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El balcón de la claridad

Antonio Muñoz Molina se detiene para retratar la gris pandemia en “Volver a dónde”

Cultura - Libros

Desde el refugio sereno de su condición de escritor consagrado, de acreditada prosa, Antonio Muñoz Molina escribe en “Volver a dónde” sobre los cruentos meses de pandemia. Su aguda capacidad de observación se refleja hasta en el hecho, que otro hubiera soslayado, de apreciar belleza en el sonido de las caceroladas del confinamiento. El balcón de su casa es la atalaya desde la que se asoma para percibir un mundo devastado por el covid-19.

El escritor de Úbeda consigue asociar los acontecimientos a un hecho literario, convirtiendo en arte de escritura la tarea doméstica de mirar. Desde el balcón describe un paisaje demoledor que carga de intención indagatoria: “Quería observar lo cercano como un explorador en un país desconocido”. Se esperan nuevos frutos de las cuidadas plantas y el aire del Retiro quiere hacer desaparecer las dudas y los temores del caminante / observador. Mientras el cielo de Madrid va enrojeciendo de tristeza, Muñoz Molina siente, piensa y toma notas para rubricar que “en el balcón” está su “reino”. El estruendoso número de contagios y fallecimientos se cuela en su intimidad para iniciar una guerra contra el silencio. Pero también subsiste el empeño de querer plasmar la belleza, como una hermosa mujer que pasea, una transeúnte vista por un flâneur.

Su pluma rezuma calidez al rememorar paisajes pretéritos de su vida en el campo o al abordar una lectura literaria, como en el caso de los “Episodios nacionales” de Galdós, que le compensan por la rabieta que le contagia la situación política: tras las palabras del escritor canario de parapeta para mirar y anotar.

La música permite aligerar la tensión de la inmundicia y su mujer, Elvira Lindo, se persona en el libro como confidente, todo un personaje literario con el que compartir la primera cerveza al aire libre después de meses de encierro. La vida pasa a ser un marasmo de cifras tortuosas y soledades, mientras los sanitarios se juegan la vida y los repartidores de comida a domicilio trabajan por un salario paupérrimo. La ciudad se recarga de hostilidad, pero un mínimo gesto humano sirve para recomponer el alma. Desde el balcón, una copa de vino es el reloj de arena con que medir el tiempo.

En las 228 breves secciones que componen “Volver a dónde”, el valor de los recuerdos es más que simbólico y el terreno de la infancia termina erigiéndose en patria intocable. Los padres son instantes mecidos en la memoria. Fulge con ternura la figura de los nietos, vinculados a la conquista de la esperanza. Así, una foto familiar antigua sirve para comprobar la fragilidad humana, para congelar el tiempo y “su aterradora lejanía”.

Igual que la mirada de una niña, en “Volver a dónde” la narrativa de Antonio Muñoz Molina termina por ser lenitiva, con su capacidad de transmitir consuelo de generación en generación y toda la voluntad de la vida de imponerse a lo que nos azoga.

Cubierta del libro

Volver a dónde

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, 343 páginas, 20,90 euros

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