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El esfuerzo de la vacunación del covid exige hasta la última gota

LA NUEVA ESPAÑA sigue durante una mañana a dos equipos de enfermeras que preparan e inyectan la fórmula de Pfizer y que empezaron su jornada en un geriátrico de Luanco

Mara Villamuza

Magdalena Oriol Dispert entró en silla de ruedas en la cafetería del centro geriátrico Costamar, en Balbín, donde Luanco se dirige hacia Bañugues. Eran las 10 y media de la mañana. La habían peinado con la melena blanca hacia atrás, vestido con chaqueta negra, blusa blanca y pantalón de cuadros y calzado con unos zuecos y se vio, de pronto, recibida por media docena de enfermeras, una docena de trabajadores, la dirección del centro... Magdalena tiene 103 años y le dijeron, en ese tono único que se emplea con los ancianos y los niños, que estaba muy guapa y que le iban a poner la segunda vacuna.

Se emocionó y dijo llorando.

–Mi hijo es bueno como el pan, pero que no puede ser...

Lara Rodríguez inyectando la vacuna a la centenaria Magdalena Oriol, en presencia de Marta García, directora del geriátrico Costamar. Mara Villamuza

No pudo ver a su hijo porque vive en Benidorm y porque la residencia se cierra a visitas durante los 8 días siguientes a cada vacunación. La de ayer era la segunda. Todos los vacunados eran veteranos. Y viceversa. Además, Gozón tiene declarado el cierre perimetral.

En cinco minutos ya está vacunada y, en unos días, estará lo más protegida que cabe contra la covid-19. Al final de la mañana, estarían como ella 90 residentes más y 29 de los 53 trabajadores.

El recorrido para esa vacunación había empezado dos horas antes, en la gerencia del Hospital San Agustín, frente al despacho de Ricardo de Dios, donde se concentraron dos de los seis equipos de enfermeras que hacen la vacunación del área sanitaria III. Dos generaciones. Ángeles Gómez tiene 35 años de experiencia; Yoana Martínez, 27. Rosa Isabel Fernández, Lara Rodríguez y Roberto Dorrego (que se incorporó después), 6 años y Cayetana Arias, 5.

Lara Rodríguez vacuna a la trabajadora Tamara Rodríguez. MARA VILLAMUZA

La vacuna de Pfizer es la más delicada de las que han tenido que poner en sus carreras. Les llega descongelada, pero se mantiene y transporta en unas neveras que mantienen los viales entre 2 y 8 grados registrados por un termómetro incorporado. A cada uno de estos pequeños frascos de vacuna tienen que añadirle una cantidad de suero salino fisiológico. De cada uno de ellos, desde ayer, han de salir seis dosis.

La medición tiene que ser finísima porque esos viales son abundantes para 5 dosis (las que sacaron en la primera vacunación) pero justos para seis. Si se pierde una gota se pierde una dosis.

La vacuna es la medida de todo el operativo. Hay dos equipos de más para el área sanitaria III por si falla alguien. Las enfermeras hacen turnos de mañana y tarde para tener vacunados, desde el martes hasta el viernes, a los casi 2.000 residentes y trabajadores de las 26 residencias que hay en el área. Hay algún trabajador que no está previsto vacunar en este día, por si falla algo.

El equipo, preparando las vacunas, cuyas dosis exigen mucha precisión. Mara Villamuza

El miércoles, estos dos equipos tenían previsto hacer cinco residencias. La primera y más grande era Costamar, en la que trabajaron juntos. Las sanitarios llegaron en tres turismos con las dos neveras por la AS-238, la carretera que en 14 kilómetros, curva a curva, va cambiando las chimeneas por las palmeras y, rodando por un paisaje blando de campiña y acaba bajando al mar.

La residencia se levantó como hotel de dos plantas con terrazas orientadas a mediodía que tienen un horizonte de Luanco y Cantábrico. Es privada pero el 40% de las plazas son concertadas.

La gerente, Begoña García, cuenta que no han tenido ningún caso de coronavirus. Desde que empezó la pandemia no han acogido a nuevos residentes y han dispuestos diez habitaciones para el aislamiento, de 7 o 14 días (según variaban las ordenanzas) para cuando alguno salía al exterior para una consulta médica u otra causa. Describe que la mayor parte de los residentes son de Avilés y de Gozón, hay pocos dependientes y mayoría de mujeres.

Preparación en el que se añade suero a la vacuna. Mara Villamuza

Magdalena Oriol es catalana y vino con su marido, que tenía una empresa de transportes de las que se desarrollaron alrededor de Ensidesa. Enviudó muy joven y sacó a su hijo adelante.

–¿Vendrá?

Preguntó, pero sabía que la respuesta era no. La duda sonaba más a la esperanza de una sorpresa que a un despiste. El martes había dicho en la residencia que le mandaría una foto hecha mientras la vacunaban porque sabía que era bueno para ella.

A las 9 y 25 de la mañana, una hora antes de que la vacunaran, entraba la luz cruda por los ventanales de la cafetería que era, claro, el mejor lugar para pinchar al personal. Un espacio amplio con una veintena de mesas bien separadas entre sí, unas con sillas y las cercanas al televisor, con butacas. Una barra en forma de U distribuye el espacio diáfano con distintas cubiertas y colores para sugerir ambientes más acogedores.

Benigno Rodríguez, que fue el primer vacunado para que pudiera ir a una consulta médica. Mara Villamuza

Las enfermeras estaban alrededor de dos carritos de plástico arrimados a la parte más estrecha de la barra, preparando las vacunas, un proceso de medición que desafía la presbicia y necesitaba una luz algo mejor. Vestían pijamas azules desechables, que habían sido enviados junto a otros materiales sanitarios a la residencia antes de que ellas llegarán. Es así en cada centro al que acuden. Todo nuevo a estrenar para profesionales continuamente desinfectadas.

Usan guantes, se mueven con precisión y han desarrollado estrategias para no perder las cuentas de lo que hacen, aunque estén hablando y se hagan preguntas. Recibieron una formación telemática y comparten información con otros grupos.

Las enfermeras Cayetana Arias, en el ordenador, y Rosa Isabel Fernández. Mara Villamuza

Con un movimiento de muñeca de 180 grados, giran y vuelven diez veces cada vial antes y después de mezclar la vacuna con el suero. Levantan la jeringuilla, bizquean para buscar la raya del 0,3 -recuérdese, como en una relojería líquida, la exactitud depende de una gota- y guardan la jeringuilla preparada bajo un mantel para protegerla de la luz durante el poco tiempo que pasará hasta que llegue al músculo superior del brazo de un paciente.

Juan Enrique García, médico de urgencias de San Agustín, está de apoyo por si se produce cualquier incidencia médica. La más temida es la reacción anafiláctica. Estadísticamente, andan por los 11 casos por cada millón de personas. Van equipados con desfibrilador, oxígeno y medicación.

Yoana Martínez y Ángeles Gómez, a su llegada, con vacunas y material, a la residencia geriátrica de Luanco. Mara Villamuza

–No hemos tenido ninguno en más de dos mil que llegamos puestas, dice Cayetana Arias, que registra en el ordenador cada vacunación y cada no vacunación, si fuera el caso.

El primer residente en recibir la vacuna fue Benigno Rodríguez García, que lleva 7 años en el centro y que trabajó en la mar desde los 14 años. Salió al bonito, fue a la pareja y navegó mucho en 30 años en mercantes. Tiene 86 años y medio y le adelantaron la vacunación para que pudiera ir a la consulta del médico en Avilés y que le mirase un dedo que llevaba vendado.

Es soltero y un sobrino le espera fuera.

Los dos equipos de vacunación, en el Hospital San Agustín: de izquierda a derecha, Cayetana Arias, Yoana Martínez, Ángeles Gómez, Lara Rodríguez y Rosa Isabel Fernández. Mara Villamuza

No temió a la vacuna que le permitirá seguir haciendo su vida.

-Comer, tar sentáu y ve la tele.

Cuando el equipo 2 termina de vacunar al personal, el equipo uno empieza con los residentes, a los que pinchan en sus habitaciones. Vacunar es lo más fácil. Lo más pesado fueron los preparativos.

Magdalena quiere un bombón y lo va a tener. Le gusta el chocolate. En 2021 tiene que cumplir 104 años.

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