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Poesía

Espléndida oscuridad

La poesía reunida de Geoffrey Hill, uno de los mejores libros del inolvidable 2020

Aunque no sea una verdadera poesía reunida, esta amplia antología de Geoffrey Hill (1932-2016) es uno de los mejores libros del inolvidable 2020. Publicado a principios de año, el confinamiento y el parón económico de la primavera jugaron en contra de la difusión que el volumen se merecía, pues se

La dificultad, para Hill, era “un deber democrático”, escribe Jaume. ¿Y por qué? En primer lugar porque, según el poeta, “la tiranía exige simplificación (…) y cualquier complejidad de lenguaje, cualquier ambigüedad (…) requiere inteligencia”. Y después porque –continúa– “los seres humanos somos difíciles (…), para nosotros mismos y para los demás”. A partir de estas dos premisas, Hill se hace la pregunta clave: “¿Por qué tiene la música o la poesía que interpelarnos en términos simplificados cuando si esa simplificación se aplicara a una descripción de nuestra vida interior nos parecería humillante?”.

Espléndida oscuridad

Espléndida oscuridad

Parecería, pues, que la dificultad es una obligación; pero no: se trata de un derecho; de lo contrario, Hill hubiera incurrido, él mismo, en un feo aserto antidemocrático. Y aun con todo, la oscuridad de sus poemas, no siendo gratuita ni fruto de un éxtasis esteticista, sino una manera de hacer justicia a la riqueza de su lengua y a los terrores de su tiempo (el siglo de las dos guerras mundiales y el Holocausto), se presenta en cada verso como una historia extremadamente condensada del inglés poético que pone en un constante brete al lector; una poesía de alta cultura (“highbrow”), moral pero no moralista, que tiene en Eliot a uno de sus principales referentes, aunque el tono visionario de sus primeros libros remita más a Blake (como en el díptico “Anunciaciones”) y en la secuencia titulada “El castillo de Pentecostés”, que forma parte de Tenebrae (1978), incluso a los místicos españoles, filtrados a ratos por los metafísicos ingleses: “Oscuridad de resplandor espléndido / soberbio alcázar de mansedumbre / agradándonos nuestro desagrado / majestad de nuestra angustia”.

Uno tiene la impresión de que debajo de cada palabra y cada verso hay capas y capas de significados, estratos apretadísimos de lenguaje que descienden incluso hasta tocar los resortes fónicos del viejo anglosajón (como Hughes o Basil Bunting en Briggflatts). Las imágenes son violentas y sesgadas; la frase es una elipsis continua; hay historia, sociología, política y, por supuesto, religión, pero sin caer, como Eliot, en el proselitismo. Y, encima, la fuente de la enunciación brota de una red de referencias que es preciso conocer para disfrutar, siquiera sea parcialmente, del poema. Así, por ejemplo, en la secuencia titulada “De jure belli ac pacis”, incluida en “Canaán”, donde Hill rinde tributo a los autores del atentado cometido contra Hitler el 20 de julio de 1944; o en “El misterio de la caridad de Charles Péguy”, donde se pregunta por la responsabilidad que el juicio público (en artículos, libros o discursos) puede llegar a tener en un hecho determinado, aquí el asesinato del socialista y pacifista francés Jean Jaurès.

Por todo lo dicho, verter a Hill a cualquier lengua es una prueba de fuego para el traductor; para Jaume, ahora, igual que antes lo fue para Jordi Doce en Veintisiete poemas (Universidad de La Laguna, 2003), debut del poeta británico en España, y para el propio Doce y Julián Jiménez Heffernan en Himnos de Mercia (DVD, 2006). La lengua poética de Hill, que ya suena extraña en inglés, resulta todavía mucho más ajena en castellano, donde carece de equivalentes (aunque se hayan señalado oportunamente los parecidos con cierto Valente y cierto Gamoneda y pueda aducirse otro, algo más tangencial, con el Carlos Barral de Metropolitano). Jaume sale con bien de la prueba y logra trasladar toda la extrañeza del original a un castellano gustoso de leer, fuerte, que conserva la dicción profética de los primeros libros y el elíptico hermetismo de los últimos. Es de agradecer que no le haya tentado calzar los versos ingleses en formas métricas cerradas, cuando así lo pide el poema (muy a menudo en los primeros libros), y que haya optado, en cambio, por una escansión acentual; pero en un traductor de su solvencia y experiencia sorprende encontrar vertidos los sintagmas “Welsh Bridge” y “Iron Bridge” como “Puente Escocés” y “Puente de Acero”, en vez de como “Puente de Gales” y “Puente de Hierro”, que es como los trasladan Doce y Jiménez Heffernan. Jaume debe de tener sus razones para obrar como lo ha hecho, pero, dado que no cabe suponer un error en una edición tan cuidada como la suya, hubiera sido conveniente justificar la decisión en una nota a pie de página.

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