Ester Lázaro persigue virus, estudia su evolución y desarrollo y sabe calibrar las fuerzas del enemigo o las exigentes dificultades del combate que ahora libra toda la humanidad. Doctora en Biología, directora del Grupo de Estudios de Evolución Experimental con Virus y Microorganismos del CSIC, esta tarde disecciona las amenazas del coronavirus y otros virus emergentes en la cuarta sesión de la Semana de la Ciencia, “Margarita Salas”. La charla, en formato telemático a través de la edición digital de LA NUEVA ESPAÑA, está programada para las siete de la tarde.

–Su libro “Virus emergentes, la amenaza oculta” es de 2002. Parece premonitorio.

–Si miramos al pasado, no era difícil predecir que pudiera pasar algo así. Solo en el siglo XX tuvimos varias pandemias de gripe, incluyendo la más dañina de todas, la de la gripe española. También asistimos impotentes a la propagación del virus del SIDA, mucho más letal que el que nos preocupa ahora y que todavía causa millones de infecciones en todo el mundo. La pandemia de SIDA ha sido terrible, pero debido a la forma de transmisión del virus, por vía sanguínea, se propagó más lentamente que la del covid-19 y por eso no causó la grave crisis económica y de atención sanitaria que estamos viviendo ahora.

–¿Qué peligro potencial cabía atribuir a los coronavirus?

–Si hace un par de años me hubiera preguntado por el virus frente al cual tendríamos que estar más alerta, habría dicho que el de la gripe, por su repetida historia de pandemias ocasionales en nuestra especie. Aunque los coronavirus ya habían hecho dos “intentos” serios de saltar a nuestra especie, en 2002 y 2003 con el del SARS, y en 2012 con el MERS, el hecho de que en ambas ocasiones pudieran ser controlados creo que nos hizo infravalorar el riesgo. Además, no contábamos con la aparición de un virus como éste, que se pudiera transmitir de forma silenciosa gracias a los infectados asintomáticos.

–Aquella amenaza se ha cumplido con toda su crudeza. ¿Por qué? ¿Qué hace a estos virus ser tan impredecibles?

–El número de virus que existe en la naturaleza es mucho más alto de lo que podemos imaginar. Cada especie animal, incluidos nosotros, es portadora de virus que muchas veces no causan síntomas de enfermedad, permaneciendo ocultos para nuestros ojos. Eso ocurre porque, cuando la asociación entre un virus y su hospedador es muy antigua, podríamos decir que se han acostumbrado el uno al otro. El virus se hace menos agresivo y el hospedador desarrolla una respuesta inmune que permite controlar que no le haga demasiado daño. Sin embargo, cuando un virus típico de una especie pasa a infectar a otra, lo normal es que sea mucho más dañino, porque no ha habido ese periodo de coexistencia previo. Además, el mundo actual hiperconectado y con una población inmensa concentrada en grandes ciudades es un caldo de cultivo extraordinario para la propagación de cualquier virus que consiga entrar en nuestra especie.

"Cada virus es un mundo y emplea mecanismos diferentes para su ciclo infectivo"

–¿Por qué los avances de la biomedicina no han acabado con ellos? ¿Los hemos descuidado?

–En absoluto. Lo que ocurre es que los virus, por su propia naturaleza, son muy difíciles de combatir. Para multiplicarse, tienen que introducirse en una célula, a la que manipulan para utilizar todas sus estructuras y su maquinaría de obtención de energía y muchas de las estrategias antivirales que podríamos diseñar pueden atentar también contra las células. Por otro lado, cada virus es un mundo y emplea mecanismos diferentes para completar su ciclo infectivo. Para combatirlo de forma efectiva, lo ideal sería contar con una vacuna, pero su desarrollo requiere tiempo y a veces no es posible debido a la gran capacidad de cambio que tienen algunos virus.

–¿Estamos expuestos a muchas más “amenazas ocultas”?

–Por supuesto. Vivimos rodeados de virus que están ocultos en otras especies. Muchos de ellos no serán capaces de multiplicarse en la nuestra, pero su elevada tasa de mutación hace que no sea difícil que aparezca una variante capaz de entrar en nuestras células, reproducirse y transmitirse entre personas. Tenemos muchos ejemplos a lo largo de la historia y no creo que ésta se pare aquí. Lo importante es establecer una estricta red de vigilancia, en la que colaboren médicos, veterinarios y científicos, para identificar signos de infecciones inusuales que pudieran ser debidas a patógenos desconocidos. Cuanto antes se frene la expansión de un nuevo virus, más fácil será controlarlo sin que llegue a causar el desastre que estamos viviendo ahora.

–¿Qué ha hecho mal España en el ataque contra este nuevo coronavirus?

–Mi opinión es que desconocemos todavía mucho sobre los factores que determinan que este virus se propague mejor en unos países que en otros. Hay algunos obvios, como hacer más o menos tests para identificar a los infectados y sus contactos, o el estilo de vida social propio de cada lugar. Pero, aun así, no somos tan diferentes de otros países mediterráneos en los que en verano la situación ha estado mucho más controlada. Hay quien dice que el haber tenido un confinamiento tan duro hizo que todos estuviéramos ansiosos por vernos de nuevo. Puede ser, pero la propagación de una epidemia es algo tan complejo, y está determinado por tantos factores interrelacionados, que es muy difícil saber por qué en España ha habido tantos brotes en verano.

–¿Sirven de algo los confinamientos perimetrales y los toques de queda?

–Estamos ante un virus respiratorio y con muchos infectados asintomáticos que pueden transmitirlo sin ser conscientes de ello. Ante estos dos hechos, es cierto que cualquier restricción de contactos entre personas podrá tener un efecto positivo. Un confinamiento perimetral podrá ser efectivo para evitar que el virus se propague a otras regiones que lo están controlando mejor, pero no va a evitar su propagación en la zona confinada. Los toques de queda limitarán la transmisión en actividades nocturnas, sobre todo entre los jóvenes. No se puede predecir si estas medidas van a ser efectivas o no. Mi opinión es que estamos dejando todavía mucho margen para la expansión del virus, pero no soy experta en salud pública y no me atrevo a pronunciarme de forma contundente.

–¿Vamos inevitablemente hacia un nuevo confinamiento domiciliario?

–Dependerá de cómo resulten estas medidas que se están aplicando. Un confinamiento domiciliario tiene un coste económico, social y psicológico tan alto que hay que pensárselo mucho antes de aplicarlo. Pero puede ser que no quede más remedio. Está claro que lo que nadie quiere es volver a vivir lo de marzo. Yo espero que, si llegara a ser necesario un nuevo confinamiento, esta vez salgamos de él con la lección bien aprendida. En primer lugar, hay que identificar a los portadores del virus y a sus contactos para así poder aislarlos. A más largo plazo, habrá que ver cómo se reorganiza nuestro sistema sanitario y, por supuesto, no olvidar la investigación científica, que es la que nos dará las armas para luchar frente a este virus u otros que puedan surgir.

Patrocinadores semana ciencia

Patrocinadores semana ciencia