Opinión | La rucha

Carta a la noche mágica

La ingenuidad de la espera tras la Nochebuena

Pedir siempre lo mismo y no recibir nada. Pedir lo que soñábamos y recibir algo de lo poco que había. Esa era la manera de mantener la magia. ¿Sabrán lo que queremos? ¿Verán lo que soñamos? ¿Podrán desde tan lejos leer el pensamiento? ¿Sabrán dónde vivimos? ¿Leerán los deseos que escribimos? ¿Recibirán a tiempo cada carta?

Cuántos interrogantes tan pronto se esfumaba la breve Nochebuena. Y cuánta ingenuidad en los días de espera. Cuánta imaginación cabe en una gran mentira. Cuánta verdad esconde de lo que nos aguarda. Y cuánta magia.

Pedir, ya por pedir, que es como no pedir, un por si acaso y tal vez, un por si cayera en suerte, un por si ese año tocara. Pedir lo que no estaba a nuestro alcance entonces, anhelar lo imposible, pretender lo que nunca llegaría, redactar el empeño de la infancia.

Requerir por tantear lo que ni conocíamos y ni necesitábamos, porque teníamos árboles y columpios y charcos y unas botas de goma, tirachinas y pájaros y ropa, la mejor ropa nueva, hecha con mucho amor y fabricada en casa. Y canicas y cajas que servían de carro o de camión y aviones de papel y cañas de madera que ejercían de espada.

Solicitar lo que, seguramente, nos entusiasmaría unas horas tan solo. Escribir lo que, al fin, quedaría en ilusión, palabra vana. Pero sí que escribíamos –no es fácil dar la espalda a la esperanza–, sí que nunca faltábamos a la ceremonial carta de Reyes.

Escribíamos gozosos en una hoja rayada una lista de nombres (papá, mamá, tíos, hermanas…) y otra lista de cosas, las pocas cosas que antes anunciaban. Y, por supuesto, claro, lo infalible y usual: un frasco de colonia, un par de calcetines, unos guantes, dos mudas, un gorro, una bufanda.

No destruir la luz de una noche tan única. Esa era la intención de todos los que, año tras año, a nuestro lado, nos corregían las faltas y la caligrafía de aquellas cuatro líneas hechizadas. Educarnos, transmitirnos apego a las costumbres, amor por la utopía. Pasión por la paciencia. Hacernos ver de cerca que los sueños, al no cumplirse, crecen, se agigantan.

Y se sigue soñando. Aconsejarnos siempre a no ir deprisa nunca y nunca renegar de lo de siempre: los lápices de Alpino, la plastilina, el puzle, acuarelas, pijamas... Todo cuanto, por mucho que faltara, nunca faltaba.