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El obispo que bajó a la mina

El descenso de Gabino Díaz Merchán al pozo San Jerónimo de Teverga en 1970 para solidarizarse con los mineros y conocer su vida

El obispo que bajó a la mina Celso Peyroux

Se sabía desde su llegada que el nuevo arzobispo, Monseñor Gabino Díaz Merchán procedente de Guadix, iba a ser un prelado diferente a cuantos habían ejercido su ministerio pastoral en Asturias. Su edad, 39 años –el obispo más joven de Europa–, sus ansias de conciliar y el deseo de estar cercano a los problemas sociales de la región, le hicieron ser muy pronto querido y apreciado.

La concesión minera de Hullasa, puesta en funcionamiento a principios del siglo XX en el valle tevergano de Santibáñez, pasaba por un momento crucial desde finales de la década de los años sesenta. Contaba con quinientos treinta trabajadores y con un rendimiento de trescientas toneladas diarias de carbón que llegaban a Trubia por vía férrea, al principio y más tarde por transporte de carretera.

Invitado por la dirección de la empresa, don Gabino bajó al pozo “San Jerónimo” para conocer de cerca la vida de los mineros al tiempo que el problema por el que atravesaba la entidad tevergana con la suspensión de pagos en el año 1970. Un día de marzo del mismo año acompañado por Rafael Menéndez Carrillo, ingeniero-jefe, Antonio Terente, capataz-jefe, Francisco Ferrero, responsable de la explotación y otros cuadros acompañaron a don Gabino hasta la tercera planta. Vestido con el “mono” azul y lámpara y casco en la cabeza, el arzobispo tomaba buena cuenta con sus miradas y preguntas a cada paso que daba una vez que la jaula los depositó en el embarque de “Tercera”.

La primera visita fue a la sala de bombas desde donde se achicaba el agua al exterior que corría por galerías y transversales, sin las cuales la vida en la mina sería imposible por inundación. Se acercó luego a uno de los talleres de las capas “caleras” departiendo con unos y otros para, tras dos horas de permanencia, regresar al punto de partida donde fue informado de la penosa situación de la empresa cuyo cierre afectaría a unas quinientas familias.

Fue una visita interesante, interesada, social y fotogénica al final de la cual el nuevo prelado de la archidiócesis los exhortaba a no perder la esperanza y a no desfallecer en sus justas reivindicaciones: “Que no os invada el pesimismo”, les dijo a modo de despedida. A pesar de todos los esfuerzos –que pudieron ser más– la entidad cerraba sus puertas para siempre en el año 1992 por orden de un empresario leonés, de cuyo nombre este cronista no desea acordarse.

Allí nacía la diáspora tevergana condenando a cientos de personas a buscar otros aleros donde volver a construir sus nidos.

Casi treinta años después (1999), don Gabino visitaba por última vez el concejo tevergano para asistir –en una emotiva e inolvidable jornada– al cincuentenario de la coronación de la Virgen del Cébrano, Patrona de Teverga, y a la restauración de su ermita en la parroquia de Carrea.

Nos queda en estos valles la sonrisa y la palabras de un prelado solidario y bueno de los que necesita la Iglesia de hoy si quiere sobrevivir. Don Gabino no llegó a vestir los hábitos rojos de cardenal porque la envidia era y seguirá siendo el gran pecado capital de la sociedad en la que vivimos y porque era demasiado díscolo y cercano al pueblo llano, para la curia que gobernaba en aquellos tiempos. Hemos perdido un gran pastor y un hombre de bien. Que la Virgen del Cébrano lo cubra con su manto.

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