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Filosofía

El lugar de la religión hoy: de lo universal a la cultura particular

La confesión religiosa ha dejado de ser necesaria para hacerse contingente, según Carlos Nieto Blanco

Carlos Nieto Blanco, Profesor Titular de Filosofía en la Universidad de Cantabria, es autor de múltiples artículos y de varios libros entre los que destacan La conciencia lingüística de la filosofía (1997) y un estudio del pensamiento de Ferrater Mora (1985). En 2013 fue finalista del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos con La religión contingente.

La religión contingente recorre los avatares de constitución histórica de la religión cristiana, las razones de su enorme expansión y la dirección moral y política que lidera durante siglos el mundo occidental. También trata de reconstruir su enclave en el conjunto de religiones más influyentes así como contornear las fronteras entre el poder religioso y el político.

El ensayo es útil, en primer lugar, como repaso muy bien calibrado de muchos de los principales hitos históricos del desarrollo de la religión de mayor expansión mundial, que entre los siglos V y XVI se enraizó en la cultura occidental como una verdad necesaria. Sin embargo, a mediados del siglos XVII y hasta nuestros días, e "in crescendo", ha ido perdiendo ese carácter de necesidad, y, en ese recorrido, el análisis llevado a cabo por Carlos Nieto, reúne un catálogo muy representativo de las principales aportaciones de la crítica a la teología dogmática desde los anclajes ilustrados y laicos, y, en general, deístas, agnósticos, panteístas y ateos de los últimos cuatro siglos. Consigue, de este modo, una reconstrucción historiográfica bien hilvanada del devenir cultural del cristianismo, tanto desde la perspectiva de sus triunfos como de sus limitaciones.

La obra se propone, además de una visión historiográfica, construir un argumentario crítico con capacidad de decidir filosóficamente sobre el lugar que ha de corresponder a la religión, a partir de un cierto umbral histórico, cuando está obligada a disputarse el territorio con la secularización y el laicismo, y constreñida por la ineludible separación de la Iglesia y del Estado democrático moderno.

El tema no es nuevo, desde luego, más bien al contrario muy manido, si bien, estamos ante una temática de tan largo recorrido histórico y de tanta trascendencia cultural que Carlos Nieto, consciente de esto, se propone contribuir con alguna idea nueva, en medio de un mar de análisis, extraído de diferentes filósofos y de hitos tan trillados como imprescindibles.

¿Por qué ha de afirmarse que la religión, y el cristianismo como paradigma, es algo contingente, esto es, que podría dejar de ser? Entre otras razones, porque ha perdido su carácter universal: lo vemos al comprobar que la moralidad ha dejado de ser única y ha pasado a ser múltiple; ahora la moral de un país no se deriva solo de su religión histórica hegemónica. Además, los valores civiles tienen hoy la potencia de sustituir e incluso mejorar a los valores cristianos. Los valores universales, tanto científicos como éticos de espíritu secular (los derechos humanos), han dejado de venir a completar la "verdad" sagrada y, ahora, la desbordan de hecho y la someten a ser una moral parcial, solo "verdadera" para grupos de creyentes determinados. Es una realidad, y Nietzsche lo subrayó, que puede vivirse con pleno sentido humano afirmando que Dios no existe ("Etsi Deus non daretur").

Pero no es solo una cuestión del lugar epistémico que han de ocupar los valores religiosos, de si han de gestionarse como verdaderos o como falsos, asunto que podría solventarse apelando a la tolerancia ilustrada -cada opción que defienda libremente su "verdad" respetando al contrario- o al acomodacionismo que propone Marta Nussbaum o al planteamiento postsecular que prefiere Habermas, sino que nos enfrentamos a una contradicción de raíz entre el orden político moderno y el religioso. La religión ya solo puede ocupar un ámbito privado o un espacio público -meramente- pero nunca político, desde que la política se entiende como democracia y esta como conjunto de normas de convivencia consensuadas en las que no cabe la imposición directa de credos dogmáticos. Es evidente para un espíritu democrático moderno que la "sharia" o ley religiosa islámica que sustituye a las leyes civiles no puede aceptarse como legítima, porque contraviene de forma directa el estatuto pluralista de toda sociedad política moderna. "Mutatis mutandis", extiéndase este ejemplo a toda otra suplantación de lo religioso por lo político, ya nos refiramos al hinduismo, budismo, judaísmo... o cristianismo.

En la trama del libro de Nieto Blanco vemos a Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pablo de Tarso, Tertuliano, San Jerónimo, Miguel Cerulario, Esteban Tempier, Occam, Lutero, Fray Luis de León, Erasmo, Galileo, Leibniz, Diderot, Rousseau, Kant, Hegel, Comte, G. de Azcárate, Unamuno, Ortega, Adorno, Hans Blumenberg, Carl Schmitt, Ernest Bloch, Gadamer, Tierno Galván, Onfray, Zizek... y decenas de nombres más relacionados con la historia de las ideas cristianas -echamos de menos, por cierto, la interpretación procedente de la fenomenología así como las tesis de G. Bueno (El animal divino), que el autor parece desconocer, ¿incomprensiblemente?, ¿por algún prejuicio o por el punto ciego que todo ojo contiene?-. Pero más allá del conjunto de análisis plurales, ordenados históricamente, vemos un argumento principal a lo largo de todas las páginas del libro, que tiene que ver con la defensa del laicismo y del espíritu de secularización, huyendo del enfoque ideológico y apostándose en un planteamiento filosófico. ¿Por qué decimos esto último? Porque su objetivo central no es ser antirreligioso ni entrar inmediatamente en la pugna de las ideas que luchan por imponerse políticamente sino defender aquellas condiciones de posibilidad desde las cuales el paradigma científico moderno y la razón ilustrada puedan seguir siendo criterios guía del proceso histórico del porvenir. Y, por cierto, la enseñanza de la asignatura de Religión -Nieto Blanco llega al análisis de estos ejemplos concretos-, no tiene sentido en una democracia moderna, haciéndola depender de los poderes religiosos en lugar del Ministerio de Educación. Se dirá que el ministro los delega, pero esto deja sin solucionar el fondo del problema: ¿cómo una religión confesional tiene el poder de imponerse sobre quienes no la comparten, en la forma de un horario obligatorio, o de unos profesores que son atípicos en relación al resto, o de unos contenidos que no se pueden gobernar desde las instituciones comunes?

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