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Teatro del dolor

Miguel Rojo relata el naufragio de dos vidas a la deriva

Cultura - Libros

Dos personajes abocados al cataclismo, un joven encerrado en un reformatorio y un periodista recién jubilado y perdido en la ciudad, marcan un territorio esquivo y sinuoso en “Pequeños barcos a la deriva”, una obra con la que Miguel Rojo cierra su trilogía sobre el mal. El escritor Jaime Priede reflexiona así en el prólogo: “Acostumbrado a viajar en solitario sobre una moto de gran cilindrada, sin referentes identitarios, sin el atavismo coral del motero, elige el tramo despoblado de la novela corta para desplegar el mapa de dos itinerarios humanos en una zona cero de sus vidas”. Dos historias punzantes para apuntalar la soledad sin ponerle vendas a la herida.

En “El chico del reformatorio”, Miguel Rojo recrea los pensamientos de un adolescente, tan deshabitados como ensimismados, en medio de una situación de conflicto social. Estamos ubicados en su mundo, dejándonos llevar por el lenguaje del personaje. Una voz tan cortante como sentenciosa que choca frontalmente con el mundo desde un internado: “Hasta entonces había navegado sobre aquello como un astronauta que flota, indemne y ajeno, a cientos de kilómetros de la sucia realidad de un planeta”. Se emula una atmósfera de desamparo, aliviado por alguna pequeña alegría como un breve enamoramiento de la profesora de literatura o la límpida sinceridad de la amistad que se abrirá como una carta abierta. En medio del ambiente embrutecido del reformatorio se cuela una frase que será palpable y definitoria: “Somos pequeños barcos a la deriva y nuestro destino es hundirnos”. Al tratar conflictos sociales como el maltrato familiar, Miguel Rojo obvia todo decoro y nos deja solos ante las resquebrajaduras de su personaje.

En “Una larga jornada” se muestra la frustración de un locutor radiofónico obligado a retirarse prematuramente. A Gustavo le empiezan a atenazar las dudas existenciales y colisiona con las paredes del hogar al apreciar el inicio de la cuesta abajo de la vida. Entonces iniciará un periplo por las calles observándolo todo con ojos borrosos. Los recuerdos le asaltan a cada paso: al volver a las inmediaciones del estadio de fútbol desde donde retransmitía, al encontrarse con una vieja amante. Sobre su camino parece planear una sombra perversa con un pasado cargado de reproches: “Al mal había que cortarle la cabeza antes de que creciera, la serpiente decapitada”. La hilaridad y las situaciones más disparatadas se apoderan del relato. En su tránsito Gustavo se topa con personajes perdidos o siniestros que vienen de diferentes coyunturas para naufragar en el mismo mar. La desesperación toma asiento y se hace rotunda: “Ya somos el olvido que seremos”. El peligro de asomarse al interior cada nuevo amanecer. Bajas pasiones dichas en voz baja, un tono monocorde para dar cuenta de errores que nos instalará en la compasión.

“Pequeños barcos a la deriva” enseña el mal a cara descubierta, pero lo rebate. Un teatro de tragedia humana en el que se nada entre el dolor.

Pequeños barcos a la deriva

Miguel Rojo 

Difácil, 200 páginas, 17 euros

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