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Guglielmo Ferrero: las claves del poder político

Las tesis de este demócrata italiano, en tiempos de Mussolini, fueron un referente para el conjunto de la intelectualidad occidental

Guglielmo Ferrero (1871-1942) murió en el cénit de la segunda guerra mundial, a los 71 años, mientras se esforzaba por comprender bien qué sucedía, después de haber vivido intensamente la primera guerra mundial y tras el auge de Hitler (1889-1945), Mussolini (1883-1945) y Franco (1892-1975). Destacó como historiador por sus estudios sobre Roma ("Grandezza e decadenza di Roma") y sobre la revolución francesa y el siglo XIX. De igual modo, fue periodista de impronta internacional y llega a nuestro tiempo –una vez que el ensayo y error de las ideas ha pasado su prueba– como un genuino filósofo del poder. Apéndices del poder son las ideas de legitimidad y de democracia, no solo teorizadas sino en su caso contrastadas al trasluz de la crudeza de los hechos, en una perspectiva que va desde César a Napoleón y a Mussolini. Y, si siguiéramos la geometría de sus ideas, nos llevaría hoy a Putin, paradigma de nuestro presente.

La profundidad investigadora de Ferrero en este campo es comparable a la de Max Weber, coetáneo suyo. Por tanto, creo yo, para llevar a cabo un estudio serio sobre el "poder", hay que sumar a las reflexiones que nos transportan desde Platón a Foucault y Gustavo Bueno –pasando por Maquiavelo, Francisco de Vitoria, Hobbes, Rousseau, Jovellanos, Benjamin Constant, Marx y Weber, entre otros–, las aportaciones de este investigador italiano, del que puede afirmarse que vivió para comprender profundamente unas pocas ideas esenciales y, con ello, contribuir con conceptos originales a la filosofía de la historia. A través de sus análisis, las principales derivas ideológicas de los dos últimos siglos –las totalitarias, las socialistas y las liberales– quedan perfiladas en tonos tan crudos como críticos.

"Poder. Los genios invisibles de la ciudad", publicado el año de su muerte, es el libro que recoge las conclusiones de una vida dedicada a penetrar en los resortes que mueven a la política. Unas pocas ideas maestras, alcanzadas tras un largo periodo de oscuridades y dudas –pues no es fácil entender en qué consiste la política–, según confiesa, ordenan el conjunto de su teoría. De este modo, las formas de gobierno resultarían del establecimiento de alguno de los cuatro principios de legitimidad (o de sus mezclas posibles): el hereditario (1), el electivo (2), el aristo-monárquico (3) y el democrático (4). La fórmula que reúne un poder electivo y democrático es más difícil de obtener que cualquier otra opción, pues se requiere una sociedad muy cultivada políticamente. A cada época histórica y cada Estado concreto le convienen más unas fórmulas que otras. De manera que hay ya algo que viene dado de antemano en un modo de gobierno determinado, no se elige. Lo que sí está en juego en todo momento es el arte de gobernar. Todo poder tiene siempre un objetivo máximo: conseguir ser obedecido por largo tiempo y, para esta "sumisión voluntaria", que es en lo que consiste verdaderamente la "legitimidad", es preciso que el pueblo ni odie ni esté predispuesto a rebelarse (condiciones que se dan más en lo que comúnmente se llama gobierno "injusto"). Un mal gobierno es mucho más común que uno bueno. ¿Por qué? Porque el gobernante dispone de un amplio margen de maniobra para ocultar sus errores, que siempre siguen el mismo curso, regidos por el principio del "miedo" a perder el poder. Cuanto más miedo hay en los gobernantes (no solo en los súbditos), tanto más el despotismo, la tiranía, los excesos sin límite y las aberraciones impensables crecerán en cuanto lo necesite el monarca, el emperador o el presidente.

El pueblo en su conjunto es lento en sus reacciones, por la dificultad que hay en la síntesis de voluntades (esa "Voluntad general" rousseauniana), y por ello la resultante global es conservadora, como bien demuestra en su estudio histórico de la implantación del "sufragio universal". Después de la revolución de 1848 en Francia, el sufragio universal (masculino) no apoya en un primer momento la causa de la revolución de 1789, que había quedado pendiente de resolver bien. El ritmo de la lógica política y el ritmo de la lógica social son muy diferentes, y no tener en cuenta esto lleva a errores importantes y a procesos involutivos. Ferrero aplica estos principios descubiertos a sus detallados conocimientos históricos sobre Napoleón y sobre la Francia del siglo XIX, así como sobre la Italia fascista en la que vive perseguido, o al resto de países de tipo occidental. Tiene un lugar muy relevante el papel que juega la "Grande Peur" (el "Miedo General") en la revolución francesa. Pero no solo ahí, porque es un fenómeno que se repite constantemente, aunque con muy diversas intensidades.

El libro es desde luego interesante por los elementos arquitectónicos más visibles –la clara definición de los principios de legitimidad–, pero también por el abundante análisis histórico que nos sitúa ante la exactitud de los detalles. La extensa introducción de Eloy García, así como su traducción y la acertada profusión de notas aclaratorias, contribuye a esta magnífica edición del pensamiento político de este intelectual italiano tan poco conocido, y ¡ay!, tan vigente.

Poder, los genios invisibles de la ciudad

Guglielmo Ferrero 

Tecnos, 322 páginas

25,50 euros

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