06 de diciembre de 2008
06.12.2008
Soto del Barco

La familia minera de Soto del Barco

Las antiguas alumnas del colegio de huérfanas que acogió el palacio de la Magdalena rememoran recuerdos felices

06.12.2008 | 01:00

Soto del Barco,


Ignacio PULIDO


En Soto del Barco no sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena, como dice el refrán. Desde hace dieciséis años, el día 4 de diciembre -festividad de la patrona de los mineros- se vive con una especial devoción. Como si de una peregrinación se tratase, decenas de ex alumnas del Colegio de Formación Profesional Santa Bárbara, situado durante décadas en el palacio de la Magdalena, acuden a esta localidad para festejar por todo lo alto tan señalada fecha. La velada se convierte en un recital de buenos recuerdos, agradecimiento y, cómo no, una muestra de la gran familia que constituyen todas estas mujeres.


Para conocer los orígenes de este centro de enseñanza hay que remontarse en el tiempo hasta finales de la década de los años cuarenta del siglo XX. En aquella época, la vida en las cuencas mineras era especialmente dura. Las condiciones laborales en los pozos eran de total precariedad y los accidentes mortales estaban a la orden del día. En medio de ese clima, el colegio abrió sus puertas para dar formación y cobijo a las huérfanas de estos trabajadores de las profundidades.


Berta Vázquez pertenece a una de esas primeras promociones, en concreto, a la de 1952-55. Natural de Santa Cruz de Mieres, su vida está ligada a la minería desde el momento en el que nació. «Vine al mundo al lado de la entrada de una mina. Cuando llegué a Soto, tenía 14 años y, como la mayoría de mis compañeras, era huérfana de minero. Por aquel entonces, se pasaba mucha hambre y necesidad, y en la Magdalena nos recibieron con algo que nunca soñamos: comida y limpieza», señala emocionada Vázquez. «En Soto vivimos como las mejores señoritas de la época. Estaba tan a gusto, que el primer curso pasé ocho meses sin volver a casa. Las primeras veníamos de una posguerra muy dura. Yo vine porque mi madre me mandaba para comer».


En los años cincuenta, el subsidio de la minería asturiana se encargó del colegio, y con él llegaron las javerianas, unas monjas seglares. Su llegada supuso un antes y un después para todas las alumnas. Mercedes Gou e Isabel González son dos javerianas que afirman haber pasado los mejores años de su vida en este privilegiado rincón del bajo Nalón. Gou, natural de Cataluña, fue directora del colegio y guarda muy gratos recuerdos de Soto. Actualmente trabaja en una residencia de estudiantes en San Cugat del Vallés. «Siempre nos trataron muy bien. En el pueblo éramos conocidas como "las mineras". Fue tal la felicidad de aquellos días, que nos resulta difícil quedarnos con momentos específicos. Queremos mucho a Soto y a sus gentes. Estamos muy orgullosas de volver todos los años por aquí», comentan Gou y González.


Si algo caracteriza a este colectivo de mujeres es la gran fraternidad y familiaridad que desprende por todos sus costados. «La javerianas forjaron esta unión. Después de tantos años, somos una gran familia. La gente se sorprende. Se lo cuentas y no se creen que, después de tanto tiempo, sigamos manteniendo este lazo», afirman Nori González y Estrella Pérez, coordinadora de esta reunión anual. En esta edición, la «familia minera de la Magdalena» lamenta la pérdida de una de las javerianas más carismáticas del palacio: Pilar Postigo. «Falleció este año, a los 94 años de edad. Natural de Santander, fue la enfermera durante muchos años. Todas recordamos entrañablemente sus curas y sus charlas. Nos ayudó mucho en nuestras vidas», apunta Estrella Pérez.


Tras la «Huelgona» de 1962 y el nacimiento de Hunosa, la mina comenzó a asistir a una mejora. Los siniestros experimentaron un progresivo descenso y el porcentaje de huérfanas en las aulas decreció. «De las 110 alumnas que componían cada nuevo curso, la mayoría eran huérfanas», señala Estrella Pérez.


Con los setenta, el colegio comenzó a acoger en sus aulas también a muchachas naturales de Soto y aledaños. «Los domingos teníamos cine, al que acudía la gente del pueblo. En los cincuenta, había censura, y los chicos del pueblo no podían ni asomarse al cierre del palacio. El tiempo fue pasando y con las javerianas se llegó a permitir que nuestros novios nos visitaran, e incluso celebramos guateques en el interior del edificio», recuerdan con alegría. Sin ir más lejos, varias alumnas se casaron en los alrededores y siguen viviendo en la zona, como es el caso de Rosa Álvarez, vecina de Muros de Nalón.


Además de las proyecciones fílmicas, la Magdalena acogió muchas otras actividades lúdicas, deportivas y culturales. De su cancha deportiva salió un equipo de baloncesto que llegó a confirmarse como campeón del Principado. «Con nuestro equipo, cuyo entrenador era Tito Fernández, el de la cantina de Avilés, vencimos la Liga provincial». Pero su palmarés no sólo se restringe al ejercicio físico: la música estuvo representada por el grupo coral del colegio, que llegó a quedar segundo en el Festival de Turón. El teatro era otra de las actividades promovidas por las javerianas. Durante las actuaciones, en el salón de actos, se invitaba a los vecinos para que también fuesen partícipes.


La experiencia fue muy edificante para todas. «Nos formamos sobre todo en administración, y la mayoría ocupamos después cargos como funcionarias», comenta Estrella Pérez.


Ángeles López, natural de La Felguera y también huérfana de minero, pasó los años más maravillosos de su vida entre los muros del palacio. En 1989, el destino quiso que el GRAPO arrebatara la vida de su marido -el guardia civil José María Sánchez- en el atentado de la Delegación de Hacienda de Gijón. López no dudó en ingresar a sus hijos en el Colegio de Huérfanos de la Guardia Civil. «Creo que estos colegios cumplen una gran labor. La experiencia de mis hijos, al igual que la mía, fue muy buena».


A las ex alumnas les resulta difícil decantarse por el momento más feliz de su estancia en Soto. Quizá, si tuvieran que escoger uno, ése sería la Nochebuena que celebraban en la Magdalena durante su último curso. «A día de hoy, seguimos celebrando en nuestras casas la Navidad tal como hacíamos con las javerianas». Elisa Álvarez recuerda también cómo Mercedes Gou las despertaba con su música favorita. «No había campanas, el despertador era nuestra música favorita. En mi caso, me despertaba con Adamo, aunque a ella le gustaba más Serrat», sonríe.


En 1993, el colegio cerró definitivamente. La imagen de Santa Bárbara fue acogida en la iglesia parroquial siendo cura Jesús García, y en 2007 el palacio abrió sus puertas como complejo hostelero. Ni siquiera el Nalón baja ya teñido por el carbón procedente de las Cuencas. No obstante, las ex alumnas están seguras de algo: de que su «familia minera» siempre permanecerá en sus corazones.

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