Entrevista | Joan Monràs Premio Fundación Banco Sabadell a la Investigación Económica

"La inmigración reduce los salarios a corto plazo, pero no a largo: el efecto se disipa"

"Los inmigrantes hacen una contribución positiva a las cuentas públicas porque llegan siendo jóvenes y muchos regresan"

Joan Monràs

Joan Monràs / EP

El jurado del XXII Premio Fundación Banco Sabadell a la Investigación Económica otorgó ayer el prestigioso galardón a Joan Monràs –asesor de investigación en el banco de la Reserva Federal de San Francisco (EE UU) y profesor de Economía en la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona– por sus «innovadoras investigaciones en el campo de la inmigración» desde las perspectivas de la economía laboral, economía urbana y comercio internacional. Recogerá el galardón en Oviedo el 4 de octubre.

El profesor Joan Monràs (Gerona, 1983), galardonado ayer con el XXII premio Fundación Sabadell a la Investigación Económica, es licenciado en Matemáticas por la Universidad de Barcelona, máster en Relaciones Internacionales en la London School Economics y en Economía por la Universidad Pompeu Fabra y doctor en Economía por la Universidad de Columbia.

–¿En qué medida la globalización ha contribuido al proceso migratorio?

–En los últimos cien años ha habido un proceso de movimiento interno de población laboral primero hacia la industria y luego a los servicios, y desde las zonas rurales a las ciudades, y esto también se ha producido entre países. Y no solo por la globalización, sino por la forma en que se han ido conformado tanto las formas de producir como de vivir. Esto ha supuesto que se haya ido concentrando más actividad económica en las grandes urbes que en las zonas rurales.

–La despoblación de las zonas rurales y la gestión de las macrourbes ¿entrañan nuevos desafíos?

–Sí. Las zonas de origen pierden población y las sociedades de acogida se enfrentan a la pregunta de si están preparados sus mercados laboral y de vivienda.

–¿La inmigración abarata el factor trabajo como se dice?

–Depende del contexto y no es lo mismo el efecto a corto que a largo plazo. Hay que tener una visión completa del proceso de adaptación del mercado laboral. Si no se cambia nada y solo se añaden trabajadores al mercado laboral, va a haber una bajada de salarios. Pero esto es a corto plazo. Luego los mercados se adaptan con las formas de producción y el efecto tiende a disiparse. De modo que a largo plazo hay pocas diferencias salariales entre las ciudades que han recibido inmigración poco cualificada y las que no porque la utilización tecnológica es diferente, porque si bajan los niveles salariales habrá población que se vaya a otras zonas, se perderá atracción de mano de obra, etcétera.

–¿Es necesaria la inmigración ante el envejecimiento demográfico?

–Sin duda. La inmigración se concentra sobre todo entre los 20 y 40 años y una fracción importante se vuelve a su país de origen para formar una familia o porque han hecho ahorro. Esto supone una renovación permanente del colectivo joven total del país de destino. Alrededor del 30% de la gran oleada migratoria de Europa a EE UU a fines del XIX y principios del XX retornó.

–¿Cómo repercute en las pensiones y cuentas públicas?

–Los inmigrantes hacen una contribución positiva al gasto público, porque, al ser jóvenes cuando llegan, consumen poco gasto público en educación y en sanidad, cotizan al sistema público de pensiones y muchos regresan antes de que empiecen a ser consumidores netos de recursos. Se suele enfatizar lo negativo: que, por sus menores salarios, tributan y cotizan menos. Ésta es una fuerza de sentido contrario. Pero la resultante entre uno y otro factores es favorable para el país de llegada. También genera un gran fenómeno de remesas. Muchos emigran sin su familia y se crean fuerzas muy importante para reducir el consumo en destino, ahorrar y enviar dinero a su país.

–¿Cómo repercute el fenómeno en el mercado de la vivienda?

–Aquí actúan también fuerzas antagónicas entre sí. Por una parte, los inmigrantes de bajo nivel educativo suelen ir al mercado de alquiler y esto eleva los precios. Pero, si suben los precios del alquiler, habrá más oferta y a largo plazo el efecto de encarecimiento se disipa. A su vez, los inmigrantes de bajo nivel educativo suelen entrar a trabajar en el sector de la construcción y esto abarata los costes y tiende a hacer más accesible la vivienda a largo plazo al resto de la población.

–¿El fenómeno migratorio se perpetuará por más que se levanten muros?

–Hacer predicciones es difícil. Durante la segunda mitad del siglo XX los países en desarrollo tenían tasas de natalidad altísimas, pero ahora se está desacelerando. Quizá en el futuro seguirá habiendo incentivos para emigrar pero no tantos como en los últimos 50 años. No obstante, mientras persistan las diferencias económicas entre países, habrá incentivos para emigrar. No sé cuál de las dos tendencias va a prevalecer sobre la otra.

–¿Cómo abordar la gestión de las sociedades complejas y diversas por la elevada inmigración?

–He estudiado el caso de Nueva York. Los inmigrantes se segregan en barrios diferentes según su origen y raza. Pero constatamos que la interacción entre esos colectivos, más allá de las zonas residenciales diferentes de cada uno de ellos, es mayor: por ejemplo en el consumo y uso de restaurantes en la ciudad.