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Sobre la ría de Villaviciosa

Carta abierta a quienes no escuchan

La noticia de que la ría de Villaviciosa recibirá una aportación cercana al millón y medio de euros aparecía en los medios de comunicación hace ya casi dos semanas, arropada por una nutrida representación de las administraciones local, regional y estatal. Parecían abrirse expectativas para una cierta satisfacción, pues podrían atenderse nuestras alarmas y reclamaciones después de años de oídos sordos.

Hubiera resultado más elegante hacer uso de la figura que la normativa europea establece para la participación ciudadana y convocar el foro de participación de la Reserva Natural de la Ría. Otras veces se convoca para leer el listado de expedientes administrativos de todo un ejercicio o cosas parecidas, pero en esta ocasión tendremos que darnos por satisfechos con un anuncio previo del director de la Reserva de que “ya veréis qué noticia tenemos preparada”. De viva voz y de pasada, porque los vecinos estaban retirando la basura de la ría en sextaferia y no era cosa de arrimarse e interrumpir.

Con tan mal comienzo, nuestras esperanzas van camino de no ser más una satisfacción lastrada por un escepticismo ya viejo, a fuerza de ninguneos, y otro más actual, el que nos asalta en cuanto leemos unas pocas líneas de la nota de prensa que los medios no se han parado a filtrar: la millonaria partida no va más allá de consolidar la situación actual con un proyecto que no pasa de una declaración de intenciones, dejando abiertos los porreos rotos y desplazando una vez más a la especie humana por no ser una especie faunística de interés.

Nos encontramos, por ejemplo, referencias gratuitas a la recuperación del marisqueo como elemento positivo y al aumento de la ganadería intensiva en el entorno de la ría como elemento negativo. Son gratuitas porque la única precisión sobre el marisqueo se limita a la playina de El Puntal y porque la “proliferación” de explotaciones de ganadería intensiva en la zona no la defiende ni el ministro de Consumo.

¿Por qué no se aborda de una vez el problema de la contaminación? ¿Es realmente imposible determinar su origen, como parece indicar el silencio con que se aborda el asunto? ¿Les parece muy mal si no les creemos?

Tampoco no resulta muy de fiar un proyecto en el que la documentación gráfica no coincide con el texto a la hora de delimitar los diferentes tipos de actuación en los porreos. Esperábamos, y ya desesperamos, que esta información se llevara al lugar que la propia normativa le ofrece, el foro de participación ciudadana de la Reserva Natural. Ese lugar al que nos convocan, siempre aprisa y corriendo, cuando algún trámite administrativo ineludible les pone contra la pared.

De momento se opta por confiar en que vecinos y asociaciones de variado tipo que forman parte de ese foro se enteren por la prensa. Si este no es un asunto para ese órgano de participación… no se me ocurren otros. Tampoco a la Administración regional, que lleva años sin lograr que se aprueben las actas de esas esporádicas reuniones.

En una de las últimas, celebrada hace más de cuatro años, se acordó la adopción de medidas para “la reparación urgente del dique del porréu de La Marquesa o Musllera y de todos aquellos pertenecientes al dominio público marítimo-terrestre que se encuentren en situación de deterioro que pudiera provocar su arruinamiento”.

No parece que el reciente proyecto de gasto para la ría guarde mucha relación con aquella declaración de intenciones, pues la primera de las evidencias es que se propone la inundación definitiva de hasta 100 hectáreas de terreno agrícola. Bien es cierto que todo ello parece repercutir favorablemente en 17 especies faunísticas, como anuncian sin más desarrollo. Es una lástima que el ser humano sea ya únicamente la especie número 18 (en el mejor de los casos) y se vea apeada de la competición por la supervivencia en este espacio.

No vale de nada tampoco la sugerencia del Defensor del Pueblo, que a instancias de la Asociación Cubera intermediaba en el desencuentro de las administraciones a cuenta de los porreos.

Le resultó imposible lograr un entendimiento para “adoptar medidas conjuntamente para reparar y mantener en un adecuado estado de conservación los diques de la ría de Villaviciosa”, pero ahora esas administraciones paralelas parecen capaces de juntarse para la foto en la que anuncian borrón y cuenta nueva para un espacio modelado por una intervención humana sostenible a lo largo de los últimos tres siglos.

Eso sí, para revertir ese largo proceso se dan un margen de dos años para hacerlo de forma ordenada. ¿Les parece muy mal si nos surgen dudas? La Reserva Natural nació como un conjunto de hábitats variado que enriquecía la biodiversidad de la zona. Entre sus elementos característicos que resultaba preceptivo conservar están los porreos y por eso la postura de la Asociación Cubera insiste en la conservación de esos terrenos que conviven armónicamente con la marisma y los espacios intermareales. Perder los porreos es perder biodiversidad.

La Reserva Natural no puede tener como expectativa convertirse en un parque temático sin participación del ser humano. Tenemos que favorecer, facilitar y ordenar la convivencia de los vecinos con su medio vital; no expulsarlo para quedarnos con la visita testimonial del turista. Y el primer paso obligatorio es determinar las causas de contaminación que causas la mortalidad de las especies marinas y poner los medios necesarios para eliminarla. Lo demás son adornos.

La Reserva Natural debe favorecer e impulsar la puesta en marcha de sendas alternativas a los coches, como venimos demandando desde hace más de treinta años, y conseguir que ambas márgenes dispongan de un circuito peatonal y cicloturístico con infraestructuras apropiadas para el acceso o la conexión con las carreteras tradicionales.

Y eso pasa por reconocer que tres siglos de historia no pueden borrarse en un par de años y que la ocupación humana puede ser productiva y conservadora. No es casualidad que esta última degradación de los porreos de la margen derecha se produce como consecuencia de un silencio administrativo de más de siete años que frenó en seco usos y, lo más grave, labores de mantenimiento.

En su afán adanista de eliminar toda huella de “antropización” no hay más que el uso elegante por cultista de una palabra que ya Ortega y Gasset había identificado con “deshumanización”. Él hablaba del arte; cien años más tarde podemos hablar de deshumanización del medio natural sin que los responsables se den cuenta de que un medio deshumanizado no alcanza siquiera para un cuarto escaso.

Triste paradoja: cuando se llenan la boca de millones, al final, en la mano apenas nos quedará la mísera calderilla.

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