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El guardaespaldas ambiguo

La serie que triunfa en la televisión británica

El guardaespaldas ambiguo

El guardaespaldas ambiguo

Si a ustedes les gustó Homeland, esta serie británica les va a gustar. Nada tiene que ver con la película donde Whitney Houston y Kevin Costner se enamoran entre tiro y tiro, a pesar de titularse (casi) igual. Aquí el guardaespaldas es un veterano de la guerra afgana, con cara de atribulado (vean cómo se le marcan las quijadas en cada plano), con su vida conyugal echada a perder, serio, guapetón y cumplidor del reglamento hasta que lo reglamentado no le alcanza. Se llama David y es hoy un sargento de la policía británica con tan fuerte acento escocés que hasta yo lo percibo, interpretado por el Richard Madden de Juego de Tronos, esa serie. Lo destinan como Oficial de Protección Personal (PPO en inglés) ?o sea, como guardaespaldas? de la Ministra del Interior, se enrollan o se enamoran, y por el aire comienza a soltarse el tufillo de que hay algún malo muy malo y muy alto o algunos malos muy malos y muy altos. Hasta aquí puedo escribir sin ser espoiler. Porque estas seis horas son seis horas de juego ambiguo que se resumen en una pregunta: ¿Es nuestro David un yihadista o una víctima de grande conspiración? Lo malo es que no le debieron de contar el final a Madden, pues más que ambiguo muchas veces parece despistado, como si él mismo no supiera qué cara componer ante los percances que sufre. Pero ya he dicho las palabras claves: policía, conspiradores, yihad, políticos? Mucho Homeland, aunque a la inglesa. Mucho entretenimiento al modo de las islas.

Los 15 minutos iniciales trepidan. Radical musulmana con bomba de cinturón en un tren y nuestro hombre que intenta disuadirla de que todo lo vuele. Otros 15 minutos del último episodio trepidan también. David con bomba cinturón en una plaza y sus compañeros que intentan disuadirlo. El problema está en la parte central de estos dos momentos espléndidos, es decir, en cinco horas y media. Porque son muy agradables de ver, sí. Porque no sabemos quién es el malo, también. Porque simpatizamos con David y al momento sospechamos, claro. Pero surgen los peros. Las escenas de sexo dan ganas de abuchear, por torpes, fuera de lugar y manidas. La ya tradicional enemistad entre los diferentes grupos policiales que velan por nuestra seguridad se usa más que la paciencia profesoral en una escuela. El odio al psicólogo policial ni falta ni puede faltar. La insistencia en que ya hay mujeres en altos cargos acaba por producir el efecto contrario al pretendido. La insistencia en lo patanes que somos los hombres en altos puestos acaban por producir el efecto contrario al pretendido. Las caras de retorcidos anímicos que ofrecen los retorcidos anímicos las hemos visto mil veces. La tortura que supone ver a Gina McKee, de quien nunca supe si va a darle un colapso o va a romper a bailar, no la merecemos. El irreprimible deseo de los veteranos de guerra de volver con la esposa y darle mucha lata con ello ya lo hemos sufrido. Y, por último, la abundancia en los diálogos de siglas británicas de rangos y departamentos parece urdida por un desquiciado maltratador de espectadores: PPO, SO15, MI5, DCI?

Estoy exagerando todo lo que puedo, pues la serie se deja ver muy bien, siempre y cuando uno sepa que de lo que se trata es de saber si nuestro sargento es bueno, si la Ministra es buena, si los malos son los previstos? y de conservar la firme convicción de que habrá sorpresa final, pues bien sabido es que donde menos se espera salta la liebre. No se pierdan, por ejemplo, la espléndida mutación de cara de Anji Mohindra en memorable interrogatorio. Pero de lo que se trata es de entretener con ambigüedades: lo mismito que en Homeland.

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