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Sofía Rosón encuentra la paz en Cerredo

Degaña dedica a la mujer la plaza donde estaba su casa, en la que murió tiroteada durante la Guerra Civil l «Esto servirá para no olvidar nunca», afirma su hijo Pedro Fernández

 
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Pedro Fernández Rosón sostiene las fotos de sus padres, ayer, en su domicilio de Gijón.
Pedro Fernández Rosón sostiene las fotos de sus padres, ayer, en su domicilio de Gijón. marcos león

Cerredo (Degaña),

Pepe RODRÍGUEZ

Pedro Fernández Rosón, de 81 años de edad, ha visto cumplido uno de los sueños de su vida. En Cerredo, Degaña, el Gobierno local ha decidido dar el nombre de su madre, Sofía Rosón, a una plaza del pueblo. Y no a cualquier plaza, sino a la que ocupa el corral en la que esta degañesa fue tiroteada en plena guerra civil.

Residente en Gijón, Pedro Fernández ha luchado mucho por ello. Hace años que se puso en contacto con los responsables municipales para explicarles la historia de su familia. El equipo de Jaime Gareth López entendió que era de justicia el poner el nombre de Sofía Rosón a la plaza. Con ello buscan mantener «un recuerdo constante contra la barbarie, un recuerdo de los errores del pasado para que nunca se caiga en la tentación de repetirlos»

La trágica historia de Sofía Rosón tiene mucho que ver con las rencillas y enfrentamientos en los pueblos de España en plena Guerra Civil, según el testimonio de su hija. Un noche, unos hombres acudieron a casa a buscar a su marido, Pedro Fernández. Ella, aterrorizada, trató de escapar por la ventana de su casa. Por ello, recibió varios disparos. Su hijo Pedro, que entonces tenía ocho años, lo recuerda perfectamente. «Estábamos cenando los cinco hermanos, serían las ocho o nueve de la noche. Ellos eran muy pequeños y no se acuerdan , pero yo sí, como si fuese hoy. No sé si eran militares o guardias civiles, pero entraron y mataron a mi pobre madre. Recuerdo que luego la pusieron en la galería, donde estuvo gimiendo, agonizando, hasta que por la mañana murió. Como mi padre había huido a Gijón nos quedamos huérfanos y no fuimos a vivir con mis abuelos maternos», explica Rosón.

A partir de entonces, obviamente, la vida no fue nada fácil para estos hermanos. Pedro se fue a vivir a Gijón, con su padre. En la adolescencia, cuando cumplió la edad para hacer el servicio militar, se negó en redondo. «Bajo ningún concepto iba a ponerme a las órdenes de quienes mataron a mi madre. Así que ahorré lo poco que pude, pedí prestado a familiares y amigos y me embarqué con rumbo a Venezuela. Me daba igual todo, pero no quería ir con los militares. Sesenta días estuvimos en el Atlántico», señala.

Las cosas no mejoraron en América. Sin nada a lo que agarrarse, tuvo que dormir bajo puentes en más de una ocasión, y fue tirando hasta que consiguió que sus trabajos le permitiesen comer y, al fin y al cabo, vivir. Poco a poco, y con enorme esfuerzo, Pedro Fernández Rosón se empeñó en llevar a todos sus hermanos junto con él, pues no se fiaba de la situación en España y siempre pensó, como todos los hermanos mayores que se quedan huérfanos, que tenía una obligación para con los más pequeños de los de su sangre.

Sin embargo, todo el esfuerzo tuvo su premio. Con el devenir de los años formó su propia familia y consiguió crear una empresa que, a día de hoy, gobiernan sus dos hijos en Venezuela. Además, hizo posible que sus dos hermanos varones pudiesen prosperar en la vida y, actualmente, uno vive en Nueva York y el otro en Madrid. Por desgracia, sus dos hermanas fallecieron, una de ellas atropellada en un accidente de circulación.

Pedro Fernández Rosón no oculta su emoción por la plaza en Cerredo: «Estoy muy agradecido al Alcalde por este recuerdo para siempre de nuestra santa madre, es algo que me emociona. Creo, si no estoy equivocado y alguien me contradice, que mi madre fue la única mujer asesinada en el concejo de Degaña en aquellos tiempos, y eso había que recordarlo».

Cree que actuaciones de este tipo deben servir para el futuro. «Estoy seguro de que son una ayuda para que nunca se vuelvan a repetir episodios tan tristes de nuestra historia. Es tan lamentable que la gente muriese por nada, con sus hijos delante, sin la menor compasión», lamenta. «Por supuesto que hecho así sirven para algo».

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