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Santos Pérez, ejemplo de empatía policial

El veterano agente de la Policía Local se jubila tras 36 años patrullando: “El 90% de las intervenciones se gana con buen talante”

El agente jubilado Santos Pérez. Ricardo Solís

El jefe de la Policía Local de Avilés, Rafael Rodríguez, incluyó en el orden del día el siguiente anuncio: “Tras treinta y seis años de servicio en esta policía se jubila uno de los agentes que desde la más absoluta discreción ha trabajado por la seguridad de esta ciudad y por los derechos del colectivo. Treinta y seis años en el 092 demostrando, desde el primer día hasta el último, qué es ser compañero”.

Santos Pérez Alonso, a quien iban dirigidas las palabras del mando, leyó el mensaje emocionado. Le costó llegar a la última línea. Tal vez porque esas pocas palabras resumen mucho de lo que es, un agente con mayúsculas que siempre hizo suyas las mejores armas: talante y empatía con el ciudadano. “He intentado tratar a las personas con respeto porque todos, en un momento dado, podemos estar en el otro lado”, precisa Pérez Alonso con una mezcla de humildad y timidez, la misma que le ha llevado a ganarse la admiración de los suyos, de los ciudadanos y también de los “malos”, a los que comenzó a perseguir oficialmente el 6 de diciembre de 1985.

Fue de la promoción “de los guapos”. Y es que aquel año, entre los requisitos que pedía el Ayuntamiento cuando convocó las oposiciones figuraba: graduado escolar, pruebas físicas y culturales y, literalmente, “no ser un caso de excesiva fealdad”. Santos Pérez Alonso, como Rafael Rodríguez, que fue compañero de promoción antes que jefe, pasaron el filtro sin mayores inconvenientes.

Santos Pérez es miembro de una familia numerosa de nueve hermanos que llegó a Avilés desde Valladolid al calor de Ensidesa. Nació en Valliniello y con dos años se trasladó con su familia a La Luz. Muy joven, tanto como que tenía solo 15 años, se metió en el Ejército del Aire. Primero estuvo en la Escuela de Transmisiones de Cuatro Vientos, en Madrid. Allí pasó dos años y estudió una Formación Profesional de mecánica y electrónica. De ahí lo destinaron a Soller (Palma de Mallorca), al acuartelamiento aéreo Puig Mayor.

“Era un crío con sueldo que vivía en una isla con sol, con turistas… En un alarde de sensatez decidí que tenía que regresar a casa si no quería torcerme. Además, por aquella fecha, mi madre estaba muy enferma. Tanto es así que no me conoció de Policía Local y es una espina que tengo clavada”, confiesa el agente, de 59 años.

Así fue como Santos Pérez volvió a La Luz. “Eran años muy difíciles en los que podías elegir entre ir al banco turbio en el que se pasaba droga o salir a la calle a buscar trabajo. Yo elegí el segundo camino, me enteré de la convocatoria de la Policía Local y me formé de forma autodidacta, porque de aquella no había academias como conocemos hoy”, señala. Pérez Alonso lo logró.

Aprobó la oposición el 29 de julio de 1985, aunque tardó en incorporarse. Le tocó la “huelga del bocadillo”. Esto es que la Policía Local de Avilés se puso en huelga tras negarse a cenar un bocadillo para mantener la vigilancia durante toda la actuación del cantante Luis Eduardo Aute. Santos Pérez es historia: “Crecí profesionalmente con la democracia”.

Estuvo en el vehículo de atestados cuando no existía la arteria del Puerto y los accesos a Ensidesa eran motivo de atascos. Entonces el uniforme no era técnico: “Nos lo hacía un sastre”, recuerda con humor. En su retina archiva cientos de momentos dramáticos: accidentes, noches de jarana en una Galiana abierta al tráfico… Pero tiene buen sabor de boca: “Siempre di el cien por ciento y me he sentido querido, así que no puede estar más que agradecido”.

Gracias a Santos Pérez muchos sacaron seguros para los vehículos y hasta carnés de conducir. En Avilés es delgada la línea que separa a la policía de los delincuentes comunes: “Todos nos conocemos”. Y todos conocen también el carácter mediador de este hombre que nació, dice, con carácter de servidor público.

Ahora –está oficialmente de vacaciones hasta diciembre, que asumirá la jubilación– vive con palpitaciones cada vez que escucha una sirena. “Siempre estoy alerta”. Pero también tiene ganas de un merecido descanso. Piensa dedicarlo a la familia, a su mujer y a su hijo, y tiene en mente recuperar aficiones perdidas: “Quiero volver a la huerta, a plantar”. También quiere aprender cosas nuevas; por ejemplo, fotografía. Santos Pérez es de espíritu inquieto.

Ahora, este chaval que entró en un cuartel con un viejo vehículo patrulla y dos grilletes deja un cuerpo que ha crecido en medios materiales y humanos. A los más jóvenes les deja un consejo de veterano: “El 90 por ciento de las intervenciones se gana con buen talante”. Ahí queda.

El reportaje finaliza y Santos Pérez se pone nervioso. Quiere dejar agradecimientos, la lista es interminable: Girol, Roldán, Mimi, Santiago, Rafael, Jorge Muñiz de la Policía Judicial, la Policía Nacional, la Guardia Civil, las otras policías locales de Asturias, a sus colegas de antes y de ahora en el Grupo 2, Velilla, Miranda, Abeleiras…. La lista aún continúa. “Gracias, a todos”, concluye Santos, abrumado por las muestras de cariño recibidas en los últimos días: “No me las esperaba porque solo hice lo que era mi obligación hacer”.

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