06 de mayo de 2012
06.05.2012
Crítica / Danza

Un puente cultural a través de la danza

El teatro Jovellanos acogió un brillante espectáculo en lo artístico y también en lo social

06.03.2012 | 01:00
Un puente cultural a través de la danza

El espectáculo «Nya», palabra árabe que significa «confiar en la vida», viene a cristalizar un proyecto trienal de cooperación entre la unidad contemporánea del Ballet Nacional Argelino, la Agencia Argelina para la Proyección Cultural y la Compañía «La Baraka» (creada en Lyon por Abou Lagraa y residente en el teatro Les Gémeaux de la localidad francesa de Sceaux) que entrelaza las visiones artísticas de Francia y Argelia. Pero además de esta apertura cultural, «Nya» también supone un encuentro entre la danza profesional más académica y las prácticas urbanas. Tras más de dos años de duro trabajo, el coreógrafo y director artístico Aboul Lagraa, con la asistencia de la bailarina e instructora Nawal Aït Benalla-Lagraa, dio forma a este díptico, consistente en dos piezas en las que convergen tradición y modernidad. Presentado el pasado domingo en el teatro Jovellanos con un notable éxito de público, la obra ya ha cautivado otros escenarios españoles como Bilbao, Granada, Sevilla, Barcelona o Santiago de Compostela.


Este enlace coreográfico dividido en dos partes se potenció a través de la música escogida como base para cada danza. Por un lado, el «Bolero» de Ravel es una de las composiciones más representativas no sólo de Francia, sino también de los inicios del siglo XX en cuanto a producción académica europea, donde además se dan cita influencias hispanas y orientales en ritmo y melodía. Esta obra sonó en la primera pieza alternándose con sonidos de la calle (de hecho, aquellos momentos en los que aparecía y desaparecía la música de Ravel podrían asemejarse con una procesión popular que iba y venía); por otro, la voz de la cantante Houria Aïchi, especializada en repertorio sagrado de la región montañosa del Aurés argelino, y la percusión del egipcio Hossam Ramzy, conocido en Occidente a través de sus colaboraciones con artistas como Peter Gabriel, Robert Plant o Jimmy Page, evocaron las raíces tradicionales del Magreb en la segunda pieza, contando con los arreglos experimentales del músico francés Eric Aldéa.


En ambos casos, la danza combina movimientos procedentes de estéticas muy diversas. Hay una fuerte herencia de performance con elementos más teatrales -siempre jugando con un lenguaje abstracto muy gráfico- al igual que elementos más cercanos al lenguaje americano de creadores como Jerome Robbins, con una notable influencia del jazz y el musical, sobre todo en los números de conjunto. También hay presencia de un componente más clásico debidamente actualizado y reinterpretado. Pero es el discurso de las danzas urbanas el que ejerce un peso mayor en la concepción artística (vestimenta, pasos de baile, tratamiento del cuerpo y actitud escénica). Rasgos asumidos del hip-hop (breakdance) o del rai (fusionándose lo tradicional con un enfoque más globalizado) deslumbran por su vistosidad y el ingente esfuerzo físico que realizan sus nueve ejecutantes.


El mero hecho de que danzas y músicas tan diferentes convivan en escena con tanta fluidez denota una búsqueda de universalización en el lenguaje artístico de la propuesta, conseguido sobradamente mediante dos escenificaciones tan diversas. El crescendo continuo de la obra de Ravel, generado a través de la repetición y la superposición de capas, fue brillantemente complementada con una coreografía en la que primó la individualidad de cada bailarín (factor fundamental en el Bolero, representado por el timbre) y donde una iluminación con forma de ventana nos invitaba a la observación de la diversidad. En la segunda parte del espectáculo, un sobrio escenario constituido por dos tapices que representaban el cielo y la tierra (con el azul turquesa como referencia simbólica a la protección divina) nos mostró la complejidad de las relaciones humanas, predominando números colectivos en los que hubo enfrentamientos y hermanamientos, rituales de purificación (con surtidores de agua en escena) y de liberación (el propio Abou Lagraa explicó al público el impacto que supuso en Argelia el punto álgido en el que algunos bailarines se quitan la camiseta como gesto simbólico).


Un brillante espectáculo en lo artístico y en lo sociocultural, que contribuirá, sin duda, al establecimiento de un sólido marco pedagógico y profesional en la danza de Argelia.

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