20 de enero de 2019
20.01.2019

Intervención íntegra de Javier Fernández durante el acto de despedida de Álvarez Areces

Discurso del Presidente del Principado de Asturias en el homenaje de esta mañana

20.01.2019 | 16:48
Intervención íntegra de Javier Fernández durante el acto de despedida de Álvarez Areces

El lunes nos dimos un abrazo entre el ruido y la gente, quedamos para vernos y ya no pudo ser. ¿Quién imagina que un abrazo normal puede ser una despedida para siempre? Como a vosotros, la muerte de Vicente Álvarez Areces, compañero, alcalde, presidente, senador, amigo, me sorprendió brutal, imprevista y negra en la pesada oscuridad del amanecer del jueves. Su mujer, Marisol, sus hijos Manuel Carlos y Alberto, sus hermanos, su familia, su legión incontable de amistades, muchos estáis aquí y muchos también podríais hablar mejor del hombre, del marido, del padre, del amigo. A mí me corresponde hacerlo del político y no es fácil, porque mi visión es forzosamente personal e incompleta y porque la potencia y la dimensión pública y vital de Tini era irreductible a una sola mirada y a una única perspectiva.

Empiezo así, hablando de un irreductible, alguien que creía que la democracia exige el conocimiento minucioso de los asuntos a los políticos para que puedan tener credibilidad y confianza. Alguien que con cada apretón de manos, con cada respuesta, con cada mirada, con cada sonrisa, transmitía la idea de que estaba preparado para luchar y que se podía confiar en él. Alguien que sabía exactamente por qué, y sobre todo, por quiénes estaba en política. Alguien que ha marcado de manera indeleble la historia de Asturias en estos últimos 30 años.
Si pudiera ahora dirigirme a él, si estuviera sentado ahí entre vosotros, entonces yo te diría, Tini, que habrás muerto por exceso de energía, porque la única manera de detener tu corazón infatigable era así, en seco, con el agravio de la nocturnidad desprevenida, sin pedirte que te achicaras y mucho menos que te rindieras, porque jamás conjugaste verbos de perdedores, ni siquiera en las derrotas.

Ahora que se llevan las frases mínimas y los dibujos tontorrones para expresar los sentimientos y reducir las ideas, pienso en tu hablar extenso, el discurso minucioso, árido de números, de datos sobre datos y sobre palabras. Y, sin embargo, no eras un dirigente analógico en un mundo digital, sino que habías encontrado en los cachivaches tecnológicos otro instrumento de propaganda. Ya sabes la consigna: lee y difunde. Tú, en los últimos años, era lee y comparte pantalla en mano.

Y digo propaganda porque siempre fuiste un activista, camarada y compañero de los de octavilla y ciclostil, con los dedos manchados de tinta para repartir la palabra impresa de democracia, libertad y socialismo. No te conocí en esa etapa, pero qué más da, si viéndote alcalde y presidente me resultas tan imaginable, con los panfletos en el morral y la vista pendiente de aquel tipo oscuro, esquinado, de mirada baja, que bien podría ser de la Social.

Si en principio fue el verbo, en tu caso la acción fue el principio. Y el final. Y todo. Por eso me heló aquella llamada de la madrugada, porque me parecías incompatible con la muerte de tan hecho que estabas para la vida. Qué cosas se piensan a veces, ya ves. Nadie escapa, pero es que tú parecías dispuesto a siempre a empezar, alineado en la salida, formando la primera línea de fuego electoral.
Fuiste más durante más tiempo que nadie: doce años alcalde de Gijón, otros doce en la presidencia del Gobierno de Asturias, director de Educación, senador hoy y antes líder comunista y clandestino. Y nunca jamás en toda esa larga vida política escuché que fueses a renunciar, otro verbo imposible para tu voz de locutor.

Por esa envidiable voz radiofónica se te reconocía, pero es por tus obras por lo que se te recordará. ¿Por qué si no se va a recordar a un hombre de acción? De alcalde, transformaste Gijón. Lo afirmo yo, con mi escepticismo racional cargándome los hombros, siempre dado a contener y amortiguar los adjetivos: hay un Gijón antes y después del alcalde Areces, una ciudad cambiada, amplia y abierta, ancha al gran mar, que no se reconocería a sí misma si no llevara puestos tus apellidos de gestión.

También hay una autonomía anterior y posterior a tus mandatos. Entre otras cosas por algunas que apenas se entienden, y que si se entienden no se aprecian. A ti te tocó resolver la ampliación de competencias: cerrar las educativas y negociar las sanitarias. Pero qué cosas son esas de las competencias, que no hablan ni se ven ni se palpan€ Pues de haber trabajado bien esos traspasos ganamos la tranquilidad para que la educación y la sanidad no colapsaran, para que hoy sigan siendo ejemplo de sistemas públicos de bienestar en España.

De eso no se habla como no se suman tus horas abismado entre papeles, echando las cuentas de un presupuesto o milimetrando sobre un plano el coste de una carretera. Quizá fue tu mente matemática, no lo sé, la que te animaba a pisar todos los cálculos. A pie de obra, como se dice, tal y como si fueras a la vez peón, ingeniero y empresa del proyecto. Y si había problemas, faltaba dinero o un ministro se ponía de perfil, ahí aparecían tu porfía, tu energía, tu ambición, para buscar, contumaz, una salida. Estoy citando, quienes te acompañaron lo adivinan, las virtudes que te permitieron empujar el HUCA, el gran hospital de Asturias, realizar la ampliación de El Musel o poner en marcha el Centro Niemeyer.

grandes obras, las tres criticadas hasta el hartazgo y las tres que serían echadas en falta hasta el infinito si no las hubieses cimentado con el cóctel Areces de ambición, insistencia y energía expansiva.

Pero, tú que eras de ciencias como yo, deberías asumir que esas cuentas son imposibles, que jamás se valora a nadie por lo que pudo no haber sido, que eso sólo lo aprovecha uno, y gracias. Porque tú, que fuiste muy querido, el más conocido de los alcaldes y el más saludador de los presidentes, nunca te acostumbraste a la crítica acerba ni al afán dañino de la mala política. Por eso, incluso ahora, preparabas cada comparecencia, cada asistencia al parlamento, cada respuesta en comisión, como si fueras a examinarte ante un tribunal y no a recibir un recado de infamias de aquellos a quienes les importan menos tus números que sus sospechas, porque no querían criticar lo que hacías, solo aspiraban a ensuciar lo que eras.

Y aún con el cuerpo surcado de los costurones del oficio siempre fuiste capaz de encontrar postura en las coaliciones, fuese en el ayuntamiento, en el gobierno de Asturias, en el partido o en la calle. Y es curioso porque te sobraba carácter más que te faltaba. No había en ti nada horchatado, al contrario, abundaban las gotas de sangre jacobina, así que tus cesiones no salían de la flojera, sino del pragmatismo, de la certeza de que el pacto era mejor, de la convicción de que el acuerdo era lo más productivo.

Y que lo de productivo no pase en balde, porque tú, pasional de la política, la ejercías como gestión, como capacidad para resolver o construir cosas concretas, reales, tangibles. Te encantaba hablar, confiabas en las palabras, pero tu mensaje era físico, era el que enviaban tus ojos y tus manos diciendo que reunías la triple condición de ambición, capacidad y voluntad de acuerdo. En realidad era todo cuerpo el que le estaba diciendo a la gente que podían confiar en ti. Pienso que todo eso ya no es en política lo habitual.

Tampoco es habitual el respeto. Eso ya no lo sospecho, eso lo aseguro. Yo te lo tuve y sé que tú también me lo tuviste. Esa reciprocidad permitió que, tanto en las victorias como en las derrotas de cada cual, por separado o compartidas, siguiéramos trabajando juntos, mucho, bien, cómodos, a gusto el uno con el otro, haciendo incluso amistad, algo que no es fácil cuando se navega tanto tiempo por los mares agitados de la política.

En fin, ya habrás notado que he intentado remontar río arriba para aportar mis apuntes a lo que todos sabemos, a lo que destacan tus amigos y elogian tus adversarios: la honda convicción democrática, la cercanía, la ambición, la tenacidad, esa negativa no ya a dar por perdida, sino a esquivar cualquier pelea. "Un guerrero", te definió Marisol, y acertó. Yo, con más palabras, no sé si lo habré conseguido, y aún me atrevo con un añadido. Hace unos días me hablaste de Nieves, de tu madre centenaria, y al paso reflexionaste sobre el tiempo, la fugacidad, la condición efímera 4

de la existencia. No lo dudes, todos pasamos. Pero tampoco dudes, a mí no se me ocurre ni pensarlo, que hoy, mañana, cuando fuese, tú seguirías dispuesto, sin imaginar el retiro, permanente, incesante y tenaz. Lo sé yo y lo saben Marisol, Manuel Carlos, Alberto, todos tus familiares y amigos; lo sabemos todos los socialistas, lo sabemos fieramente, con la rabia triste de tu muerte. Creo que lo saben también todos los ciudadanos que te vieron cambiar Gijón y Asturias, siempre a pie de obra. A ti te sobraba energía, tanta que sólo ese exceso pudo pararte, alcalde Areces,

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