02 de abril de 2017
02.04.2017

Una gijonesa experta en artes marciales combate la violencia de género en León

La guardia civil Yohanna Alonso reconoce que las maltratadas "tienen mucho que decir, pero casi nunca las escucha nadie"

02.04.2017 | 20:22
Una gijonesa experta en artes marciales combate la violencia de género en León
Yohanna Alonso, entrenando en León

Duerme cinco horas al día, si llega, y no tiene horarios "ni rutina de trabajo, ni de comida, ni de sueño". Yohanna Alonso (Gijón, 1983) lo combate todo con una sonrisa y una filosofía zen que le hace mantener la calma en cualquier momento. Se apoya en la disciplina, el respeto y el compañerismo para ello, la trinidad que comparten la Guardia Civil y las artes marciales, unos valores que ella ha asumido como forma de vida para sentirse realizada. En su profesión ayuda a víctimas de violencia de género y en su pasión ostenta el título de campeona del mundo de "Muay Thai" (boxeo tailandés) desde hace quince días. Desde entonces ha recibido miles de mensajes por redes sociales y correo que se ha empeñado en contestar, uno por uno, y 50 solicitudes de entrevista y reportajes de medios de comunicación regionales, nacionales y de cualquier soporte.

Este viernes, por ejemplo, se levantó a las 6.45 horas para entrar a las siete de la mañana en el cuartel de Cistierna, León, donde trabaja como Guardia Civil. De hecho en León está su vida desde que a los ocho años dejó el barrio gijonés donde se crió. Salió de trabajar a mediodía, como a las 17.30 tenía sesión de fotos y entrevista, no podía acudir a su clase de inglés y quedó a comer con su profesor para practicar, al menos, el "speaking". Pasó por casa a recoger su mochila con los bártulos para entrenar y puso rumbo al gimnasio "Victoria". A la llegada de LA NUEVA ESPAÑA ya está cambiada con el uniforme de faena. Parece cansada, llegó de Tailandia hace apenas cinco días y el "jet lag" la tiene grogui. "Necesito dormir", reconoce. Los usuarios del "gym" la paran sobre las colchonetas y la felicitan mientras ella sonríe. Está agotada pero es feliz con lo que hace y se le nota.

En los combates pega duro pero en el trato cercano habla suave, pausado. Casi como un susurro a pesar de asegurar que tiene "muy mal repente". También dice que no llora de emoción "porque hay una reputación que mantener". Lo asegura pero parece una fachada, una pared que construye para que el día a día de su trabajo, atendiendo y escuchando a las mujeres maltratadas, no le aseste un duro golpe que la deje K.O. Destila bondad, empatiza pronto, sabe escuchar y el respeto es el adalid de su vida. De ahí que combata el mal de la sociedad.

Con esas virtudes se enfundó el tricornio en 2005. Desde pequeña quería hacer la mili y por eso prestó el servicio militar en San Fernando de Cádiz, por Artillería de Campaña. La destinaron luego a Calatayud para un curso de policía militar y estuvo un tiempo en la APM de las Fuerzas Armadas en León, junto a otros siete compañeros, y opositó para acceder a la Guardia Civil. "Me cambié de cuerpo porque siempre fue lo que quise ser, desde pequeñita veía a la Policía y guardias civiles y me volvían loca", sostiene.

Gracias a su periplo por la compañía de Calpe, en Alicante, y "por casualidad", y a su posgrado en Psicología, encontró su sitio en el cuerpo. "Hacía falta gente para ayudar, atender y hacer seguimiento a las mujeres víctimas de violencia de género, me gustó y seguí". Pero de esta labor vienen muchos de sus males porque "siempre te llevas trabajo a casa" y aunque la experiencia es un grado, confiesa, sus años de servicio la han curtido hasta sacarse un máster en impotencia. "Cuando intentas ayudar y no puedes, te sientes frustrada", lamenta.

El más extremo fue hace años pero no lo olvida. Llamó por teléfono a una mujer a la que llevaba más de un año protegiendo para preguntarle, a las claras, que qué iba a hacer con su vida ahora que terminaba la orden de protección ante su expareja. Se le heló el corazón cuando ella le respondió, de buenos modos, que volvería con él porque su pareja había cambiado y era otra persona que le había demostrado que era merecedor de una segunda oportunidad. Colgó el teléfono, no sin pena, y dos días después se enteró que el compañero sentimental de su víctima, con una escopeta de caza, volvió a mostrar su verdadero y diabólico ser pegándole dos tiros. "Es sin duda lo más duro de esta profesión, querer ayudar y no poder genera mucha impotencia, muchísima".

A "la Leona" -su apodo- le gusta escuchar. No interrumpe, espera siempre a que su interlocutor termine su intervención, procesa el discurso y segundos después, tras madurar la respuesta, emite una contestación. Es su forma de empatizar, un don que ha ido perfeccionando caso tras caso. Su compromiso con las mujeres en peligro es tal que no duda en contribuir en lo que puede. Aunque eso le quite tiempo de sus pocas horas libres del día. No sólo da clases de defensa personal a sus compañeros del cuartel, también hace terapia con las mujeres maltratadas para enseñarles nociones de seguridad y empezará a colaborar con el Ayuntamiento de León en unas jornadas de fin de semana sobre defensa personal y también psicológica. Y todo ello sin cobrar un duro. "Si cobro algo, lo dono", matiza.

Sus consejos parten de escuchar. "Eso es lo primero, ellas tienen mucho que decir y casi nunca las escucha nadie". El tema es complejo. Mucho. Cada caso es un mundo y, en consecuencia, la terapia también, aunque hay ciertas indicaciones básicas que son el denominador común. "No esperes a llegar al portal de casa para ponerte a buscar las llaves, mira a los lados antes y no te quedes en la puerta, entra directamente". Más intríngulis tiene el aspecto psicológico. Del mismo modo que para entrenar da patadas a un saco muerto colgado del techo, pelea con el tricornio contra un muro. "La escuchas, le buscas una casa de acogida, que esté protegida, segura y a los tres días la vuelves a ver con la misma persona y en el mismo sitio; Dios mío, ¡qué dependencia psicológica más grande!". Yohanna es consciente, muy a su pesar, que se asemeja al alcoholismo, "si la persona enferma no reconoce que lo está no hay nada que hacer".

Lo peor, confirma, es que el futuro no es nada halagüeño. "Hay muchas personas jóvenes que ya les ves las maneras, su falta de educación, de modales y de respeto". Las generaciones 'ni-ni' que están viniendo son un indicador de que urge pedagogía. "Es un problema educacional, estoy convencida, que hay que trabajar desde casa y desde los colegios", propone. Pero la solución pasa porque el mensaje sea el mismo en ambos escenarios. "De nada sirve que te enseñen algo en el colegio si luego vas a casa y te dicen lo contrario". De ahí emerge otro disgusto social con tintes de tragedia porque "en muchos aspectos hemos empeorado con el tiempo". "Si me echaban la bronca en el cole, de pequeña llegaba con miedo a casa pensando en lo que me iba a decir mi padre, y ahora son los padres quienes van al colegio a pegar al profesor", lamenta.

No es de extrañar ante semejante panorama se desahogue dando patadas y puñetazos a un saco en el gimnasio. "Necesito desestresar y destruir", bromea. Lo hace gracias a las artes marciales, un estilo de vida que empezó a ser parte indisoluble de su ser a los 17 años. "Mis padres no querían, me apuntaron de pequeña a gimnasia rítmica pero a los 17 conseguí que mi padre me dejara, quizás porque pensó que a ver si le parten la cara y vuelve a casa", sonríe. Pero se equivocó. No sólo siguió con las artes marciales sino que es campeona del mundo de una de ellas, el "muay thai", una disciplina que le transmitió el maestro Lek antes de bautizarla como "buawloy", una flor tailandesa que está en el agua. "Nunca se hunde, siempre sale a flote y mi maestro dice que yo soy un poco así", explica Yohanna tras confesar que se tatuó la flor en el costado después de su victoria.

Tras vencer en el combate, celebrado en Tailandia, pensó en su familia y llamó a su hermano. "Nene, que he ganado", le dijo. "¡Ay mi vida, te quiero", le respondió. Pero como ella no es de llorar, disimuló que se volvía a emocionar al recordar las palabras de su hermano, el mismo con el que se pegaba de pequeña cuando soñaba con conseguir lo que acaba de lograr.

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