Grecia, harta, vuelve a las urnas

Syriza y los conservadores de Nueva Democracia libran hoy su segundo duelo desde enero, con ligera ventaja de Tsipras en los sondeos y el temor a una alta abstención

20.09.2015 | 04:40
Alexis Tsipras, en el mitin celebrado el viernes por la noche en la plaza Syntagma de Atenas.

Grecia vuelve hoy a las urnas ocho meses después de las últimas elecciones para, de nuevo, asistir a un duelo entre la coalición de izquierdas Syriza y los conservadores de Nueva Democracia (ND). Sin embargo, nada tiene que ver la situación actual con la que vivieron los helenos en enero, cuando Syriza rozó la mayoría absoluta y su líder, el ex primer ministro Alexis Tsipras, fue ovacionado como un héroe.

Ahora, la sensación es muy diferente: los griegos se sienten defraudados y hay un elevado grado de indecisos y abstencionistas. Hace ocho meses, como le recuerdan sus rivales de ND, Tsipras prometió acabar con los rescates y, sin embargo, acabó firmando un tercer programa de asistencia; prometió subir los salarios y ahora hay más desempleo; prometió impulsar la economía y el país ha vuelto a la recesión.

A raíz de la firma del tercer rescate, el ala más izquierdista de Syriza abandonó el partido y formó Unidad Popular, que, según las encuestas, podría no superar el umbral del 3% de votos necesario para lograr representación parlamentaria.

Los últimos sondeos publicados no dan un claro vencedor, aunque los estudios otorgan a Syriza una ventaja sobre los conservadores que oscila entre el medio punto y los tres puntos. La tercera fuerza más votada sería el neonazi Amanecer Dorado, con un 7% de los votos. Pero sin duda más importante es el elevado porcentaje de indecisos y abstenciones que se prevé, que en ninguna encuesta es inferior al 10%.

En Grecia, el voto es obligatorio, pero en la práctica no se multa a quien no acuda a las urnas.

Precisamente el nivel de abstención es lo que más preocupa a Tsipras, que en el mitin de cierre de campaña, celebrado el viernes por la noche en la céntrica plaza Syntagma, y en el que estuvo respaldado por el líder de Podemos, Pablo Iglesias, afirmó que "es necesario que no se pierda ni un sólo voto". Y lo justificó: "La abstención no es una decisión antisistema, es lo que desea Nueva Democracia", porque "cada voto que pierde Syriza es un voto de confianza a la corrupción".

En el mitin, Tsipras instó a dejar atrás las políticas "del pasado" y apostar por el "futuro" que representa su formación. "El domingo (por hoy) el pueblo dirá otra vez 'no', no al viejo sistema que representa Nueva Democracia".

Entre tanto, el líder de ND, Vanguelis Meimarakis, elegido presidente del partido cuando Andonis Samarás dimitió del cargo, es ahora el político más popular de Grecia. Lo que no significa que los helenos vayan a confiar de nuevo en las siglas que representa, que muchos siguen identificando con los males del pasado: corrupción, nepotismo y despilfarro.

Meimarakis no quería estas elecciones, ya que la reordenación interna del partido aún no ha concluido, pero ha prometido que, pase lo que pase, ND buscará la responsabilidad compartida y formará un Gobierno con el mayor número de partidos proeuropeos posible y, sobre todo, con Syriza.

Y es que la opción de un gobierno de concentración formado por Syriza y ND es la mejor vista por los acreedores, pues aseguraría la estabilidad para aplicar las medidas del rescate. Sin embargo, parece muy improbable: Tsipras la ha descartado al considerar que va contra natura.

La segunda opción es que quien gane las elecciones forme coalición con alguno de los pequeños partidos que consiga representación parlamentaria, caso de los centristas de To Potami o los socialistas del PASOK. Tanto Tsipras como Meimarakis se han abierto a pactar con alguna de estas formaciones, todas europeístas; pero en el caso del líder de Syriza la operación es más complicada porque tanto To Potami como el PASOK han descartado cooperar con los izquierdistas.

La última opción, si no hay un claro ganador y no es posible formar Gobierno, es celebrar nuevas comicios, lo que desagrada profundamente tanto a los acreedores como a lo ciudadanos griegos, que están hartos de su clase política.

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