05 de mayo de 2008
05.05.2008

El sueño de Moscú era una pesadilla

Una contractura en el hombro impidió a José Antonio Cecchini luchar por el podio en los Juegos de 1980

05.05.2008 | 02:00
Cecchini, en la actualidad, ante el polideportivo dedicado a él y sus hermanos.

Oviedo, Mario D. BRAÑA


José Antonio Cecchini luchó tanto por su sueño olímpico que cuando despertó se había transformado en una pesadilla. Un desastre provocado a partes iguales por la dejadez de los dirigentes y la mala suerte. El caso es que después de Moscú-80 el deporte de competición acabó para él. Prefirió volver a las raíces, a la formación, al deporte formativo. Y ahí sigue, ahora con su recién estrenado cargo de vicerrector de la Universidad de Oviedo.


Cuando llegó a la entonces URSS, Cecchini era uno de los favoritos porque se había metido en las semifinales del Campeonato del Mundo de judo de 1979. Con el pasaporte olímpico asegurado, el ovetense cogió el petate y se fue a la cuna de las artes marciales, a Japón, durante seis meses para mejorar junto a los grandes maestros. Ante la desidia federativa, él asumió todos los gastos de una aventura cuyo final soñado tendría que ser el podio en Moscú.


«Me fui con un amigo de Madrid, Josele Campo, a la Universidad de Nichidai. Por la mañana íbamos a entrenarnos con la Policía y por la tarde, a la Universidad», recuerda Cecchini. «Era durísimo. Sonaba un gong y a pegarse hasta que se acababa el tiempo».


De Japón, a Moscú. En el 80, el judo español no sabía lo que eran las concentraciones, ni la planificación, ni siquiera en vísperas de unos Juegos. «Al seleccionador, Josean Arruza, nos lo encontramos en el avión para marchar a Moscú», explica como ejemplo de cómo funcionaban las cosas.


Pero a Cecchini no le importó este abandono, ni aterrizar en la capital rusa cuando ya se había celebrado la ceremonia inaugural y la competición de judo estaba en marcha. Él fue a lo suyo, con la inyección de moral que supuso la victoria en el primer combate frente a uno de los favoritos, el francés Michel Sanguis, subcampeón mundial. Teóricamente, el triunfo le despejaba el camino, pero todo se torció cuando al salir del tatami notó un fuerte dolor en el hombro.


José Antonio Cecchini podría haber solucionado, o al menos aliviado, aquella contractura con apoyo médico. Pero no lo había y el presidente la Federación Española, según supo Cecchini, estaba muy ocupado de compras por Moscú. Hora y media después, desesperado, José Antonio pidió ayuda al seleccionador ruso: «Me mandó un fisio, pero cuando iba a empezar a tratarme me llamaron para el siguiente combate. No sabía si salir o no».


Pero salió y, lógicamente, su rival, el yugoslavo Slavko Ovadov, se aprovechó: «Competí con mucho dolor. Me marcaron un koka, que es una desventaja mínima. Pero no pude remontar porque mi judo se basaba en el agarre y no era capaz de hacer fuerza». Allí, en el tatami del palacio de deportes del Estadio Central de Moscú, Cecchini dijo basta: «Decidí que se había acabado porque aquello era una lucha imposible. Un esfuerzo enorme, del que no se enteraba nadie».


José Antonio Cecchini siguió entrenándose, pero se olvidó del judo, harto como estaba de sus dirigentes. Volvió a la lucha sambo, en la que había llegado a lo más alto tras superar a los que se lo habían enseñado todo, los rusos. En 1982, después del I Campeonato del Mundo Master que se celebró en Oviedo, el adiós fue definitivo: «No me apetecía entrenar. Cuando pierdes la motivación, lo pierdes todo».


El deporte español perdió un gran competidor, mientras que la Universidad ganó un docente y un entusiasta de deporte formativo. «El deporte de competición necesita un replanteamiento importante porque tiene cosas que hay que atajar», explica Cecchini, que durante mucho tiempo ni siquiera lo siguió como espectador. Pero también le quedaron buenos recuerdos, como aquella semana tras su eliminación.


«Conocía Moscú bastante bien porque había pasado mucho tiempo allí por la lucha sambo», explica. «Me había quitado toda la presión de encima y pude disfrutar del mayor espectáculo del deporte. Vi atletismo, baloncesto, gimnasia». Y con anécdota incluida: «Fuimos a uno de los mejores restaurantes y una comida para tres nos costó 100 pesetas. Decidimos invitar a todos los del bar, por unas 2.000 pesetas. Fue la única vez que me sentí verdaderamente millonario».

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