30 de enero de 2013
30.01.2013

Proust, cuando no falla la memoria

«En busca del tiempo perdido» ha llegado a ser una lectura indispensable como evocación de un mundo retrospectivo recreado a través de los personajes y los sentimientos

30.01.2013 | 01:00
Sobre estas líneas, el célebre retrato de Marcel Proust de Jacques-Émile Blanche, de 1892. A la derecha, la fachada marítima del Grand Hotel de Cabourg antes de sus últimas reformas.

El malogrado escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia contó con envidiable humor, en la necrológica de su madre, que una de las últimas empresas de María de la Luz Antillón había sido leer los siete tomos de «En busca del tiempo perdido». Como él nunca lo pudo terminar, y la mujer se encontraba bastante pachucha, pensó que era más o menos como plantearse los doce trabajos de Hércules. Un día entró en su habitación y la moribunda le informó de los avances: «Ya se murió Albertine». Luego fue ella la que entregó las llaves, pero antes de que eso ocurriera acabó «El tiempo recobrado». Santo empeño.

La gigantesca obra de Marcel Proust abarca un período de más de medio siglo, entre 1840 y 1915, y fue publicada en siete partes, quince volúmenes, unas 4.000 páginas y alrededor de millón y medio de palabras. Cuenta con un elenco de más de doscientos personajes. La primera edición de «Por el lado de Swann», en 1913, corrió a cargo de Grasset. Tras ella vinieron «A la sombra de las muchachas en flor», «El mundo de Guermantes», «Sodoma y Gomorra», «La prisionera», «Albertine ha desaparecido» y la anteriormente citada, «El tiempo recobrado».

Proust empezó a escribirla en París en 1906 y hasta seis años después no completaría su primer borrador. Como se trata de la búsqueda del tiempo, el argumento se alía sin quererlo con los años, los meses, los días y las horas empleados en dar forma a uno de los trabajos literarios cumbres del pasado siglo. Por las sucesivas novelas, o quizás deberíamos decir por la novela, circulan los flujos y reflujos de la memoria, los deseos y sentimientos de los personajes que vagan por las páginas en perfecto diletantismo. No se conocen sus profesiones: simplemente están ahí para llenar los momentos del lector con sus ocurrencias, como los clásicos griegos o los protagonistas romanos de las bacanales.

Hay quienes piensan que se trata de una autobiografía del propio Proust, pero no es así. El autor se valió de su experiencia en los salones para convertir su obra, o la del narrador, en un espejo caprichoso de su vida y de la de otros que frecuentó. El narrador y el autor se mueven en los mismos ambientes o parecidos, pero no hay que confundir. Así lo pensaba Nabokov, que está acertado en su análisis de la novela. Proust le confesó alguna vez a Élisabeth de Gramont, aquella escritora descendiente de Enrique IV de Francia que mantuvo relaciones con Natalie Clifford Barney, que lo suyo era mirar por el ojo de la cerradura. Ella hacía lo mismo.

Pero ¿quién era Marcel Proust? En conmemoración del 90.º aniversario de su fallecimiento y con motivo de celebrarse los cien años de la publicación de «Por la parte de Swann», Plataforma Editorial ha recopilado en un libro bellamente ilustrado los recuerdos del tiempo perdido, documentos procedentes de la colección familiar, de archivos franceses, y los cajones de la visitada casa de la tía Léonie en Illiers-Combray. Entre las ilustraciones, además de las fotos del autor de «En busca del tiempo perdido», se halla el célebre retrato recortado que realizó Jacques-Émile Blanche en 1892 y que actualmente se expone en el Museo de Orsay. Nadie como Manuel Vicent ha sabido perfilar los rasgos del retratado: «Un joven macilento, con ojos febriles de hindú, pelo negro partido por una raya en medio, bigote dibujado sobre sus labios mórbidos, que acude a la universidad con botines charolados, guantes blancos, levita entallada, corbata de plastrón y un lirio salvaje en el ojal».

Ese petimetre inmediatamente se convertiría en un besamanos de los principales salones parisinos, un cronista de la alta sociedad que iba posando sus ojos de besugo sobre los zánganos para posteriormente empezar a edificar una colmena de casi 4.000 páginas. Un mundo retrospectivo recreado a través de los personajes y los sentimientos, los deseos y los recuerdos diluidos en el té de una cucharilla. Como la famosa magdalena de la tía Léonie, que aviva la infancia y que los proustianos que visitan Illiers-Combray buscan más que como una especialidad del lugar como una forma de emular a Marcel. O evocar algo. Hay que tener en cuenta que no hay una descripción del pasado en la obra de Proust, sino una evocación.

Robert de Montesquiou, Madame Straus, Antoine Bibesco, Antonelli, la pícara de Polignac, la condesa de Chevigné, etcétera, serán parte de ese espejo caprichoso del autor de «En busca del tiempo perdido» que proyectará sus reflejos en Charles Swann, Odette de Crécy, Robert de Saint-Loup, el barón de Charlus o Madame Verdurin. En la novela, también están los baños de mar, el Gran Hotel y la playa de Cabourg, y siempre la evocación de Combray, con sus campanarios, y los caminos que solía recorrer el narrador de pequeño. El que va en dirección a Meséglise pasando por Tansoville, donde vive Swann, y el que termina en la casa de los duques de Guermantes. En cada una de las siete partes de la novela vuelven los caminos a cruzarse en la memoria.

A Proust hay que tomárselo con calma. Scott Moncrieff, el primero que decidió traducir su obra al inglés, murió antes de concluirla, lo cual no debería sorprender a nadie. En eso tuvo menos suerte que la madre de Ibargüengoitia. Al lector se le exige una paciencia a prueba de bostezos, pero debe saber que en algún momento será recompensado. Cuando ya se alcanzó aproximadamente un tercio de la novela, el protagonista logra besar a la chica. Observando las mejillas rosadas de Albertine, anhela un conocimiento más íntimo de su aroma y sabor. En la escritura proustiana la evocación del beso se vuelve tan compleja como un aterrizaje lunar. Una cena ocupa 150 páginas y una velada poco menos de medio volumen. Las siete novelas están repletas de salones, reuniones, recepciones y más veladas.

El caso es que, en los noventa años transcurridos desde la muerte de Marcel Proust, «En busca del tiempo perdido» ha llegado a parecer cada vez más indispensable. La voluminosa y parsimoniosa novela, inicialmente calificada por muchos como la obra de un aficionado neurótico autoindulgente, se ha convertido en un texto modernista crucial. Su interés ha llegado a rebasar al de otras novelas de gigantes como Joyce y Mann. Eso se debe a que Proust tal vez fue pionero en explorar algunas de las cuestiones que han preocupado posteriormente a la literatura: la infancia, el engaño social, la obsesión sexual, el sadomasoquismo, los celos posesivos y los requiebros de la memoria. Para algunos de los que se han dedicado a analizar su obra, no es sólo Proust el esteta, sino el exponente de la angustia y las frustraciones del amor.

«Por la parte de Swann», de la que ahora se cumplen cien años después de que La Nouvelle Revue Française la rechazará y el propio André Gide tuviera que lamentarse por ello, contiene los pasajes más conocidos para la mayoría de los lectores: el drama de Marcel a la hora de acostarse -«Durante tiempo he estado acostándome temprano»-, el beso del que le priva su madre y, sobre todo, la evocación del mundo de la infancia en Combray.

Comprimido se va abriendo como esas flores de papel japonesas en el agua. Como una magdalena empapada en la taza de té. Incluye también las 200 páginas de «El amor de Swann», una digresión que marca el camino que Marcel debe descubrir si es que quiere llegar a ser un escritor, si ha de tener éxito donde el esteta Swann, encogido por su pereza mental congénita, fracasa. La necesidad de dar forma al tiempo y el modelo para hacerlo están esbozados aquí como si se tratara de una sonata de Vinteuil. Nabokov decía que la primera de las partes de «En busca del tiempo perdido» debe contemplarse desde el ángulo adecuado, en relación con la obra en su totalidad, tal como quería Proust. Hay quienes recomiendan compaginar la lectura del primero de los libros con la del último, «El tiempo recobrado», para percibir mejor las sensaciones y los recuerdos.

El texto, todos los textos de las siete partes están llenos de metáforas. Para huir de la descripción y sumirse en la evocación, Proust utiliza frecuentemente «como si...». También recurre a la frase como si fuera un calcetín, donde cabe todo, subordinadas y más subordinadas, a veces hasta alcanzar el paroxismo y hundir al lector en la más absoluta de las desesperaciones. Por eso, a Proust hay que tomárselo con calma, en ocasiones con resignación.

«A la sombra de las muchachas en flor» incorpora la espectacular petite bande, la pandilla de niñas dirigida por Albertine Simonet, que se convertirá en la pasión de Marcel y más adelante en su auténtica obsesión. Como reconoce, con entusiasmo, las muchachas representan la felicidad. Pero también es consciente de lo imposible que resulta conquistar a Albertine. Los buenos lectores de Proust recordarán esta frase: «Mi deseo por ella era el deseo de toda una vida: un deseo que estaba lleno de dolor porque yo sentía que era inalcanzable». En la búsqueda de ese inalcanzable, Proust nos ofrece una crónica extraordinariamente detallada del sufrimiento; no sólo hay que juzgar al esteta, sino al explorador de las pasiones. Parece mentira que eso nos llegue de un petimetre con ojos febriles de hindú y corbata de plastrón. Probablemente por ese motivo, la madre de Ibargüengoitia, que Dios la tenga en su gloria, no quiso morir sin llegar al final de la novela.

«Y de repente me vino el recuerdo: aquel sabor era el del trozo de magdalena que, cuando iba a darle los buenos días los domingos por la mañana en Combray -porque esos días no salía yo antes de la hora de la misa-, me ofrecía mi tía Léonie, después de haberlo mojado en su infusión de té o tila. Nada me había recordado la vista de la pequeña magdalena, antes de que la hubiera gustado, tal vez porque, al haberlas visto después con frecuencia, sin comerlas, en las bandejas de las pastelerías, su imagen había abandonado aquellos días de Combray para unirse a otros más recientes, tal vez porque de aquellos recuerdos abandonados, tanto tiempo fuera de la memoria, nada sobrevivía, todo se había disgregado: las formas -y también la de aquella conchita de repostería tan sensual, bajo sus severos y devotos pliegues- se habían abolido o habían perdido, adormecidas, la fuerza de expansión que les habría permitido llegar hasta la conciencia. Es que, cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor -más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles- perduran durante mucho tiempo aún...»

Por la parte de Swann I

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