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Vivir sin agua en pleno centro de Asturias: “Llevamos los platos y la ropa a lavar a Gijón”

Una avería en la red de Siero, que el Consistorio se niega a reparar, tiene a un matrimonio mayor de Hevia sin servicio de suministro desde abril

Conchita Vega y Pedro Rodríguez, ante su casa de Hevia (Siero), con las garrafas que tienen que usar a diario. | A. I.

Conchita Vega y Pedro Rodríguez, ante su casa de Hevia (Siero), con las garrafas que tienen que usar a diario. | A. I.

Conchita Vega y Pedro Rodríguez, de 73 y 75 años, respectivamente, se levantan cada mañana y recorren en su pequeño vehículo rojo 14 kilómetros de ida y vuelta. Es la distancia que separa su domicilio de la Cuesta de San Justo, en la zona alta de la parroquia de Hevia (Siero), de

El problema trastoca tanto sus vidas que no pueden residir en la casa en la que nació Vega: “Tenemos que llevar los platos y la ropa a lavar a Gijón y quedarnos allí la mayor parte del tiempo”.

Rodríguez trabajaba en Aceralia y pudo adquirir una vivienda allí, pero prefieren estar donde tienen sus raíces y se sienten más seguros, en el caserío de Siero: “Aquí es más difícil que pillemos el virus”.

Lo que era una gran ventaja para ellos, poder evitar la gran ciudad, dejó de serlo en el mes de abril. Según cuentan, llevaban un tiempo notando como “el agua llegaba con cada vez menos fuerza, hasta que un día dejó de salir”.

Entonces se comunicaron con el Ayuntamiento. Eran los únicos afectados, pues en el pueblo de Caballeros, situado en la colina opuesta, sí que fluye el agua con normalidad. “Nos dijeron que no podían hacerse cargo de buscar el problema y repararlo. Que, si queríamos, teníamos que hacerlo nosotros”, explican sobre la respuesta del Consistorio.

Conchita Vega, abriendo el grifo de la cocina, sin una gota de agua. | A. I.

Esfuerzo económico

Algo que el matrimonio considera “imposible”. A bastante esfuerzo económico les somete ya la situación. “Tenemos que ir todos los días hasta la fuente, gastando gasolina, pagamos la contribución y también vamos a Gijón a quedarnos y volver para cuidar el ganado y la huerta”, comentan.

Vega entra a casa, se pone los guantes de tarea, abre el grifo y dice: “Mira”. No se ve salir nada, no hay agua. “Como cuando era pequeña. Tengo aquí la factura de haber pagado la acometida, en el año 1982”, dice sosteniendo un viejo papel con la cantidad en pesetas.

Antes, en su infancia, “íbamos con las garrafas en la cabeza hasta una fuente que había aquí cerca, pero hace un tiempo la quitaron”. Rodríguez, hastiado, apoyado en el coche con la cabeza cubierta por un gorro plástico verde suspira fuerte: “Casi no se puede vivir en los pueblos y, para nosotros, con la que está cayendo, era lo mejor”.

Al final, este inconveniente está cerca de sacarles definitivamente de la casa familiar, alejándoles del ganado, de la huerta y del recuerdo. Urgen que se pueda reparar, aun sabiendo que son los únicos que se han quedado secos.

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