08 de septiembre de 2018
08.09.2018

Covadonga

El espíritu de Asturias o el milagro de la libertad

08.09.2018 | 00:49
La basílica, entre un callado ejército de gigantes, de calizas cabezas blancas y pies esplendorosamente verdes, que la defienden.

Un callado ejército de gigantes, de calizas cabezas blancas y pies esplendorosamente verdes, defienden, estrechamente abrazados, un valiosísimo tesoro guardado desde hace 1.300 años en una gruta encastrada en lo alto de un risco salvaje: el espíritu de Asturias, un ímpetu de resistencia, rebeldía y libertad que va unido, ya para siempre, al nombre doblemente sagrado de Covadonga, a la mítica "Cova Dominica" o Cueva de Nuestra Señora, donde consume su eternidad la Reina de nuestras montañas. Como narra el Libro de los Proverbios, creó Yahvé la sabiduría casi al mismo tiempo que los montes, cuando aún no había campos, cuando estaban por condensarse las nubes, antes incluso de ordenarle al mar que no rebasase las costas. Tienen esas titánicas montañas, que viven entre brumas, nieves, lejanías y misterios, una intensísima aspiración a lo alto. A sobrepasar y a sobrepasarse: en belleza, fuerza, peligros, prodigios o éxtasis que no pueden explicarse. Ellas son manifestación de la inmensidad. Y de lo sobrenatural.

Son muchos los pueblos que han visto en las montañas la morada mágica de sus dioses, el espacio donde éstos esconden su intimidad. Las montañas son ese punto casi etéreo al que la divinidad desciende y el hombre asciende. Quizá por eso Heidegger las llamó "verdad del ser", "aletheia" o revelación de la Verdad. La Naturaleza es un templo creado para el culto: ríos virginales, prodigios del amanecer, bosques de mil colores, relicario precioso donde el alma encuentra su sosiego y recobra el ansia de perfección. Engañan mucho las montañas: aparentan ser un presente eterno cuando en realidad son, como el océano, un mar de cambios. Viven en agitación constante, cambian de cara mil veces al día y fingen silencio cuando son la voz permanente con la que se expresa lo eterno. Tienen los montes el impulso volcánico del abismo y con ese poder telúrico penetran en las nubes como si fueran puñales. Así son las montañas de Asturias, abismos de los cielos, misteriosa sabiduría del Universo: "Vagáis arriba en luz / en tierno suelo, ¡genios benditos! / Aires centelleantes de los dioses / os acarician levemente, / como los dedos de artista / las cuerdas sagradas" (Hölderlin).

El largo camino a la libertad

Aunque no lo vemos, tienen las montañas de Asturias los ojos verdes y con ellos miran embelesadas a una montaña madre a la que postradas adoran, el Monte Auseva. Miran a esa tajada Cueva, "algo acostada acia afuera (sic), así que pone miedo mirarla" (Ambrosio de Morales) y que está colocada "de la misma manera que en una pared o muro está una alta ventana" (Tirso de Avilés), donde, prodigiosamente, se juntaron fe e historia para que naciera, sin anunciación de ningún ángel, una incomparable gesta histórica: una insurrección impensable, una autoafirmación categórica frente a una civilización extraña, la musulmana. Podría decirse que en esa Cueva empieza la fenomenología del espíritu de España, es decir, su largo y enrevesadísimo camino hacia la libertad, hacia la refundación de la fallida historia visigoda, y a la liberación de su voluntad por medio del levantamiento contra el fanatismo y la esclavitud impuesta por un credo foráneo. Covadonga es el Sinaí de Asturias, la montaña de la que descendió nuestro Moisés, el espatario Pelayo, a quien le habló Dios junto a la zarza ardiendo para que recuperase un espíritu que había quedado exangüe por las catástrofes y debilidades de la cobarde Monarquía visigoda. Bajó Pelayo de ese Sinaí con el mandamiento de la Libertad y con las Tablas de la Ley de España en las manos, en las que, sin que entendamos por qué, se consuma la voluntad de Dios que decide -con la ayuda e intercesión, según las Crónicas, de la Virgen María que se ocupa de que las flechas y piedras catapultadas por los invasores contra los cristianos se vuelvan milagrosamente hacia los sarracenos que las lanzaban- una cuestionada pero más que acreditada batalla, de inmensas e impensables consecuencias, pues iba a convertirse en el mito fundacional de Asturias y en el nacimiento de un nuevo sujeto histórico tan indómito como los montes que lo alumbraron.

La Cristiandad o Europa

A las montañas que dieron a luz ese espíritu las llama la geografía Picos de Europa. Imposible darles nombre más apropiado. Pues en definitiva, y sin que nadie entonces lo sospechara, de eso se trataba: del destino unido y común de Europa. Como lo formuló, entre agresivas polémicas, el inmenso poeta Novalis, "La Cristiandad o Europa". En estas montañas de Asturias una Cristiandad malherida sintió la llamada a la recuperación de su propia esencia, se negó con Pelayo a convertirse en "una piltrafa del Islam", y se decidió a poner fin a aquella poderosísima ambición musulmana que pretendía apoderarse de Europa. En Covadonga se dio el prodigio de que Pelayo lograse que una Cristiandad casi muerta se levantase contra el "fatum" entreguista, secesionista y resignado de la Monarquía visigoda que la condenaba a una sumisión sin término -Islam significa sumisión- forzándola a ser lo que no era.

Como escribió hace ya más de un siglo el gran historiador Burckhardt, el Islamismo es una trivialización de la profundidad de las religiones, un fanatismo que aspira a imponer una fuerte esclavitud doctrinal y a conquistar el mundo instaurando un despotismo religioso universal. Así que eso es lo que se venera en nuestra Cueva: el milagro de la libertad, es decir, la liberación de ese sultanismo despótico, de su unilateralidad extrema y de sus radicales simplificaciones religiosas y políticas contrarias, si no incapaces, a todo progreso. En Covadonga se vio surgir, incluso antes de tiempo, lo que Alfred Weber, hermano del gran Max, llamó la explosión de la escatología cristiana en la historia, la ágil dinamicidad histórica de Europa. Aquí se dio una prodigiosa aventura que llevó a Europa a enfilar un nuevo destino -temporal y espiritual- y a la vieja Monarquía Hispana a convertirse en una nación con forma de Estado moderno. Covadonga es un paso decisivo en el larguísimo camino hacia una Europa cristiana. Por decirlo con las palabras del clásico, la semilla del fruto (España y Europa) estaba ya en el árbol (Covadonga). Semilla que germinó, como por milagro, en la audacia de un "asno salvaje", de un "infiel", de un "bárbaro malvado" (que así llaman siempre a Pelayo los cronistas árabes) y de unos lugareños asturianos, enfermos, famélicos y mal armados, pero de los que ya el general romano Josefo había advertido que eran "guerreros hasta el delirio", es decir, duros, rocosos, resistentes, indomables, comían la miel que arrancaban de las piedras, dormían al raso y defendían con su vida su independencia. Como recuerda atinadísimamente D. Claudio Sánchez-Albornoz, esa gesta mítica sólo fue posible por "la milenaria herencia temperamental" de Asturias, por "las ancestrales raíces de su temperamento". En esa salvaje naturaleza y en esa inexpugnable Cueva del Auseva nació el hilo conductor que, en una continuidad de siglos, llega hasta hoy y nos ha traído un abigarrado laberinto de hazañas, glorias, imperios, descubrimientos, retrocesos, barbaries, crisis, arrepentimientos, tragedias y traiciones. Lo mismo que el Arca de Noé sobrevivió al diluvio asentado sobre los montes de Ararat, Covadonga es la montaña sagrada a la que España se agarró para acabar con las esclavitudes del "diluvio" musulmán. En Covadonga está, como cuentan las Crónicas, el embrión de una cosa nueva que iba a llamarse España. Como repetía Carlos III, Covadonga es "la casa e solar de donde venimos". "Los corazones / de los pueblos son cuerdas / que tañen los hálitos divinos" (Eichendorff).

La inmensidad de la gesta y del paisaje

Indica Plotino que "la Naturaleza es un ser que hace sin saberlo". Y así ocurrió en el templo natural de Covadonga, donde hubo una transustanciación prodigiosa y las piedras que parecían muertas se convirtieron en espíritu vivísimo. Lo mismo que, según la famosísima leyenda, Rómulo y Remo nacieron de una bella vestal forzada y, arrojados al Tíber para que perecieran, fueron amamantados por la loba Luperca en una gruta del monte Palatino, y de allí surgió la potencia política más grande que habían visto los tiempos, los pedregosos pechos de los Picos de Europa amamantaron a Pelayo y esa leche cruda le llevó a consumar una impensable gesta.

Advierte Montaigne que "la imaginación poderosa genera el hecho". Cierto. Nuestra agreste Naturaleza segregó entonces un potente espíritu de liberación y renacimiento, y esa conjunción de Naturaleza y Espíritu precipitaron a España. La grandeza inmensa de la gesta es fiel reflejo de la inmensa grandeza del paraje. No fue la gesta superior, ni más bella que el paisaje. De esa íntima conexión de las montañas con lo eterno le vino al espatario Pelayo su fuerza. Y, como pasa tantas veces en la historia, una chispa insignificante se convirtió en un devastador incendio, y la osadía de aquel "asno salvaje" se convirtió primero en un Reino, después en una Reconquista y por fin en un Estado moderno, un cambio gigantesco que duraría siglos y transformaría para siempre el mundo. La prepotencia árabe -"¿qué importan treinta bárbaros encastillados en una roca? Muerte segura les espera"- tendría para ellos consecuencias funestas.

Casi todas las culturas importantes han tenido una "montaña de montañas": Covadonga es la montaña de nuestras montañas, la Gruta construida cariñosamente por los montes para ofrecer un hogar a nuestro espíritu. Y, desde entonces, en ese sobrio relicario guardamos nuestra alma. Podemos expresarlo con la extraordinaria formulación de San Ireneo: "Un vaso excelso en el que está depositado un valor inmenso". Covadonga es el anonadamiento total ante lo Sobrenatural. La insuperable plenitud. El Silencio reverencial ante el Universo. La postración ante lo Incomprensible. El enmudecimiento ante la Inmensidad. El valor ante lo Imposible. La fe que dan y mueven las montañas. Una purificación ética y una adoración estética. Como Belén, Covadonga es lugar de humildades. De la transcendencia frente a la banalidad. Precisamente por su frivolidad, al endiosado hombre moderno le resulta tan difícil entender el milagro de esa Gruta como a un camello pasar por el ojo de una aguja.

La caligrafía de Dios

Gústenos o no, que nos gusta poco, estamos ante lo religioso. Ante escenario tan majestuoso, todo lo nuestro resulta pequeño, fugaz, fatuo e insignificante. Estamos ante los enigmas indescifrables del origen y del destino. Ante lo "numinoso", ante la dimensión sobrenatural de todo cuanto existe: bosques, ríos, piedras, objetos, hombres, pueblos, sucesos. Como recordó Milton, la Naturaleza es "la llave dorada que abre el palacio de la eternidad". Covadonga es la bellísima caligrafía que Dios regaló a Asturias para recordarnos todo lo que no entendemos. Covadonga es el templo natural que nos sobrepasa. En la noche de los montes, que es la de los tiempos, una Virgen pequeñina ilumina como una humilde vela, que luce mortecina en una modesta gruta blanca, a los descendientes de Pelayo. En la noche cerrada de los montes, la Cueva es la débil luz de la esperanza humana. En la dura noche invernal duerme, casi colgada en el aire, la rojiza Basílica que no despierta hasta que anuncia su llegada la inquieta aurora. El amanecer es en Covadonga un parto de luz que se va acercando entre estertores. Los primeros que despiertan son los árboles que se mecen inquietos y contagian sus nervios a las histéricas cornejas que graznan sus chirridos. Le cuesta mucho al naciente día imponerse a la densa noche que, empecinada, se resiste a irse, y más todavía cuesta que la luz inunde las nubes. El amanecer es, al principio, un fantasma que cabalga inseguro entre nubes muy negras. Sin saber cómo, de la espesa oscuridad emerge, en lo más alto del monte, la imponente Cruz de Priena que ordena al profundo valle que despierte. Y éste obedece. Corre después la luz del Sol hacia los Picos y va iluminando el desfiladero que asciende tortuosamente hacia la cordillera.

Seguras ya del triunfo, las campanas anuncian a ese minúsculo mundo el fin del reino de las tinieblas. Ahora domina el contrapunto que es el día. Aunque no del todo, porque, inesperadamente, una velocísima bruma, que parece un inmenso océano de espuma, penetra violenta en el pequeño valle y lo llena de una especie de humo blanco que parece venir de un incendio inexistente: la niebla engulle la Basílica, los admirados ojos pierden la Cueva, desaparece Pelayo con su estatua, y la Virgen no consigue mandar su luz hasta las laderas. De ese mar de algodón blanco hiriente escapan sólo las cumbres algo anaranjadas de las altas montañas. Eso es Covadonga, la pompa religiosa de la Naturaleza.

La idea de todas las ideas

Advierte secamente Pascal en uno de sus "Pensamientos": "Todo lo que es incomprensible no por ello no es". Nos gusta, en nuestra fatua frivolidad hipermoderna, dictar veredictos de falsedad o sinsentido a todo aquello que no entendemos, o incluso mostrar desprecio a lo que no cabe en nuestros pobres jeroglíficos mentales. Es bastante irrisorio creer que podemos desentrañar los secretos del Universo con artilugios lógicos. Pobre petulancia humana. Lo avisó Fr. Schlegel: "Todo concepto de Dios es huera palabrería. Pero la idea de divinidad constituye la idea de todas las ideas". Muchos asturianos van a Covadonga a encontrarse con la idea de todas las ideas, con el "Deus absconditus" que es perfección de perfecciones; van a sentir, desde su pequeñez, la fastuosa Inmensidad del Universo. "El mundo es la explicación de Dios" según Dilthey.

Conviene señalar, con la mayor modestia, que no está tan claro que la existencia o inexistencia divina sea un asunto decisivo para lo religioso. Eso es embellecido escolasticismo o artificioso logicismo. Del que es en parte responsable S. Pablo por aquella formulación, muy comprensible y práctica pero quizá demasiado utilitaria, de que si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. ¡Cómo va a ser vano lo que hace que al hombre le salgan alas y ascienda a lo Inalcanzable! O sea, lo religioso. ¿Cómo puede reducirse a cuestión de rentabilidad eterna lo sagrado? Lo escribió el ya citado Schlegel: "La religión es insondable. Siempre es posible cavar en ella más y más profundo, hasta el infinito". A eso van más de un millón de personas cada año a Covadonga: a cavar y cavar en lo infinito. Llegan allí arrastradas por la esperanza de que esa Santina obre en ellas el inesperado milagro que concedió a Pelayo, esperan que esa violenta torrentera de agua cristalina que cae a plomo desde los pies de la Virgen les limpie todas las llagas que llevan en sus almas. Ese millón de peregrinos piensan también, como Pascal, que el que algo sea infundado no es razón suficiente para que no sea.

Tres Bautismos

En día de tantas efemérides y conmemoraciones, llega hoy hasta estas montañas una niña Princesa de casi 13 años que viene a "bautizarse". Recibirá simbólicamente tres bautizos: Bautismo de Naturaleza, Bautismo de Asturias (es decir de la continuidad histórica que va desde Covadonga hasta nuestro ser en Europa) y Bautismo de la Majestad. Viene esta niña a descubrir con sus propios ojos esos imponentes picos, bosques y montañas milenarias que son uno de los grandes cuadros pintados por Dios y por la diosa Naturaleza. Pintura que D. Pedro Pidal, gran padre protector de este Parque, recogió magistralmente en un hermoso epitafio: "Enamorado del Parque Nacional de Covadonga, en él desearía vivir, morir y reposar eternamente... en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los Cielos y de la Tierra, allí pasé horas de admiración, emoción, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como Supremo Artífice, allí donde la Naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo". Viene esta Niña Princesa a ver con sus propios ojos el lugar mágico en el que aconteció el suceso incomprensible que inició la larguísima cadena de la continuidad histórica -de Rey y Pueblo-, cuya última encarnación es ella. "Rey es nombre que contiene la duración; él debe continuar como cabeza y regente del Pueblo mientras dure el Pueblo". Viene además esta niña a encontrarse con la esencia de la Majestad que se conserva en esa austera Cueva tan pura y limpia como la dejó Pelayo. Como se sabe, la Monarquía es un tupido bosque de ficciones, símbolos y sacralizaciones. Ficción no quiere decir ni fábula, ni cuento. Las ficciones son los fundamentos políticos y jurídicos de las sociedades.

Como teorizó el inmenso Kantorowicz, el Rey es, desde la teología política medieval anglosajona, una persona con dos cuerpos: un cuerpo natural -débil, imperfecto y mortal- y un cuerpo político/místico indeleble que está muy por encima del anterior y no resulta dañado por las imperfecciones de éste. Llevan los Reyes sobre su cabeza dos coronas: una muy visible, de diamantes, que es mero adorno insignificante, y otra invisible, que viene de los tiempos, y que inyecta las "ficciones" constitutivas de la Majestad. De las que cada Rey es una encarnación, adecuada o fallida.

De la Reina de nuestra Montaña, de la Virgen coronada de Covadonga, recibe hoy simbólicamente esta Princesa esa importantísima corona invisible: el espíritu de dignidad, autenticidad y libertad que debe encarnar siempre la verdadera Realeza. Sobre esa sólida piedra fundó el Rey Pelayo el "Asturorum regnum". Su razón de ser la expresa aquel famoso veredicto de S. Isidoro de Sevilla que corre, desde hace siglos, por la Europa cristiana: "Serás Rey si actúas rectamente, si no, no serás". La función consiste sólo en eso: en ser "in officio figura et imago Christi et Dei". Ésa fue la fe que estas montañas inocularon en el corazón de Pelayo, y con esa fe consiguió mover montañas, las montañas inamovibles de la historia.

Cuando atravesamos otra hora difícil de nuestra historia, cuando un romanticismo falsario y una mitología putrefacta como el nacionalismo "alza las catapultas", "dispone las hondas", "eriza las lanzas" y lanza, con el apoyo de tantos funestos D. Oppa, piedras y saetas contra la Constitución más lograda de toda nuestra historia con el fin de enterrarla, conviene que la joven Princesa recite muchas veces aquella respuesta que, en un ribazo frente a la Cueva, dio Pelayo al obispo traidor Oppa en aquel famosísimo diálogo de la Crónica Sebastianense: "... ¿No sabes tú que la Iglesia del Señor [en nuestro caso, la Constitución] se compara con la Luna, que sufre un eclipse y luego vuelve a su prístina plenitud? Confiamos en la misericordia del Señor en que desde este Monte que ves se restaure la salud de España y de la gente de los godos".

La Cristiandad o Europa

A las montañas que dieron a luz ese espíritu las llama la geografía Picos de Europa. Imposible darles nombre más apropiado. Pues en definitiva, y sin que nadie entonces lo sospechara, de eso se trataba: del destino unido y común de Europa. Como lo formuló, entre agresivas polémicas, el inmenso poeta Novalis, "La Cristiandad o Europa". En estas montañas de Asturias una Cristiandad malherida sintió la llamada a la recuperación de su propia esencia, se negó con Pelayo a convertirse en "una piltrafa del Islam", y se decidió a poner fin a aquella poderosísima ambición musulmana que pretendía apoderarse de Europa. En Covadonga se dio el prodigio de que Pelayo lograse que una Cristiandad casi muerta se levantase contra el "fatum" entreguista, secesionista y resignado de la Monarquía visigoda que la condenaba a una sumisión sin término -Islam significa sumisión- forzándola a ser lo que no era.

Como escribió hace ya más de un siglo el gran historiador Burckhardt, el Islamismo es una trivialización de la profundidad de las religiones, un fanatismo que aspira a imponer una fuerte esclavitud doctrinal y a conquistar el mundo instaurando un despotismo religioso universal. Así que eso es lo que se venera en nuestra Cueva: el milagro de la libertad, es decir, la liberación de ese sultanismo despótico, de su unilateralidad extrema y de sus radicales simplificaciones religiosas y políticas contrarias, si no incapaces, a todo progreso. En Covadonga se vio surgir, incluso antes de tiempo, lo que Alfred Weber, hermano del gran Max, llamó la explosión de la escatología cristiana en la historia, la ágil dinamicidad histórica de Europa. Aquí se dio una prodigiosa aventura que llevó a Europa a enfilar un nuevo destino -temporal y espiritual- y a la vieja Monarquía Hispana a convertirse en una nación con forma de Estado moderno. Covadonga es un paso decisivo en el larguísimo camino hacia una Europa cristiana. Por decirlo con las palabras del clásico, la semilla del fruto (España y Europa) estaba ya en el árbol (Covadonga). Semilla que germinó, como por milagro, en la audacia de un "asno salvaje", de un "infiel", de un "bárbaro malvado" (que así llaman siempre a Pelayo los cronistas árabes) y de unos lugareños asturianos, enfermos, famélicos y mal armados, pero de los que ya el general romano Josefo había advertido que eran "guerreros hasta el delirio", es decir, duros, rocosos, resistentes, indomables, comían la miel que arrancaban de las piedras, dormían al raso y defendían con su vida su independencia. Como recuerda atinadísimamente D. Claudio Sánchez-Albornoz, esa gesta mítica sólo fue posible por "la milenaria herencia temperamental" de Asturias, por "las ancestrales raíces de su temperamento". En esa salvaje naturaleza y en esa inexpugnable Cueva del Auseva nació el hilo conductor que, en una continuidad de siglos, llega hasta hoy y nos ha traído un abigarrado laberinto de hazañas, glorias, imperios, descubrimientos, retrocesos, barbaries, crisis, arrepentimientos, tragedias y traiciones. Lo mismo que el Arca de Noé sobrevivió al diluvio asentado sobre los montes de Ararat, Covadonga es la montaña sagrada a la que España se agarró para acabar con las esclavitudes del "diluvio" musulmán. En Covadonga está, como cuentan las Crónicas, el embrión de una cosa nueva que iba a llamarse España. Como repetía Carlos III, Covadonga es "la casa e solar de donde venimos". "Los corazones / de los pueblos son cuerdas / que tañen los hálitos divinos" (Eichendorff).

La inmensidad de la gesta y del paisaje

Indica Plotino que "la Naturaleza es un ser que hace sin saberlo". Y así ocurrió en el templo natural de Covadonga, donde hubo una transustanciación prodigiosa y las piedras que parecían muertas se convirtieron en espíritu vivísimo. Lo mismo que, según la famosísima leyenda, Rómulo y Remo nacieron de una bella vestal forzada y, arrojados al Tíber para que perecieran, fueron amamantados por la loba Luperca en una gruta del monte Palatino, y de allí surgió la potencia política más grande que habían visto los tiempos, los pedregosos pechos de los Picos de Europa amamantaron a Pelayo y esa leche cruda le llevó a consumar una impensable gesta.

Advierte Montaigne que "la imaginación poderosa genera el hecho". Cierto. Nuestra agreste Naturaleza segregó entonces un potente espíritu de liberación y renacimiento, y esa conjunción de Naturaleza y Espíritu precipitaron a España. La grandeza inmensa de la gesta es fiel reflejo de la inmensa grandeza del paraje. No fue la gesta superior, ni más bella que el paisaje. De esa íntima conexión de las montañas con lo eterno le vino al espatario Pelayo su fuerza. Y, como pasa tantas veces en la historia, una chispa insignificante se convirtió en un devastador incendio, y la osadía de aquel "asno salvaje" se convirtió primero en un Reino, después en una Reconquista y por fin en un Estado moderno, un cambio gigantesco que duraría siglos y transformaría para siempre el mundo. La prepotencia árabe -"¿qué importan treinta bárbaros encastillados en una roca? Muerte segura les espera"- tendría para ellos consecuencias funestas.

Casi todas las culturas importantes han tenido una "montaña de montañas": Covadonga es la montaña de nuestras montañas, la Gruta construida cariñosamente por los montes para ofrecer un hogar a nuestro espíritu. Y, desde entonces, en ese sobrio relicario guardamos nuestra alma. Podemos expresarlo con la extraordinaria formulación de San Ireneo: "Un vaso excelso en el que está depositado un valor inmenso". Covadonga es el anonadamiento total ante lo Sobrenatural. La insuperable plenitud. El Silencio reverencial ante el Universo. La postración ante lo Incomprensible. El enmudecimiento ante la Inmensidad. El valor ante lo Imposible. La fe que dan y mueven las montañas. Una purificación ética y una adoración estética. Como Belén, Covadonga es lugar de humildades. De la transcendencia frente a la banalidad. Precisamente por su frivolidad, al endiosado hombre moderno le resulta tan difícil entender el milagro de esa Gruta como a un camello pasar por el ojo de una aguja.

La caligrafía de Dios

Gústenos o no, que nos gusta poco, estamos ante lo religioso. Ante escenario tan majestuoso, todo lo nuestro resulta pequeño, fugaz, fatuo e insignificante. Estamos ante los enigmas indescifrables del origen y del destino. Ante lo "numinoso", ante la dimensión sobrenatural de todo cuanto existe: bosques, ríos, piedras, objetos, hombres, pueblos, sucesos. Como recordó Milton, la Naturaleza es "la llave dorada que abre el palacio de la eternidad". Covadonga es la bellísima caligrafía que Dios regaló a Asturias para recordarnos todo lo que no entendemos. Covadonga es el templo natural que nos sobrepasa. En la noche de los montes, que es la de los tiempos, una Virgen pequeñina ilumina como una humilde vela, que luce mortecina en una modesta gruta blanca, a los descendientes de Pelayo. En la noche cerrada de los montes, la Cueva es la débil luz de la esperanza humana. En la dura noche invernal duerme, casi colgada en el aire, la rojiza Basílica que no despierta hasta que anuncia su llegada la inquieta aurora. El amanecer es en Covadonga un parto de luz que se va acercando entre estertores. Los primeros que despiertan son los árboles que se mecen inquietos y contagian sus nervios a las histéricas cornejas que graznan sus chirridos. Le cuesta mucho al naciente día imponerse a la densa noche que, empecinada, se resiste a irse, y más todavía cuesta que la luz inunde las nubes. El amanecer es, al principio, un fantasma que cabalga inseguro entre nubes muy negras. Sin saber cómo, de la espesa oscuridad emerge, en lo más alto del monte, la imponente Cruz de Priena que ordena al profundo valle que despierte. Y éste obedece. Corre después la luz del Sol hacia los Picos y va iluminando el desfiladero que asciende tortuosamente hacia la cordillera.

Seguras ya del triunfo, las campanas anuncian a ese minúsculo mundo el fin del reino de las tinieblas. Ahora domina el contrapunto que es el día. Aunque no del todo, porque, inesperadamente, una velocísima bruma, que parece un inmenso océano de espuma, penetra violenta en el pequeño valle y lo llena de una especie de humo blanco que parece venir de un incendio inexistente: la niebla engulle la Basílica, los admirados ojos pierden la Cueva, desaparece Pelayo con su estatua, y la Virgen no consigue mandar su luz hasta las laderas. De ese mar de algodón blanco hiriente escapan sólo las cumbres algo anaranjadas de las altas montañas. Eso es Covadonga, la pompa religiosa de la Naturaleza.

La idea de todas las ideas

Advierte secamente Pascal en uno de sus "Pensamientos": "Todo lo que es incomprensible no por ello no es". Nos gusta, en nuestra fatua frivolidad hipermoderna, dictar veredictos de falsedad o sinsentido a todo aquello que no entendemos, o incluso mostrar desprecio a lo que no cabe en nuestros pobres jeroglíficos mentales. Es bastante irrisorio creer que podemos desentrañar los secretos del Universo con artilugios lógicos. Pobre petulancia humana. Lo avisó Fr. Schlegel: "Todo concepto de Dios es huera palabrería. Pero la idea de divinidad constituye la idea de todas las ideas". Muchos asturianos van a Covadonga a encontrarse con la idea de todas las ideas, con el "Deus absconditus" que es perfección de perfecciones; van a sentir, desde su pequeñez, la fastuosa Inmensidad del Universo. "El mundo es la explicación de Dios" según Dilthey.

Conviene señalar, con la mayor modestia, que no está tan claro que la existencia o inexistencia divina sea un asunto decisivo para lo religioso. Eso es embellecido escolasticismo o artificioso logicismo. Del que es en parte responsable S. Pablo por aquella formulación, muy comprensible y práctica pero quizá demasiado utilitaria, de que si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. ¡Cómo va a ser vano lo que hace que al hombre le salgan alas y ascienda a lo Inalcanzable! O sea, lo religioso. ¿Cómo puede reducirse a cuestión de rentabilidad eterna lo sagrado? Lo escribió el ya citado Schlegel: "La religión es insondable. Siempre es posible cavar en ella más y más profundo, hasta el infinito". A eso van más de un millón de personas cada año a Covadonga: a cavar y cavar en lo infinito. Llegan allí arrastradas por la esperanza de que esa Santina obre en ellas el inesperado milagro que concedió a Pelayo, esperan que esa violenta torrentera de agua cristalina que cae a plomo desde los pies de la Virgen les limpie todas las llagas que llevan en sus almas. Ese millón de peregrinos piensan también, como Pascal, que el que algo sea infundado no es razón suficiente para que no sea.

Tres Bautismos

En día de tantas efemérides y conmemoraciones, llega hoy hasta estas montañas una niña Princesa de casi 13 años que viene a "bautizarse". Recibirá simbólicamente tres bautizos: Bautismo de Naturaleza, Bautismo de Asturias (es decir de la continuidad histórica que va desde Covadonga hasta nuestro ser en Europa) y Bautismo de la Majestad. Viene esta niña a descubrir con sus propios ojos esos imponentes picos, bosques y montañas milenarias que son uno de los grandes cuadros pintados por Dios y por la diosa Naturaleza. Pintura que D. Pedro Pidal, gran padre protector de este Parque, recogió magistralmente en un hermoso epitafio: "Enamorado del Parque Nacional de Covadonga, en él desearía vivir, morir y reposar eternamente... en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los Cielos y de la Tierra, allí pasé horas de admiración, emoción, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como Supremo Artífice, allí donde la Naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo". Viene esta Niña Princesa a ver con sus propios ojos el lugar mágico en el que aconteció el suceso incomprensible que inició la larguísima cadena de la continuidad histórica -de Rey y Pueblo-, cuya última encarnación es ella. "Rey es nombre que contiene la duración; él debe continuar como cabeza y regente del Pueblo mientras dure el Pueblo". Viene además esta niña a encontrarse con la esencia de la Majestad que se conserva en esa austera Cueva tan pura y limpia como la dejó Pelayo. Como se sabe, la Monarquía es un tupido bosque de ficciones, símbolos y sacralizaciones. Ficción no quiere decir ni fábula, ni cuento. Las ficciones son los fundamentos políticos y jurídicos de las sociedades.

Como teorizó el inmenso Kantorowicz, el Rey es, desde la teología política medieval anglosajona, una persona con dos cuerpos: un cuerpo natural -débil, imperfecto y mortal- y un cuerpo político/místico indeleble que está muy por encima del anterior y no resulta dañado por las imperfecciones de éste. Llevan los Reyes sobre su cabeza dos coronas: una muy visible, de diamantes, que es mero adorno insignificante, y otra invisible, que viene de los tiempos, y que inyecta las "ficciones" constitutivas de la Majestad. De las que cada Rey es una encarnación, adecuada o fallida.

De la Reina de nuestra Montaña, de la Virgen coronada de Covadonga, recibe hoy simbólicamente esta Princesa esa importantísima corona invisible: el espíritu de dignidad, autenticidad y libertad que debe encarnar siempre la verdadera Realeza. Sobre esa sólida piedra fundó el Rey Pelayo el "Asturorum regnum". Su razón de ser la expresa aquel famoso veredicto de S. Isidoro de Sevilla que corre, desde hace siglos, por la Europa cristiana: "Serás Rey si actúas rectamente, si no, no serás". La función consiste sólo en eso: en ser "in officio figura et imago Christi et Dei". Ésa fue la fe que estas montañas inocularon en el corazón de Pelayo, y con esa fe consiguió mover montañas, las montañas inamovibles de la historia.

Cuando atravesamos otra hora difícil de nuestra historia, cuando un romanticismo falsario y una mitología putrefacta como el nacionalismo "alza las catapultas", "dispone las hondas", "eriza las lanzas" y lanza, con el apoyo de tantos funestos D. Oppa, piedras y saetas contra la Constitución más lograda de toda nuestra historia con el fin de enterrarla, conviene que la joven Princesa recite muchas veces aquella respuesta que, en un ribazo frente a la Cueva, dio Pelayo al obispo traidor Oppa en aquel famosísimo diálogo de la Crónica Sebastianense: "... ¿No sabes tú que la Iglesia del Señor [en nuestro caso, la Constitución] se compara con la Luna, que sufre un eclipse y luego vuelve a su prístina plenitud? Confiamos en la misericordia del Señor en que desde este Monte que ves se restaure la salud de España y de la gente de los godos".

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