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El genio tras el visillo

El fotógrafo poleso Pedro Domínguez edita un libro con las fotos sacadas a través de su ventana durante la cuarentena

La cuarentena no ha sido fácil para nadie. El día se juntaba con la noche, una y otra vez, hasta completar dos meses de una apariencia onírica indigesta. Aunque para Pedro Domínguez Carazo, quizá, un poco menos. El fotógrafo poleso veía desde la ventana de su domicilio de Oviedo cómo

Así, colocando varias cámaras sobre trípodes frente a las ventanas, tenía controlados todos los ángulos de visión hacia el edificio de UGT, al principio de la Avenida Galicia de Oviedo. "Según avanzaba la hora del día iba mirando por unas y por otras para ver lo que pasaba. También tenía un vecino que me chivaba cuando veía algo", ríe Domínguez Carazo.

El resultado es un tomo que, aunque rectangular en forma, es redondo en resultado. De inicio llama la atención una instantánea del tendal de enfrente. En el cuelgan camisas, sábanas y trapos. Como las velas de un barco pirata, en este caso, anclado en puerto, estado de alarma mediante.

La crudeza está tratada con sensibilidad, bien entendida y no escondida, en su lugar. Los muertos, que anuncian por la televisión coinciden con las pequeñas gotas de agua que se acumulan en la ventana del fotógrafo cada hora.

El arte del genio tras el visillo, es capaz de capturar hasta el paso del tiempo. En el patio de luces, la sombra del tendal se mueve: "Ya es mediodía", reza el texto que acompaña la fotografía.

Parece saberlo el hombre al que captura en pleno tránsito acelerado por la calle vacía. Va rápido, quizá por miedo al virus o a que se le enfríe la comida. Un tratado sobre la extraña cotidianidad de los días en que solo se podía salir a comprar o a trabajar si eras indispensable.

Sin esa responsabilidad, unos jóvenes estudiantes pasan la tarde en la ventana. En un cuadrado perfecto, con una única ventana vacía, dos de ellos miran al ordenador con el torso descubierto, vino y cerveza en la mano. Otra, recostada hacia dentro de casa, duerme la siesta con las piernas colgando hacia el vacío.

Una escena de belleza inmensa que Domínguez Carazo no deja pasar, como tampoco la de una madre en bata que mira a su hija, asomada a la ventana, mientras esta aprovecha para continuar con su fase de descubrimiento del mundo, brevemente interrumpida por el virus.

Así, hasta llegar a cuarenta escenas minimalistas perfectamente integradas, que hacen un todo, fácilmente identificable con el genio tras el visillo, Domíngez Carazo.

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