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El día que lloramos con Mary

Un rosario de infortunios atléticos en unos tiempos marcados por la sombra del "dopping"

En 1976, los Juegos Olímpicos de Montreal resultaron un fracaso económico por lo que ninguna ciudad presentó candidatura para organizar los de 1984. La continuidad de los Juegos estuvo durante un tiempo seriamente amenazada hasta que Estados Unidos acudió al rescate, pensando primero en New York y luego en Chicago

Los Ángeles 1984 fue un momento álgido para Carl Lewis -que entró en la historia olímpica al igualar las 4 medallas de oro de Jesse Owens en 1936-; también de nuestra selección de baloncesto, que solo hincó la rodilla ante Michael Jordan y Patrick Ewing y debía haber sido el culmen para la norteamericana Mary Decker, nacida en agosto de 1958, que llegaba como una de las grandes favoritas del mediofondo.

Mary, apodada "Little Mary" por su precocidad y "la niña de América" por su popularidad, fue recordwoman de 800 metros en su país con tan solo 14 años. Su corta edad le impidió acudir a Múnich en 1972. Montreal, cuatro años más tarde, debería haber sido la ciudad que viese su debut en los Juegos Olímpicos, pero la mala suerte de la mediofondista retrasaría su bautismo nada menos que ocho años más. Antes de los Juegos de 1976, una lesión le impidió formar parte del equipo olímpico americano, y en 1980 el boicot a la cita de Moscú en plena guerra fría volvió a dejarle con la miel en los labios. La pequeña Mary fue una de las más grandes de la historia, tan grande como lo fue su mala fortuna.

A la espera de 1984, Decker inscribió su nombre en la historia del medio fondo con un sinfín de plusmarcas mundiales. De récord en récord se plantó en los Campeonatos del Mundo de Helsinki de 1983 en los que conquistó el oro en 1.500 y 3.000 metros. Fueron los mundiales del músculo contra la belleza. El músculo estaba representado por la checa Jarmila Kratochvílová, ganadora en 400 y 800 donde aún hoy, 36 años después, mantiene el récord del mundo con 1:53,28. Su aspecto hombruno y su tremenda musculación ponía la mosca detrás de la oreja y hacía pensar que al otro lado del Ttelón de Acero era probable que todos estuviesen "chutados". La belleza corría a cargo de la feminidad de Mary, que cada vez que competía con atletas rusas, de la RDA, rumanas, etcétera salía a la pista con una camiseta de calentamiento en cuyo pecho podía leerse "All Natural". Una forma de denunciar el dopping manifestando que estaba limpia, que no tenía química por dentro.

Y llegó el 11 de julio de 1984. Final de 3.000 metros femeninos. La gran favorita, la heroína local. Después de muchos años de espera,Mary Decker tenía relativamente fácil ser campeona olímpica. Entre las "outsiders" estaban la rumana Maricica Puica y la jovencísima sudafricana de 18 años Zola Budd que, a pesar del castigo olímpico a su país por el apartheid, pudo competir previa nacionalización bajo bandera británica. Zola, que corría ¡descalza! y había batido a los 17 años el récord mundial femenino de 5.000, era el mayor peligro para Decker.

Tras una primera parte de carrera más bien lenta, muy táctica, Zola pasa a la acción y se coloca al mando. Mary Decker, como una sombra, se pone tras ella ... y en un visto y no visto, se produce un contacto entre ambas; Decker se trastabilla y acaba con sus huesos en el suelo. Imposible continuar. Otra vez el infortunio se cruzaba en el camino de "Little Mary".

Zola continúa con el plan tirando en cabeza, pero en la última vuelta se viene abajo y queda séptima. Puica se beneficia de los restos del naufragio y se hace con el oro, pero de ésto pocos se acordarán. Siempre será la final maldita de Mary y Zola. Mary Decker se retiró de la pista llorando, desconsolada, abrazada por su futuro marido, Richard Slaney, lanzador se disco.

Mientras Mary lloraba en California, los que la admirábamos y detestábamos el "dopping de estado" practicado por la extinta URSS y sus países satélites, la acompañamos delante de nuestros televisores. Aquel 11 de julio fue un día nefasto. Mary era la atleta de Occidente, era nuestra chica.

En 1985, Mary Decker terminó invicta, tomándose la revancha sobre Zola en el mitin de Londres. En Seúl '88 un maldito proceso viral bajó su rendimiento, acabando octava en el 1.500 y décima en los 3.000. En Barcelona '92 no formó parte de la expedición de los Estados Unidos y en Atlanta '96 unos niveles anormales de testosterona acabaron con la carrera de Decker, una carrera marcada por la calamidad. Mary siempre defendió que sus niveles de testosterona se debían a la ingesta de anticonceptivos, algo que es totalmente cierto. Pero a pesar de que la prohibición de los anticonceptivos se marcó en 2005, la IAAF la sancionó dos años.

Zola, por su parte, ganó un Mundial de Cross, se retiró prematuramente y regresó en Barcelona '92, donde no pudo alcanzar la final. Hoy regenta una escuela de 'running' en Estados Unidos y sigue corriendo pruebas populares, pero ya no lo hace descalza.

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