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"Horda", de Ricardo Menéndez Salmón, una plegaria por las palabras

El narrador gijonés vuelve a demostrar en su último libro su compromiso con la novela como interpelación a la sociedad

Ilustración de Pablo García.

Existen los contadores de historias, esos hombres o mujeres que desenrollan un ovillo para que sigamos la línea (ondulada, caprichosa, recta) de una narración hasta su resolución final. En el poso de cada escritor hay un contador de historias, alguien cuyo impulso inicial es tirar sin más del hilo. Esta predisposición afecta a todo autor, sea cual sea su estirpe; lo que ocurre es que el paso del tiempo complica (afortunadamente) las cosas para acabar encontrándonos con relatos que, como un berbiquí, perforan verticalmente hacia un lugar donde se acumulan miedos, obsesiones, modulaciones de pensamientos e ideas que, por sí mismas, no conforman una narración hasta que el largo brazo de quien escribe las alcanza. La obra de Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) siempre la he visto vinculada a este modo de proceder: más que desenrollar un ovillo, lo enrolla alrededor de una esquirla de su pensamiento; basta con recordar su ciclo en torno al mal, así, en genérico y que se inicia con la celebrada “La ofensa”.

Su nuevo libro, una novela breve titulada “Horda”, no se desvía de un tono que para sus lectores ya es familiar y que se condensa, diría yo, en una relación valiente y adulta con el lenguaje; y subrayo lo de adulta porque no es raro toparse con novelas (incluso muy celebradas) cuya relación con el lenguaje es inmadura, empobrecedora. Tal vez sea una ocurrencia reiterada de este reseñista, pero creo que la literatura consiste, por delante de todo, en una relación –lo más fructífera y audaz posible– con el idioma. En este sentido Ricardo Menéndez Salmón nunca decepciona, pero un novelista, recordémoslo, siempre tiene un ovillo entre sus manos y la madeja de hilo con la que “Horda” envuelve nuestra existencia como lectores tiene el color y el tacto de una plegaria.

En “Horda” se canta a una pérdida irreparable: la de la palabra; debido en gran parte a la corrupción, ligereza y falta de sustancia a la que es sometida. Salmón muestra aquí la superficie dura con la que ha chocado la punta de su berbiquí: el peligro que supone degradar el uso del lenguaje, que las palabras pierdan su peso original: “Las palabras vivían entre nosotros y se las llevaron. Así lo decidieron. Enmudecerlas. Someterlas. Encarcelarlas. No sabemos cuándo sucedió. Solo sabemos que sucedió”.

Con una narración minuciosa y a menudo descriptiva, en “Horda” se recrea una atmósfera plomiza, un mundo en el que la violencia y un estricto control han sustituido a la forma tradicional de comunicarse entre humanos. Las conversaciones, las cartas, los libros han pasado a formar parte de lo prohibido.

Con el método y contexto de una aparente distopía, el autor de “Derrumbe” nos conduce tras las peripecias de un hombre aún no sometido del todo o que guarda débilmente en la memoria el recuerdo de otra vida.

Los niños ejercen una autoridad cruel, decepcionados con la banalidad e irresponsabilidad de los adultos. En cierto modo, la venganza es su forma de gobierno. Y los primates están más cerca que nunca de lo que es un ser humano.

Dividida en tres partes: “Antes”, “Durante” y “Después”, “Horda” comienza ubicándonos en un espacio y un tiempo que podrían ser distantes y próximos al mismo tiempo. Salmón cartografía el relato para, en las partes posteriores, desarrollar una pequeña trama concentrada en una huida que tiene mucho de huida hacia adelante. La visión de una mujer que está leyendo es alteración suficiente para que se dé el quiebro necesario para una narración.

Es en la segunda parte, la más breve pero de capital importancia, donde se concreta la naturaleza de plegaria que tiene “Horda”: una elegía por todas las palabras perdidas. Las imágenes, tan frenéticas, plásticas, rotundas, desplazan a las palabras. “No digáis; mostrad. No habléis; mirad. Un pueblo sin narradores. Un pueblo sin oyentes. Un pueblo sin débiles. Porque las historias son el patrimonio de los débiles. Narrar historias sin haberlas protagonizado es su privilegio”. Y, llegados a este punto del libro, descubrimos que Ricardo Menéndez Salmón lo ha vuelto a hacer: cumplir con el único y verdadero compromiso del escritor: el de plantearnos preguntas, sembrar entre nosotros la inquietud.

Vendrán otros libros y nos entretendrán; vendrán otros libros a satisfacer nuestra pereza, pero la llama que nos guía y a la vez nos ciega prende de la escritura a la que Salmón se ha entregado desde el comienzo. Podrá errar o dudar, es posible, pero la literatura es un ejercicio de indefensión. Podíamos sospechar que tras la publicación de “No entres dócilmente en esa noche quieta” se abría un nuevo camino. Todo son especulaciones en la cabeza de un lector. La realidad es más sencilla y compleja a la vez: cada descenso, un libro. Y, por debajo de cada libro, un ruido de fondo común, un estilo, un lenguaje propio. “Horda” tiene todo eso. De Salmón espero que no desconfíe de las palabras, como sucede en su novela. Que se comprometa a superar las tristes definiciones y las vanas alegrías.

Horda

Ricardo Menéndez Salmón 

Seix Barral, 128 páginas, 17 euros

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