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El viaje de la realidad a la ficción

Antonio Lozano entrega un notable ensayo sobre el género policial en “Lo leo muy negro”

Cultura - Libros

Las librerías están llenas de novelas negras o policiacas, con decenas de escritores de todos los pelajes. Sin embargo, en nuestras latitudes son escasos los ensayos que reflexionan sobre el género. De esa manera, a día de hoy apenas contamos con las publicaciones de las cinco ediciones del International Conference on Crime Fiction organizadas por la Universidad de León y los ensayos de Laura Silvestri, Javier Coma, Raquel Rosemberg, Mempo Giardinelli, Mariano Sánchez Soler y la traducción de “El signo de los tres” de Umberto Eco y Thomas Sebeok.

De ahí que el ensayo de Antonio Lozano “Lo leo muy negro” venga a rellenar una laguna importante en suelo patrio. Si tuviera que resumirlo diría que es un viaje de la realidad a la ficción criminal sin que le hayan quedado huecos libres. Comienza con la infancia del género en la pluma de Edgar Allan Poe y en la creación de los primeros cuerpos policiales, como la verdadera institución de la sociedad burguesa triunfante, como defiende Juan Madrid. A continuación encara al flâneur parisino como un investigador de los recovecos urbanos por parte de Walter Benjamin. Lo siguiente serán los duros comienzos de la psicología criminal en un mundo que no la veía necesaria, por lo que la investigación por perfiles criminales se fue retrasando algo más que el primer laboratorio de criminalística del FBI creado por mandato de Edgar Hoover en 1932. Luego, Lozano pasa revista a los grandes clásicos del género: Dashiel Hammett, George Simenon, Raymond Chandler... y un Truman Capote ante el desafío de “A sangre fría”. O un inigualable Jim Thompson recaudando dinero para el Gobierno legítimo de la II República Española y que, al decir de Stephen King, “entró corriendo en el subconsciente de América con un soplete en una mano y una pistola en la otra, gritando como un poseso” (p. 89). Y un casi desconocido, hoy día, pero indiscutible rey del neopolar, Jean Patrick Manchette.

En el epígrafe “El crimen perfecto no existe” (pp. 123-124), tristemente creo que Antonio Lozano se equivoca, pues el crimen perfecto sí existe y es el que queda impune, aunque todos conozcan al autor. Un ejemplo lo tenemos en todos los golpes de Estado triunfantes a los largo de la Historia, pero esto queda un poco alejado del género policial y más cercano a la crónica negra, y si no, que se lo pregunten a Rodolfo Walsh. Luego, Lozano pasa revista a las sociedades del norte de Europa, que nos han sido vendidas como paraísos terrenales (Islandia, Suecia, Noruega y Finlandia), pero cuyos escritores nos han ido desvelando las razones por las que su tasa de suicidios es la mayor del mundo, desde Maj Sjöwall y Per Wahlöö a Henning Mankel. Unos protagonistas y tramas que, vistos desde el Mediterráneo, provocan que nos solidaricemos con Petros Markaris cuando afirma: “Me parecen horribles los policías nórdicos […], todo el día deprimidos y alimentados a comida basura y bebiendo como cosacos sin que les dé el sol” (p. 390).

Otra importante novedad del trabajo de Lozano es la incorporación de escritores que han realizado incursiones en el género de forma exitosa, como Jorge Luis Borges, o desastrosa, como Thomas Pynchon, ya que este demostró al mundo en “Vicio propio” cómo los elementos de la novela posmoderna, que niega el gran relato, los héroes, la verosimilitud y la rigurosidad aplicados al género negro, provocan que toda novela negra hija de la posmodernidad nazca muerta, igual que sus adaptaciones a la gran pantalla, como fue la de Paul Thomas Anderson. También resultan muy interesante los epígrafes “Retratos” y “Ases del crimen”, pues nos presenta la semblanza de varios escritores consagrados del género: Sue Grafton, John Connolly, Richard Price, Harlan Coben, Don Winslow; Philip Kerr, Petros Markaris, D. B. John, Jo Nesbo, Denis Lehane, Fred Vargas, Ian Rankin, John Banville, John Verdon, James Sallis, Peter May y James Ellroy, “el perro rabioso”.

Antonio Lozano termina su insuperable ensayo con una conclusión que llevamos defendiendo en estas páginas desde hace más de quince años: “El tan cacareado ‘boom’ del género negro en las últimas décadas también muestra zonas turbias […], abunda la fórmula y la mediocridad […], ha llenado las librerías de obras olvidables o directamente infames” (p. 390).

Lo leo muy negro

Antonio Lozano 

Destino, 422 páginas

18,90 euros

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