Opinión

Autoridad

Cuando la familia y el aula eran entornos de seguridad, desarrollo y orden

Ahora resulta que hay padres exigiendo la aprobación de una ley para limitar el uso de dispositivos electrónicos a los menores de edad. Cuando afirmo que la civilización occidental se va al carajo no es en vano. Y noticias así reafirman esta impresión. O sea, que ni papás ni profes son capaces de establecer pautas de conducta y las limitaciones consiguientes. Y si al nene le da la gana echar veinte horas diarias adherido al móvil, pues qué lástima, no podemos con él, que nos ayude el Estado, que dicten normas para que alguien haga lo que los progenitores y educadores ya no saben, quieren ni pueden hacer.

¿Qué ha pasado? Lo veo en un par de tertulianos, que reconocen vivir sometidos a la voluntad y los caprichos de sus vástagos. Y tenemos a otro en la misma situación pero en este caso el tirano es un pequinés malencarado. La familia y la escuela eran entornos de seguridad, desarrollo y orden. Pasamos de la dictadura en los hogares y las bofetadas en las aulas al despiporre actual, caracterizado por la renuncia de los adultos al ejercicio sensato, formativo y responsable de la autoridad, lo que ha supuesto que la cadena de mando se haya volteado. Una vez más, de extremo a extremo sin parada en el punto medio.

¿Cómo es posible que una madre se deje dominar por una niña de siete años que se pone terca? Eso no sucedía en el pasado. Es más, era impensable. Y ahora somos incapaces de quitarle el móvil a un mozalbete, ni de castigarlo razonablemente, ni de obligarlo a hincar los codos, quiera o no, se ponga como se ponga. Si cada uno de nosotros hiciera lo que tiene que hacer, cumpliendo su cometido como padre, maestro o, sencillamente, miembro de esta sociedad, ¿quién necesitaría leyes para algo tan de sentido común? Todos, o casi todos, hemos sido rebeldes, caprichosos, latosos y contestatarios en algún momento. Pero entonces entraba en acción la disciplina familiar y escolar. Y la tontería se nos quitaba.