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La científica que quería ser alquimista

La joven María Bogaerts, que dio sus primeros pasos académicos en un colegio de Corvera, vive en Barcelona, donde se ha doctorado en Biomedicina: “Mi sueño es volver a Asturias”

María Bogaerts

María Bogaerts es ovetense, aunque hija de avilesino, el historiador Jorge Bogaerts (Llaranes, 1954). Su infancia, además, está ligada a la comarca avilesina, concretamente al colegio Mateu de Ros de Las Vegas, ahora cerrado, donde pasó sus primeros años casi por casualidad: su madre era profesora en dicho centro. La joven investigadora, que acaba de doctorarse en Biomedicina y próximamente disfrutará de una beca con Mathieu Gautier en Montpellier (Francia), pasó de formarse en Corvera a La Corredoria, su barrio. Luego hizo el bachiller en Lugones. Estos fueron los primeros “saltos” de una mujer que ha recorrido ya muchos kilómetros siempre en pos de una formación académica brillante. Pero que sueña con regresar a casa, a Asturias.

Bogaerts fue alumna de la primera promoción de Biotecnología de la Universidad de Oviedo. “Fuimos como conejillos de Indias, y nos trataron con muchísimo cariño. Yo estoy muy contenta con la formación recibida, creo que se hizo muy buen trabajo con este grado en concreto”, valora esta joven que desde hace un lustro vive en Barcelona, donde trabaja en el Institut de Biología Evolutiva (CSIC-UPF).

De niña, Bogaerts quería ser alquimista. Su pasión por las ciencias, y especialmente por la química, le viene de muy atrás. Casi de cuando daba sus primeros pasos como alumna por aquel centro educativo de Corvera: “Me fascinaba la química. Mi padre tenía un amigo que trabajaba en la facultad de Químicas y, cuando podía, me llevaba al laboratorio donde me enseñaba cosas impresionantes como el nitrógeno líquido”, recuerda.

En busca de su sueño, con más alquimia que quimera, Bogaerts salió por primera vez de Asturias, a nivel profesional, con rumbo a Bélgica, donde realizó el Erasmus. “Estaba de vivir siempre en Asturias, en casa de mis padres, y aquella etapa fue muy enriquecedora porque me dio la oportunidad de ir a otro país y conocer otra universidad, donde las cosas funcionaban de manera distinta, por ejemplo con exámenes orales. Entonces perdí el miedo a salir de mi zona de confort”, subraya esta joven que habla cuatro idiomas.

Luego Bogaerts realizó un máster de un año en Inglaterra. Y ahí fue donde se casó, profesionalmente hablando, con la bioinformática. “Pasé del laboratorio a programar los datos que se sacan de un laboratorio y me abrió un mundo nuevo. Pensé que iba a ser una herramienta más, pero decidí centrarme en ese campo”. A partir de ahí, la ovetense, que dio sus primeros pasos académicos en la comarca, buscó un doctorado. Su sueño. “Normalmente éstos están sujetos a becas y son escasos. En mi caso, encontré una oferta en Barcelona, porque a veces los laboratorios tienen su propia financiación y pueden hacer contratos predoctorales. Tras unas entrevistas online y presenciales me incorporé al equipo, y en Barcelona llevo los últimos cinco años de mi vida”, dice.

En el laboratorio catalán se estudia la genética de población, una rama todavía desconocida de la genética, una ciencia que va mucho más allá de Mendel y sus experimentos con guisantes. “Estudiamos poblaciones enteras, cómo se fueron distribuyendo por el mundo, cómo se tienen que adaptar a distintos ambientes”, apunta. Y de ahí la tesis: “Mi interés era conocer las presiones ambientales que hacen que nuestro genoma se adapte”. Para ello utilizó las conocidas como moscas de la fruta (Drosophila melanogaster). Esta mosca, cuenta la científica, se originó en África y se expandió por todo el mundo, excepto la Antártida. “Es un buen modelo porque se ha adaptado a casi cualquier ambiente”.

Conclusión: “Es un proceso largo. El análisis ha sido amplio, una especie de pesca de arrastre. Lo primero que vimos es que la precipitación y la temperatura influye, pero el viento tiene también gran influencia en el genoma. Ahora, más en detalle, vamos a estudiar genes. Particularmente estamos interesados en una secuencia que existe en el ADN que se llama elemento transponible, esto es que un trocito de ADN se desprende del genoma y se incrusta en otro. Esto es muy interesante porque puede cambiar el mecanismo de la mosca y hacer que esta se adapte mejor o peor”.

Con solo treinta años María Bogaerts tiene un futuro prometedor por delante. Y ese futuro pasa por regresar a Asturias. Aunque no será pronto. “He conseguido algunas colaboraciones y voy a pasar los próximos dos años en Montpellier, en Francia, estudiando, dentro del mismo barco, la mariquita asiática y sus diferentes rutas de invasión a través de los mecanismos del genoma que ayudan a adaptarse. Y luego sí, mi intención es volver. Es más, el acuerdo que tengo es hacer una parte de teletrabajo en Asturias, que es donde tengo mi pareja, mi casa”.

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