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Viena celebra su mejor beso

El año de Klimt, pintor exquisito y pionero del modernismo, es una buena oportunidad para visitar la capital austriaca y disfrutar de su monumentalidad y gastronomía

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«El beso» («Der Kuss»), óleo sobre lienzo de 180x180 centímetros, pintado entre 1907 y 1908, expuesto en el Belvedere.
«El beso» («Der Kuss»), óleo sobre lienzo de 180x180 centímetros, pintado entre 1907 y 1908, expuesto en el Belvedere. 
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OVIEDO, LUIS M. ALONSO La grandeza de la Viena fin de siglo deslumbra al ojo humano. Quienes no la hayan disfrutado tienen la gran excusa para hacerlo este año coincidiendo con la conmemoración del 150.º aniversario del nacimiento de Gustav Klimt ((1862-1918), pintor exquisito y pionero del modernismo. El que esté familiarizado con la capital del viejo Imperio austro-húngaro, la posibilidad de reencontrarse con la monumentalidad arquitectónica del Ring, los edificios del Parlamento, la Universidad, el Hofburgtheater y el Ayuntamiento. Allí están la Ópera y el Musikverein, una de las mejores salas de conciertos del mundo, el Kunsthistorisches Museum (Museo de la Historia del Arte), el edificio de la Secesión y las estaciones de metro de Otto Wagner.

Klimt revolucionó la pintura. Sus cuadros, ornamentados en oro, figuran entre los más caros del mundo. Sus excepcionales retratos femeninos documentan el auge de la burguesía. La obra de Klimt, criticada en Austria, obtuvo, en cambio, grandes elogios en el extranjero. Refleja la transición de la época Ringstrasse hacia los comienzos de lo abstracto. El pintor pasó la mayor parte de su vida en Viena y su obra más conocida, «El beso», se encuentra expuesta en el Belvedere, que desde el 12 de julio hasta enero de 2013 programará una exposición extraordinaria.

La llamada etapa media del autor, de 1886 a 1897, se podrá ver en el Museo de la Historia del Arte entre el 14 de febrero y el 16 de mayo. El Leopold ilustrará, del 24 de febrero al 27 de agosto, una visión personal del pintor con la correspondencia mantenida con su compañera, familia y amigos durante sus viajes, una buena parte de ella procedente del legado Flöge, un centenar de dibujos y algunas de las piezas maestras, entre ellas «Vida y muerte». Los diseños, mosaicos y trabajos de restauración, como los que realizó para la familia Stoclet, «La espera» o «El abrazo» se expondrán del 21 de marzo al 15 de julio en el Museo Austriaco de Artes Aplicadas. Los retratos y dibujos, cerca de 400, se podrán ver del 16 de mayo al 16 de septiembre en el Museo de Viena, de la Karsplatz. Cerca, en la Künstlerhaus, de julio a septiembre, la vida del artista documentada en fotos y cartas procedentes de su archivo. Más dibujos, en la colección de la Albertina, retratos y desnudos, del 14 de marzo al 10 de junio, en Albertinaplatz.

Viena es una ciudad donde se disfruta comiendo y bebiendo. Filgmüller, en Wolzeille, paralela a la gran catedral vienesa, la popular Steffi, sirve el wiener schnitzel, que en otros lugares se conoce por escalope empanado o milanesa, y que la capital de Austria ha elevado a la categoría de mito. Se presenta en plato como una gigantesca sábana y se acompaña de una caña de vino blanco de la cosecha del año. El Filgmüller es una cita ineludible en el Ring de Viena. En Drei Husaren, también al lado de San Esteban, se come una buena versión del tafelspitz, vieja gloria de la cocina vienesa: un plato de ternera hervida con zanahorias, nabos, cebolla, patatas, enebro, puré de rábano blanco y manzanas, que se acompaña de una salsa de cebollino. El emperador Francisco José hizo de la especialidad un culto. Él mismo supervisaba su preparación en las cocinas del Hofburg y dirigía el ceremonial en la mesa.

Otros lugares populares son los beisl, pequeños bares de la esquina, en los que normalmente se bebe cerveza y se come goulash o beuscherl, un típico guiso de entresijos (pulmón, corazón, higadillos) que se sirve como un picadillo acompañado de una crema agria y bolas de masa hervidas. El término beisl viene del yiddish y se traduce como casa pequeña. La mayoría de estos populares restaurantes desapareció en los últimos veinte años. Pero permanecen algunos locales de culto: Gustl-Bauer, en Drahtgasse; Herkner, Zum Scherer, en Judenplatz, el viejo barrio judío, o el Plachutta, entre otros. Pero hay otros muchos nuevos «beisl» que también se han establecido últimamente, dirigidos por chefs jóvenes y ambiciosos en busca de una cocina moderna, sofisticada pero fiel a las raíces. Buenos ejemplos son el popularísimo Grünauer, en Hermanngasse; el clásico Schnattl, cerca del Theater in der Josefstadt, Meixner, en el distrito 10, y el estupendo Wirtshaus Weibel, donde el patrón, Hans Weibel, sorprende con una extensa carta de vinos. Búsquenlos.

Además de los tradicionales restaurantes, las «Gästehaus», o el elegante Korso, en la Mahlerstrasse, junto a la Ópera, donde Karl Krauss decía que la gente iba a ver y a ser vista, o el Steirereck, de Heinz Reitbauer, en el precioso Stadtpark, que figura en la lista «Pellegrino» de los 50 mejores restaurantes del mundo. Combina algunos platos tradicionales de Estiria con una cocina renovada donde destacan los dumplings de sémola y caviar, o el rodaballo asado con hinojo, o el exclusivo hígado de ganso Steirereck. El lomo de cordero, los espárragos con paloma y el risotto a la pimienta roja con conejo son otras especialidades. La carta de vinos incluye una larguísima selección. Caro. Otros tres restaurantes en la capital austriaca cuentan con una estrella: Walter Bauer, de Tommy Moebius; Novelli y Mraz & Sohn. Los dos últimos, desconocidos por el que escribe, pero ampliamente recomendados por las publicaciones especializadas.

La ciudad se rinde ante «bistrots» como el Barbaro's, con ambiente trendy, desde el que se pueden contemplar los tejados de la vieja ciudad. En el Graben, se encuentra Meinl am Graben, de surtidísimos ultramarinos que también sirve platos. Y cerca, el Bar Trzesniewski, donde se pueden comer unos buenos panecillos untados con diferentes pastas y beber buena cerveza. Grinzing y Heillingenstadt, dos pequeños y animados pueblos a las puertas de Viena, ofrecen la tradicional comida de merendero: plato de embutidos, panceta ahumada, chicharrones, los quesos frescos con cebolla y pimentón, las morcillas, los patés de hígado y las salchichas, acompañadas del vino joven de la temporada, el Heurigen. Las salchichas, las wiener, se comen en los quioscos esparcidos por toda la ciudad y en el Prater, donde, al igual que sucede en Grinzing o Hellingenstadt, turistas y vieneses comparten mesas largas, vinos, cervezas y canciones típicas.

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