Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Verdadera pintura

La obra de Alberto Ámez, un estímulo para los sentidos, narra experiencias e historias propias

Vista de la muestra, con “Viacrucis en un barrio” y obras de la serie “Suite de las rosas”.

Vista de la muestra, con “Viacrucis en un barrio” y obras de la serie “Suite de las rosas”.

No es frecuente encontrar una obra tan auténtica. “Bello Mundo” es un estímulo para los sentidos, cuadros cuyo primer atractivo se halla en una personalísima manera de concebir escenarios propiciatorios de historias. El tratamiento cromático y lumínico y la densidad matérica provocan un cierto encantamiento, un deseo de profundizar en las historias que afloran. Hay que dejarse llevar y sentir la implicación emocional del autor en el proceso creativo. La pintura de Alberto Ámez narra experiencias e historias propias pero, sobre todo, profundiza en asuntos concernientes a la vida, cuestiones tan sencillas como fundamentales, difíciles de transmitir con palabras.

El paisaje articula la muestra. Son fragmentos de una naturaleza cercana que enlazan con la tradición pictórica del siglo XIX y con artistas costumbristas asturianos. La pincelada y los efectos atmosféricos recuerdan a los pintores que impregnan su trabajo de sensibilidad, de experiencias concretas. Es significativa la referencia directa al paisaje crepuscular y romántico del pintor Caspar D. Friedrich en “Dríope en Covadonga”, pero también al impresionista Frédéric Bazille en “El pequeño jardinero”. Hay una reivindicación de la pintura de siempre, de caballete, en la que advertimos un trasfondo que remite al realismo y al simbolismo, corrientes que discurrieron, en su momento, por caminos distintos y que solo Camille Corot fue capaz de hacerlas convivir; y a lo que Alberto Ámez añade una especial manera de concebir la obra en algún lugar significativo, vinculando experiencias vitales con situaciones dispares, o con temas que se mueven entre lo cotidiano y lo mítico.

“Después de las cosas”

Los espacios, definidos pictóricamente, son atractivos, están ligados a vivencias y recuerdos transferidos a la obra que conectan rápidamente con el espectador; el ambiente que se desprende es propiciatorio para que lo que acontece en la narración sea mágico. La naturaleza, el paisaje y el lugar son protagonistas que conviven en su pintura; en ocasiones, el ambiente es detallado, indica un interés descriptivo que nos acerca más a la narración haciéndonos partícipes. Así ocurre en “Viacrucis en un barrio” o “Rosas del monasterio”, que poseen un carácter repleto de referentes y símbolos. En otras pinturas, los mundos son inventados, desencadenantes de fantasías oníricas que, desde su indefinición y simplificación formal, recrean mares, montañas o lagos primigenios, germinadores de historias fabulosas que se enriquecen con los títulos y comentarios que el artista ha puesto a nuestra disposición en la galería.

La iconografía se encuentra también entre la fantasía y la realidad. Se trata de un mágico realismo en el que conviven secuencias costumbristas y religiosas con asuntos mitológicos que evidencian una habilidad sincrética poco frecuente, hablan desde un universo interior que, generosamente, el artista comparte para que sintonicemos uniéndonos a su experiencia. Esta convivencia de historias dispares en el tiempo, en las que la realidad se ve alterada y la ficción adquiere credibilidad, es uno de los aspectos más sorprendentes de su trabajo y que, en ciertos cuadros, puede llegar a ser apabullante, especialmente en aquellos en los que lo lúdico o lo sarcástico tiene un mayor protagonismo.

“Dríope en Covadonga”

“Bello Mundo” desencadena procesos emocionales e intelectuales que, con naturalidad, trascienden a quien lo contempla. La técnica y la temática son importantes, pero hay un plano más profundo, de un cierto encantamiento, que el artista ha transferido a cada obra. En el conjunto de la muestra, la serie “Suite de las rosas” tiene un valor simbólico especial que activa los sentidos. Son flores que contienen una simbología que, desde siempre, ha estado ligada a distintos ámbitos de la vida. Se trata de cuadros íntimos, puros y esencialistas que encuentran en “El misterio de la rosa”, una de las obras más singulares y sincréticas de la exposición, un discurso de trasfondo místico referido al milagro de Santa Isabel, cuya humildad y entrega derivan al ámbito de la creación plástica. En esta serie se ve resumido el sentir y el hacer del pintor, homenajeando a la rosa, dice el propio pintor, “como símbolo de pureza moral y optimismo de un instante, conjurando el discurrir de la vida”.

La singularidad y coherencia de estas obras y la apuesta por la pintura tradicional parecen contradecir las derivas del arte actual, fluyen por un camino capaz de fundir con naturalidad, folklore, creencias, mitos, costumbres e iconos contemporáneos y, desde una discreción alejada de estridencias y espectáculos, la pintura de Alberto Ámez posee la fuerza de una reivindicación plástica que llega directamente al corazón.

El cuadro “Después de las cosas” contiene tanta poesía y verdad, que provoca una profunda emoción. El artista comenta: “En muchas casas de campo sus moradores envejecen y se van; atrás quedó el perrito, mientras la maleza va invadiendo el antiguo hogar”.

Las obras de arte que elegimos en cada momento de la vida son el acceso a nuestro propio conocimiento, escarban en esos recovecos silenciados de nuestro interior. En ellas, junto a la materia, la forma y el color, conviven otros misteriosos ingredientes que nos atrapan. Una verdadera pintura tal vez no cambie el mundo, pero ayuda a la personas, tiene nutrientes que nos acompañaran toda la vida y que podrían brotar en cualquier momento.

Bello Mundo

Alberto Ámez 

Galería Arancha Osoro

c/ Independencia 6, Oviedo

Hasta el 5 de febrero

Compartir el artículo

stats