15 de diciembre de 2008
15.12.2008
Perfil

Como una cuestión personal

La generación de Juan Carlos Robles puso en órbita al voleibol español
Su ilusión sería poder aplaudir a su hijo en unos Juegos Olímpicos

15.12.2008 | 01:00

Si Joaquín Álvarez, el alma del voleibol gijonés, no hubiera reparado en él, probablemente Juan Carlos Robles sería ahora un ex jugador de baloncesto. Sus 204 centímetros fueron un buen punto de partida para convertirse en uno de los mejores jugadores españoles de la década de los noventa. Él y sus compañeros se tomaron el impulso del voleibol como una cuestión personal y recibieron la mejor recompensa posible: un diploma en Barcelona 92 y la primera clasificación olímpica por derecho propio, en Sydney. A la derecha, Robles celebra un triunfo de la selección.

Gijón, Mario D. BRAÑA


Por encima de planes ADO, becas y medios estuvo el compromiso de toda una generación. Juan Carlos Robles, junto con compañeros como Rafa Pascual, Venancio Costa o Sánchez Jover sellaron un compromiso «para hacer algo importante en el voleibol». Y eso, desde la perspectiva de 1988, implicaba algo más que ir de comparsas a Barcelona 92. «Se trataba de entregar cuatro años de nuestra vida para dar el do de pecho», recalca Robles. Un objetivo del que no se desviaron ni siquiera en 1991, cuando les redujeron las ayudas.


Llegaron a Barcelona tan centrados en «equipararnos con otros deportes» que renunciaron a uno de los sueños de cualquier olímpico, el desfile inaugural: «No fuimos porque jugábamos al día siguiente y queríamos estar lo mejor posible. Lo seguimos desde las habitaciones de la villa y nos dolió mucho. Casi se nos caían las lágrimas». Luego llegó la recompensa. Pese a jugar con potencias mundiales, inalcanzables hasta entonces, España se clasificó para cuartos de final. Se aseguró el diploma y, más importante aún, se ganó a la gente.


«Fue uno de los deportes que más enganchó», recalca el gijonés. «El pabellón se llenó siempre y el público vibraba por las ganas que poníamos. Y la mayoría de los partidos se decidieron en el último punto del último set». Como remate, el torneo olímpico deparó el nacimiento de una estrella: «Rafa Pascual fue la figura que se planificó para que fuera el icono de la selección. Representaba un poco la juventud y la fuerza del equipo».


A España le fue tan bien en el torneo olímpico que apenas pudo disfrutar de otros aspectos de los Juegos: «Estuvimos centrados hasta el final y no pudimos ver nada. Me hubiera gustado, pero se compensó con lo deportivo». Sí le dio tiempo a disfrutar de la villa olímpica, la mejor de las que ha conocido, y de una ciudad «volcada con los Juegos».


Con el bagaje de 1992 y el salto de calidad que supuso el fichaje de Juan Carlos y algún compañero más por equipos italianos, España estaba en las mejores condiciones para lograr su primera clasificación olímpica, para Atlanta. Por eso el preolímpico de Grecia fue una de las mayores decepciones de su carrera: «Lo teníamos casi hecho, pero en el partido frente a Polonia, en teoría un rival fácil, tuvimos el peor día del ciclo olímpico. Cuando nos dimos cuenta estábamos fuera. No nos lo creíamos. En Atlanta podíamos haber hecho algo grande».


Robles y compañía superaron aquella decepción y cuatro años más tarde saldaron una cuenta pendiente. El preolímpico volvió a ser en Grecia, pero no tuvo nada que ver con el anterior: «Fuimos muy superiores a todos, el torneo más cómodo que recuerdo». Se notaba, entre otras cosas, la mano del seleccionador, Raúl Lozano, al que Robles atribuye, junto al italiano Vicenzo di Pinto, el «boom» definitivo del voleibol español: «Era unos estudiosos y cambiaron todo el sistema técnico-táctico de la selección».


En el Mundial del 98, en Tokio, España se asentó entre las ocho mejores selecciones del ranking y Rafa Pascual fue reconocido como el número uno. Por eso, antes de viajar a Sydney, Robles decía que repetir el octavo puesto de Barcelona «sería una derrota». Con esa sensación regresó de Australia porque la selección acabó décima: «Aquello fue el fin de una época y, para mí, el cierre de mi carrera internacional de 16 años».


Al contrario que en Barcelona, lo mejor del año 2000 estuvo al margen de las canchas: «Todos teníamos ganas de desfilar y mereció la pena. La inauguración de unos Juegos es una de las cosas más importantes que te pueden pasar. Entrar en el estadio olímpico, con 80.000 personas, es algo inolvidable. Y eso que en el 92 jugamos en un pabellón lleno hasta los topes, con más de 22.000 personas».


Robles aún jugó dos años más en Italia, la mejor liga del mundo, y regresó a Gijón para cerrar su carrera como la empezó. Lo hizo con la satisfacción de haber alcanzado metas inimaginables cuando le reclutó su descubridor, Joaquín Álvarez. Y, sobre todo, orgulloso de su doble participación olímpica: «Es lo máximo, el sueño de cualquier deportista. En el voley sólo van las doce mejores selecciones, lo que quiere decir que estuve entre los 240 individuos que tuvieron el privilegio de vivir un momento único». Tanto le llama el espíritu olímpico que su ilusión es que «mi hijo pueda vivir unos Juegos y yo en la grada, aplaudiéndolo».

Juan Carlos Robles Ania


Nació el 29 de diciembre de 1967 en Gijón. Empezó a jugar en el Emi, en 1984. Después pasó por el Real Madrid (1986-87), Tenerife (1987-91), Gran Canaria (1992-93), Castello de Italia (1993-94), Gran Canaria (1994-96), Taranto de Italia (1996-2000), Asti de Italia (2000-01) y Emi (2001-2003). Logró tres títulos de Liga y dos de Copa del Rey con el Gran Canaria.


Con la selección española jugó desde 1984 hasta 2000. Logró diploma (octavo puesto) en Barcelona-92 y un décimo puesto en Sydney 2000.


En 2003, tras realizar unos cursos de Gestión Empresarial Deportiva del ADO entró como comercial en la cadena hotelera AC. Actualmente es director del hotel AC Gijón.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Fórmula 1

Fórmula 1

Fórmula 1 2018

Vive la emoción del Mundial de Fórmula 1 y sigue a Fernando Alonso en McLaren

 

Buscador de deportes