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La figura de la semana || Silverio Rodríguez Zapico | Párroco de la Resurrección desde hace 50 años

Un terremoto de fe en Laviada

El religioso, experto en liturgias y excelente orador, acabó con las misas “tristes” y puso a cantar a todo un barrio

Un terremoto de fe en Laviada

Un terremoto de fe en Laviada

Le adjudicaron la tarea de crear desde cero una parroquia en Laviada con unos bajos comerciales sin luz natural como único primer impulso para lograrlo. Medio siglo después, los feligreses del barrio ya hablan de su cura como de un amigo de la infancia, y muchos le consideran responsable de haber recuperado su fe. Silverio Rodríguez Zapico (Langreo, 1940) es el sacerdote de la parroquia de la Resurrección desde su fundación hace ahora 50 años. Y es, según quienes le conocen, un hombre profundamente inteligente, experto en liturgias y simbología cristiana, así como un fan acérrimo del actual papa Francisco, con quien comparte la opinión de abogar por “desburocratizar” la religión para acercarla a la ciudadanía. Entiende que los discursos de lágrimas y sacrificios no son precisamente motivadores. Durante el oficio por el 50.º aniversario de la parroquia hace ahora una semana, de hecho, reafirmó su intención de “abandonar el modelo pastoral depresivo” porque, dijo, “una parroquia triste no es una parroquia cristiana”.

Es por esto que en sus misas jamás se musita. Si se canta, se canta a pleno pulmón. Si se reza, se reza pronunciando alto y claro (y, a poder ser, con los brazos extendidos) las oraciones. Anima a sus feligreses a subirse al altar para leer, a componer poemas sobre la parroquia, a organizar escenificaciones de pasajes concretos. Los más pequeños de la comunidad tiene una bancada propia en la iglesia para estar cerca del altar y poder salir a recitar sus oraciones infantiles. Son ellos uno de los motivos por los que en la Resurrección no se susurran los rezos. “Siempre nos dijo que cómo queríamos que los niños se acercasen a la fe si los adultos no hablábamos de forma clara”, aseguran sus feligreses. Este concepto de parroquia “abierta”, no obstante, no implica perder la seriedad. Es justo este profundo respeto a la liturgia lo que hace que a Zapico pequeños saltos de “protocolo”, como llegar tarde a misa y sentarse en las primeras bancadas (por respeto, lo lógico sería quedarse al fondo para no interrumpir), acabe muchas veces con el sacerdote dando un pequeño toque de atención en alto.

El asturiano se prepara cada sermón como un discurso político y parece que se quita diez años de encima cuando empieza a hablar. El Silverio Zapico que espera acurrucado en una silla a que algún feligrés finalice su lectura y el Silverio enérgico que empieza a dilucidar después sobre la bondad de Jesús son casi dos personas distintas. Señala con el dedo, hace gestos de complicidad a los niños, levanta los brazos cuando quiere destacar algo de su discurso, hace pausas dramáticas. Y luego se reserva pequeños detalles: en la festividad por la Virgen de Covadonga, en Laviada el “Padre nuestro” se reza en asturiano. “Está muy concienciado con todo lo que tiene que ver con la cultura regional”, señalan desde la parroquia.

Zapico cursó Bachiller con los maristas de Auseva, en Oviedo –se graudó con un expediente sobresaliente–, y finalizó parte de su formación religiosa en Salamanca. Se ordenó como sacerdote en agosto de 1965 en la iglesia de Santiago Apóstol de su Sama natal. Desde su entorno explican que, si hubiese ignorado su vocación como religioso, Zapico hubiese sido un gran médico. Interesado por las ciencias y con una memoria prodigiosa, siempre le cautivó casi cualquier campo de la sabiduría.

Existen pocos ejemplos como el de Zapico. Un cura con 50 años de trayectoria en una misma comunidad religiosa. Tal vez por esto el sentimiento de pertenencia de la parroquia es casi único en Gijón. También ayudaron los llamados catecumenados, unos encuentros que vienen a oficializar el “reenganche” a la fe cristiana. Muchos adultos ahora asiduos al templo de Laviada habían medio desconectado de su creencia y acudían a misa más por obligación que por convicción hasta que el sacerdote empezó a convocar estos actos. Ahora se organizan en grupos, preparan excursiones, se conocen entre todos. “Somos una familia”, aseguran.

Mención aparte merece la historia de Zapico y su iglesia. Conoció a un jovencísimo Vicente Díez Faixat cuando todavía era un incipiente estudiante de Arquitectura. Le encargaron, como trabajo de clase, diseñar un templo de religioso. Él no tenía mucha idea y Zapico, experto en liturgias y en la simbología de las iglesias, le ayudó con el encargo. Gracias a este buen consejero sacó un sobresaliente. Y años después, cuando al sacerdote ya le habían adjudicado la nueva parroquia de Laviada, Zapico le encargó a Faixat la construcción del templo. Desechó el primer boceto que le envió, que era una idea de iglesia un tanto ambiciosa, y pidió retomar el proyecto que habían hecho años atrás, durante la carrera.

Solo hubo una modificación: que construir la iglesia fuese lo más barato posible. Reutilizaron botes de pintura, pusieron un suelo de terrazo no muy atractivo pero a muy buen precio –luego ya se modificó por un parqué más sugerente– y rechazaron la previsión inicial de utilizar hormigón visto porque no les salían las cuentas. Faixat, sobre el papel, no había tenido mucho en consideración aquello de los números. Dio igual, porque al final la iglesia, sumando las pequeñas reformas de los últimos años, tiene un sentido estético y religioso de gran nivel. No había dinero para grandes vidrieras, pero sí para habilitar unos jardines acristalados y una gran ventana en el techo que, sobre el altar, deja caer un chorro de luz cenital que se une con la escultura del Cristo resucitado, obra de Luis García Muñiz, que parece que asciende a los cielos. Será este templo el gran legado que Zapico deje a sus feligreses. Ya en la misa por el aniversario de la parroquia, el cura cedió la lectura de una oración a uno de los más pequeños de la iglesia, como para ceder un testigo que, en la alegre parroquia de Laviada, llevará siempre el apellido de Zapico cada vez que se rece en alto y se cante sin musitar.

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