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Antón Saavedra

Tribuna

Antón Saavedra

Vendiendo fumo con el apoyo de Vox

El reparto de los fondos europeos que el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias sacó adelante con el apoyo de los de Santiago Abascal y el uso que se va a hacer de ese dinero

Pedro Sánchez observa una intervención de Santiago Abascal.

Pedro Sánchez observa una intervención de Santiago Abascal.

Retomando un artículo publicado por LA NUEVA ESPAÑA (10-08-2020) me refería yo al mundo de apariencias construido por Pedro Sánchez a la vez que hacía mención a la farsa y a la representación en la que desde hace muchísimos años se mueve la Unión Europea. Poco faltó aquella mañana del 21 de julio, después de cuatro “extenuantes” días de reuniones en Bruselas, para que todo el Gobierno de pie esperándole en la puerta aplaudiéndole y vitoreándole le hiciera la ola cuando el presidente del Gobierno hacía su entrada triunfal en el palacio de La Moncloa. Tal parecía que se tratara de Sigfrido después de haber matado al dragón, en una escena más propia de un régimen caudillista y bananero. Triunfalismo y algaradas aparte, lo único que se hizo en aquella cumbre europea fue salvar los muebles, o al menos intentarlo. La propia Merkel así se lo espetó abiertamente al primer ministro holandés: “Si los países del Sur quiebran, caemos todos”.

Enseguida sería la ministra portavoz quien comparecía ante los medios de comunicación para valorar aquellos 140.000 millones asignados al estado español como algo “histórico”, reforzada por el vicepresidente Pablo Iglesias afirmando que el acuerdo iba “en una dirección diametralmente opuesta” a la respuesta austericida que se dio a la crisis de 2008. Sin embargo, entrando en el fondo de los fondos, me referiré al decreto-ley por el que se aprobaban las medidas para la gestión del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia que, gracias a Vox permitía que el decreto-ley fuese aprobado en el Congreso de los Diputados. Sí, así como suena: ¡Vox salvando a Pedro Sánchez! Es decir, la mismísima organización fascista que había dicho de esta norma que solo servía para “crear la mayor red clientelar de la maltratada historia de este país” ofrecía un cambio radical que solo puede explicarse por el hecho de que alguien les dijese por “lo bajini”: “Oye, Abascal y demás, a ver si os enteráis, que los clientes somos nosotros, los de la banda que Vox representáis en las instituciones”.

Ocurre que, durante estos años todos los partidos llamados de izquierdas han venido censurando, con toda razón, aquellos 40.000 millones que, llegados de Europa, no habían servido sino para solucionar el desastre creado por las Cajas de Ahorro a la vez que se incrementaba salvajemente la deuda del pueblo español hasta el 117% del PIB, pero ahora, sin embargo, se contempla a plena satisfacción que 140.000 millones de euros rieguen a las empresas privadas de manera oscurantista y sin ningún control.

En este escenario, a través de la “propaganda goebbeliana” se ha creado el mantra de que este dinero es una especie de maná gratuito que recibimos de la generosa y solidaria Unión Europea sin coste alguno. Primero se dijo que las ayudas consistían, mitad y mitad, en subvenciones a fondo perdido y préstamos a bajo interés para los próximos años. Más tarde se supo que las primeras estarán condicionadas a la aplicación de las recetas que imponga la Comisión Europea, tales como reforma privatizadora de pensiones y el mercado laboral, y ahora sabemos que el acuerdo alcanzado señala también que, cuando la situación lo permita, se aplicará de nuevo la política de austeridad presupuestaria, de momento suspendida por razón de la pandemia del covid-19.

Que nadie trate de engañar a nadie. La cruda realidad es que la mayor parte de la cantidad que va a recibir España recaerá sobre el erario español. Aunque se siga afirmando que, de los 140.000 millones, 72.000 son a fondo perdido, lo cierto es que esta cantidad quedará reducida a 33.000 millones, al quedar minorada en 39.000 millones, que es la parte proporcional que España como país miembro de la UE debe financiar, por uno u otro medio, del monto global. Es decir, la cantidad de 33.000 millones, aunque aparentemente considerable, resulta bastante disminuida si se la compara con las transferencias de recursos que España obtendría todos los años si en la UE existiese una integración presupuestaria y fiscal como la que se da en cualquier Estado y que es el complemento necesario de una unión monetaria.

A pesar de lo que dice el vicepresidente Pablo Iglesias de que la respuesta es distinta a la de 2008, la historia tiene toda la pinta de volver a repetirse, esto es, el denominado maná se puede convertir en una losa muy pesada para el futuro. Desde luego, no seré yo quien discuta las importantes subvenciones que, a fondo perdido para hacer frente a los estragos causados por la pandemia sea algo positivo. Pero ahí no acaba nada, sino que empieza todo de nuevo. Supongamos, por ejemplo, que se aumentan los fondos públicos destinados a sanidad, educación y servicios sociales…, pero que se destinan íntegramente a engrosar subvenciones y conciertos con los negocios privados que campean por estos sectores. ¿Sería esto algo progresista? Desde un punto de vista social-liberal, sin duda, pero, ¿lo sería también desde postulados de izquierda?

Remontar la crisis

Todo indica que los recursos se van a destinar al sector privado, pero a otros menesteres que se suponen más elevados y que se presentan con palabras grandilocuentes, cambiar la estructura productiva, reforma de la economía, transición energética y proyectos estratégicos, entre otros. Unos proyectos que pueden ser muy respetables pero que poco tienen que ver con la necesidad más apremiante que es remontar la enorme crisis económica y fiscal en que nos vamos a ver envueltos. Esa cacareada transición ecológica y la digitalización que se pretende fomentar está hoy en manos de los intereses de las grandes corporaciones, tales como Unión Fenosa, Repsol, BBVA, Caixabank, Telefónica, Iberdrola, Santander. Bruselas, por su parte, acaba de urgir a los estados miembros para que esto se apruebe cuanto antes, y será entonces cuando se sabrá qué es lo que contenía de verdad aquel acuerdo “histórico” de julio tan celebrado.

En mi opinión, poco puede esperarse de lo que resulte finalmente, sobre todo cuando los insultos y broncas entre los llamados representantes del pueblo, viene siendo la norma, en vez de cerrar filas en tono a los graves problemas que atormentan a nuestro pueblo, como es la vacunación contra el covid-19 y sus retrasos, la deuda pública que camina aceleradamente desde el 117% al 130%, el paro que aumenta en decenas de miles de personas cada mes, el confinamiento y la inmovilidad que siguen provocando tanta angustia sin saber como inmunizar a la población, las mentiras que esconden los discursos de los partidos políticos.

En fin, quizás alguien piense que ser pájaro de mal agüero no resulte lo mejor para los tiempos que corren, pero, sigo pensando, que vender fumo y hacer la del avestruz, solo sirve para crear pasividad, hoy, y desconfianza en la izquierda, mañana, cuando el cántaro se rompa al llegar a la fuente. El acento, por el contrario, habría que ponerlo en la necesidad de afilar un discurso alternativo al neoliberalismo imperante y prepararse para desactivar esta política antisocial, impulsando para ello lo que ya se está expresando en el ámbito de la salud, educativo, ecologista, sindical, pensionista, juvenil... Todo ello será mejor, pienso, que seguir vendiendo humo.

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