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POR LO VISTO

Rebeca en versión potito

La fallida actualización del clásico de Hitchcock

Lily James en una escena de la nueva versión de “Rebeca”.

Lily James en una escena de la nueva versión de “Rebeca”.

Hace 80 años Alfred Hitchcock se estrenó en Hollywood dirigiendo Rebeca con Laurence Olivier y Joan Fontaine de protagonistas. Su película estaba basada en la novela de Daphne du Maurier e, inevitablemente, el cineasta británico hizo su propia interpretación del texto. Algunas de las circunstancias periféricas al director y a la propia novela determinaron aspectos de la película: el código Hays no permitía que el protagonista cometiera un asesinato, el productor David O. Selznick escogió a los actores principales y le exigía a Hitchcock “fidelidad” al texto literario como si se tratase de una relación posible sin desvirtuar completamente lo que define al cine: imágenes, sonido y movimiento. Ya conocemos el resultado del trabajo de Hitchcock: una magnífica película que nos seduce una y otra vez de principio a fin.

Netflix nos presenta ahora la versión que ha hecho Ben Wheatley de Rebeca con Lily James, Armie Hammer (quizás lo recuerden en su papel principal en Llámame por tu nombre, de Luca Guadagnino) y el toque sofisticado de Kristin Scott Thomas haciendo de la Sra Danvers. La crítica en general le ha dado calabazas a este engendro aunque hay quien alaba la “fidelidad” que su película le guarda a la novela de Du Maurier. Insisto: las películas comparten algunos aspectos narrativos con las novelas pero son artes de muy distinta naturaleza. Sería dificilísimo definir a qué aspecto de una novela le puede ser fiel una película más allá de un hilo argumental. Y, naturalmente, a esa fidelidad concreta se refieren las alabanzas: Maxim de Winter mata a Rebeca como en la novela. Si, además de este gesto de fidelidad, la película se hubiera molestado en darle algo de sustancia a sus personajes en vez de dejarlos deambular por las escenas sin nada que expresar más allá de su vestuario de época, cabría algún interés. Pero no, asistimos a un intento inevitablemente fallido de acercarse a los años 40 del siglo XX sin más bagaje que un peculiar énfasis en los orígenes humildes de la protagonista. La ausencia/presencia del personaje epónimo, que tanta relevancia tiene en cada fotograma de la película de Hitchcock, se traduce en esta en referencias directas a su existencia: cuando la Sra Danvers o el secretario de Maxim hablan de ella y la R bordada o impresa en objetos personales de Rebecca que todavía quedan en Manderley.

Ben Wheatley podría haber escogido indagar o explorar cualquiera de los aspectos que caracterizan a los personajes, podría (como hizo Hitchcock) haber visualizado a su manera las ansiedades de alguien que entra en un mundo ajeno o haber tratado de meterse en la piel de Maxim y la carga moral de haber permitido los desmanes de Rebeca a cambio de conservar intacta la imagen de Manderley. Pero no, prefirió darnos la historia de Daphne du Maurier en forma de potito, sin grumos, sin sabor, sin intensidad, con unos granitos de sexo para vendérnosla mejor, más actualizada. Lo que nos ha quedado es una pérdida de tiempo y de imaginación (del director y nuestra).

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