de primera línea del movimiento obrero anarquista español.

Luego se sabría que uno de los atracadores de la sucursal del Banco de España, que «conocían, por lo que se ve, de un modo perfecto cómo estaban distribuidas las dependencias del Banco» («La Prensa»), había sido Buenaventura Durruti, destacado activista de la CNT, nacido en León en 1896, que había comenzado la lucha obrera en las filas de la UGT.

Herido de extrema gravedad por un disparo efectuado por uno de los atracadores en un forcejeo, el director de la sucursal del Banco de España, Luis Azcárate y Álvarez, «falleció a las 15 (horas) del día 5 de septiembre». Asturiano de nacimiento, en el pueblo de Godos (Trubia), en las esquelas que los periódicos publicaron abriendo sus primeras el 6 de septiembre de hace 87 años destaca que antes de citar a su esposa e hijos apareciese «su director espiritual», el reverendo padre Elorriaga, S.J.

Años después, el jesuita Elorriaga sería uno de los protagonistas de los sucesos acaecidos en Gijón el 15 de diciembre de 1930, cuando una turba incendió la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús (la Iglesiona), en el transcurso de una manifestación tras los fusilamientos de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández, que habían sido los cabecillas del levantamiento republicano de Jaca contra la monarquía de Alfonso XIII.

Los disturbios comenzaron después de que se disparase contra la multitud desde la residencia de los jesuitas, situada en la calle del Instituto, resultando muerto un joven de apellido Tuero. Entonces, en la ciudad corrió de boca en boca esta estrofa alusiva: «Tres tiros sonaron y Tuero murió, y el padre Elorriaga fue el que lu mató».

Tras perpetrar el atraco, en el que hubo varios disparos, los anarquistas salieron a escape, topándose con Félix Manso, un guardia municipal de 59 años de edad, y relató «El Noroeste» a sus lectores del encuentro, con palabras del guardia: «Yo corrí (...) Ví que atravesaba la calle un individuo de unos 25 ó 26 años, de estatura regular, más bien alto, moreno, vestido bastante decentemente de gris oscuro, que me apuntaba con una pistola al observar que yo sacaba ésto -y el infeliz nos mostró un artefacto metálico parecido a un revólver, falto de cachas, como esos que los niños emplean para jugar a serenos y ladrones- (...) Verdaderamente aquéllo era deplorable». Y proseguía Manso contando su peripecia: «Yo intenté disparar, pero en vano; mi arma falló cuatro tiros seguidos. Mientras ya había disparado contra mí el desconocido, pero sin hacer blanco».

El diario republicano hacía un guiño al humor, a pesar de las circunstancias, y relataba que «la parte cómica del suceso fue la que relatamos a continuación (...) En el momento en que ocurrió el suceso pasaba frente al Banco el delineante de la Junta de Obras del Puerto don Luis Bericua (padre del que fuera guardameta del Real Sporting Daniel Bericua y abuelo del periodista Luis Bericua Huerta), quien se apresuró a ponerse en salvo, avisando al mismo tiempo a los agentes de la autoridad».

Luis Bericua recordó que en la calle Corrida, «cerca del Bazar Piquero, se sitúa de ordinario la pareja de Seguridad de servicio en aquella calle». Y hacía Corrida se dirigió «el señor Bericua a todo correr, cruzándose en su carrera con el guardia municipal Salustiano Álvarez». Entonces, al ver el guardia, que vestía de paisano «por encontrarse franco de servicio», a un hombre a la carrera, «se apresuró a detenerle, y como una fiera se tiró a él, cogiéndole de primera intención por la corbata, la cual quedó destrozada».

Mientras tanto, los atracadores, a la carrera, se dirigieron hacia la calle de Begoña, donde les esperaba «un automóvil gris, al que subieron rápidamente (...) Inmediatamente comenzó a funcionar el motor y el automóvil salió a gran velocidad hacia el paseo de Alfonso XII» («La Prensa»).

Seguimos ahora la fuga a través de las páginas de «El Noroeste»: «Cuando los malhechores llegaron por la calle de Begoña a la esquina que en el Paseo de Alfonso XII (el actual paseo de Begoña) forma con la calle de Covadonga, iban a una marcha tan excesiva que poco faltó para que volcaran o chocaran contra la pared del "Bar Aurora", al tomar la curva hacia la derecha (...) Y los desconocidos continuaron calle Covadonga abajo su vertiginosa huída, para internarse desde allí en la Carretera de Oviedo».

«El Noroeste», el mismo día 2 de septiembre, también informaba, en páginas interiores, de «otro escandaloso atraco» perpetrado en «las proximidades de Madrid». En esa ocasión, la Policía había detenido a un hombre, que, explicaba el diario, «se trata de un anarquista individualista, detenido ya varias veces».

El 6 de septiembre, en su primera, «La Prensa» explicaba el fallecimiento del director de la sucursal del Banco de España y adelantaba que la conducción del cadáver sería «una manifestación» que «tendrá el carácter de protesta que está en el pecho de todos (...) Será un acto como tantos otros que se celebran en España a cada momento, como los que se verifican en Madrid, en Bilbao, clamando por el amparo que hoy no tenemos, viendo con pena inmensa cómo mientras la sangría suelta de las arcas públicas corre hacia tierras extrañas e inhóspitas, se queda sin dotar lo más elemental y preciso para garantizar la vida de los ciudadanos españoles».

Se refería «La Prensa» a los fondos que se destinaban a la guerra de Marruecos, entonces en pleno apogeo tras el Desastre de Annual de 1921, como también estaba muy «caliente» el asunto de las responsabilidades políticas y militares por aquella tragedia española en el Rif, y desde las filas de la izquierda ya se apuntaba directamente a la cabeza de Alfonso XIII.

Por ello, doce días después del atraco anarquista a la sucursal del Banco de España en Gijón, el general Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, dio un golpe de Estado, con el beneplácito del trono, y puso a la nación bajo el mando de un directorio militar.

Buenaventura Durruti, por su parte, con el cambio político, huyó a la Argentina y Chile. Con el advenimiento de la Segunda República, en 1931, el leonés se convertiría en uno de los principales dirigentes cenetistas y en el personaje más carismático del anarquismo español.

Cuando estalló la Guerra Civil, Durruti marchó al frente de Aragón con las columnas de milicianos anarquistas y, en el otoño de 1936, se dirigió a Madrid para apoyar la defensa de la capital, entonces asediada por las tropas nacionales. Allí encontraría la muerte.

El historiador británico Hugh Thomas, en su obra «la Guerra Civil española», relata la muerte de Durruti. «El 19 de noviembre, mientras la batalla estaba aún en su apogeo, Durruti fue mortalmente herido frente a la cárcel Modelo (lugar en el que meses antes había sido asesinado el político gijonés Melquíades Álvarez). Murió al día siguiente en el hotel Ritz, convertido en hospital para los milicianos catalanes».

«Se dijo que su muerte había sido causada por una bala perdida procedente de la Ciudad Universitaria -prosigue Thomas-. También puede ser que se matara él mismo accidentalmente con su propio fusil al salir del coche. Se rumoreó también que lo había matado uno de sus hombres, un "incontrolable", que no estaba de acuerdo con la nueva política de participación en el Gobierno, pero de esto no hay pruebas y parece poco verosímil».

El líder anarquista fue enterrado en Barcelona, y dicen las crónicas que cien mil personas asistieron a las exequias de quien había atracado trece años antes la sucursal del Banco de España en Gijón.

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