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El último hombre: la pandemia

Mary Shelley y Montserrat Julió relataron el fin de la humanidad a causa de una plaga

Mary Shelley, retratada por Richard Rothwell.

Mary Shelley, retratada por Richard Rothwell.

En el siglo XIX, el concepto de lastmanism fue popular en la cultura, en la pintura y en la literatura. Normalmente eran obras de hombres; aquí, no obstante, presentaremos a dos autoras que adoptaron el tema con otros fines. Mary Shelley publicó “El último hombre” en 1826 y explicó haber encontrado, en una cueva de Nápoles, hojas con inscripciones en idiomas antiguos y modernos. “¡Son las hojas de la Sibila, la profetisa del futuro!”, exclamó. Las tradujo y transcribió en su novela.

Una catalana, Montserrat Julió, dramaturga y actriz de cine, escribió una novela futurista similar a la de Mary Shelley, aunque Julió no conoció “The Last Man”. En 1939, con tan sólo 10 años, logró embarcar, junto con sus padres republicanos, en el barco “Winnipeg”, que Pablo Neruda organizó para llevar a miles de refugiados a Chile. En 1975, Julió regresó a Cataluña, instalándose luego en Madrid, donde murió en 2017. Su novela, “Memòries d’un futur bàrbar” (1975) se publicó un mes antes de la muerte de Franco.

Ambas distopías fueron escritas por mujeres que relataron el fin de la humanidad a causa de una plaga que se extendió por todo el planeta hasta que un último hombre, ya viejo y débil, se esforzó en escribir sus memorias con la esperanza de que alguien, algún día y en algún lugar, las leyera. El último hombre de Shelley escribió en 2100; el de Julió en 2023, o sea, dentro de dos años.

Montserrat Julió.

Montserrat Julió.

¿Por qué no debemos sorprendernos de que sean hombres narradores, en novelas escritas por mujeres? Se podría suponer que el último hombre simboliza el final de una política patriarcal que creó desigualdad entre las personas en un sinfín de injusticias y guerras. Así, la plaga en la novela de Shelley nace en las profundidades de la tierra, en Constantinopla, y se extiende por todo el mundo, convirtiéndose en la gran “niveladora” de la sociedad, eliminando las estructuras patriarcales. A medida que se propaga, las clases desfavorecidas tienen momentos de felicidad. En Inglaterra, la monarquía abdica voluntariamente, el país se vuelve republicano, desaparecen las guerras, las fronteras, el hambre y las injusticias, pero la plaga es implacable, y sigue su ritmo. “The PLAGUE”, se cita por primera vez en mayúsculas y, en inglés, con el género femenino SHE… “Reina del mundo”.

Mary Shelley, retratada por Richard Rothwell.

Mary Shelley, retratada por Richard Rothwell.

En la distopía de Julió, una extraña mutación biológica provoca la esterilidad universal en todos los mamíferos. El narrador masculino es un ginecólogo en Barcelona, la primera profesión que se vuelve superflua. No nacen bebés y las normas sociales colapsan en el caos. El concepto de madre desaparece y da lugar a un “desmadre”. Escuelas, bancos, parlamentos: todos quedan vacíos. El transporte se detiene y resulta difícil buscar comida. La gente quiere protestar, pero no hay autoridades ni ley. Con la intención de restablecer el orden inventan una computadora que logra dar buenos consejos sociales, como por ejemplo: no se pueden declarar guerras. La ventaja de tener esta computadora se describe así, con un tono irónico: “Le faltaba la pillería de muchos políticos de carne y hueso que, cuando les conviene, saben girarse de cara al sol que más calienta ... ¡Ella, no!”. La prensa acusa a la computadora de “comunista, anarquista, anticatólica […]. Pero ella siguió, sin inmutarse, su programa de progreso”.

Quien narra la caída de la humanidad escribe, al final, sus memorias en el Hotel Ritz, sabiendo que su tiempo también se estaba acabando. En su último adiós, apenas se puede leer la última página, ya que a la máquina de escribir le faltan las letras A, S y T.

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