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Serie "Los viajes de Jovellanos" (capítulo XVII): a Durango entre ferrerías y carros

Jovino muestra su curiosidad e interés por las actividades industriales y la maquinaria que se va encontrando en su ruta por los caminos vascos

Iglesia y arco de Santa Ana en Durango.

Iglesia y arco de Santa Ana en Durango.

Aquel 20 de agosto de 1791, nuestro Jovino se encontraba camino de Durango. Había salido bien temprano de Bilbao por Zornoza y tras abundante comida, prosigue el trayecto y dice así: “Salimos de Zornoza a las cinco; encontramos la ferrería de Ibarra, propia de D. Joaquín María de Aldamar, donde se labra todavía, y es la mejor; sigue la de Bierna, propia de D. Manuel Arizaga, y la tercera, llamada de Arandia, es de D. Juan de Uribe; estas dos ya están secas. Hay por todo el camino mucho arbolado, pero nuevo y bien cuidado. Desde las dos leguas de Bilbao la tierra empieza a ser más abierta y llana, y se sale de la garganta que empieza con la ría, corriendo principalmente casi norte-poniente”.

Como ya observamos, Jovellanos toma buena nota de las actividades industriales que va viendo en su viaje, en este caso destacan las ferrerías. Aquí cita tres, pero a finales del siglo XVIII existían en el País Vasco 294. En Álava 20, en Guipúzcoa 94 y en Vizcaya 180. Estos datos nos muestran bien a las claras la importancia de aquéllas industrias de obtención del hierro. Las ferrerías fabricaban hierro mediante un método de reducción directa en hornos bajos. Se aprovechaban de los cursos de agua y de la existencia de importantes masas forestales, sobre todo en esta zona del norte peninsular. A esto hay que añadir la importancia de las venas de hierro que existen en esta misma zona norteña.

Esta industria movía un número muy destacable de personas entre propietarios, comerciantes, mineros o arrendatarios. La nobleza invirtió, en esa época, importantes cantidades de dinero porque era un negocio rentable.

En las ferrerías mentadas, cita Jovellanos algunos propietarios y entre ellos destaca sobre todo, Joaquín María Barroeta Zarauz Aldamar, que fue diputado general de Guipúzcoa, caballero de la Real Maestranza de Ronda, intendente de Asturias y prefecto de Santander. Tres años después de citarlo aquí Jovellanos, en 1794, negoció el estatus legal de Guipúzcoa ante las tropas de la Convención republicana francesa. Esto trajo consigo para él, la persecución y una acusación directa de actuar en contra de los intereses de la monarquía española.

Entre Bilbao y Durango hay unos 30 kilómetros, el camino discurría más o menos por donde actualmente pasa la nacional 634, y además de las ferrerías, a Jovellanos le despiertan mucho interés otros elementos que observa en el camino. Pero veamos cómo lo describe minuciosamente: “Antes de llegar a Durango hay una vega de maíz bien cultivada; en ella vi las habas y calabazas sembradas entre el maíz, como en Asturias; vi también rastrar y desterronar la tierra, quitando las piedras y limpiándola con grande esmero para sembrar los nabos con que se alimenta el ganado en el invierno. El camino es mejor que por la mañana, aunque no las calzadas, que se dejan. Hay un pedazo nuevo desde el puente que está junto a Durango. Está prohibido a los carros herrados andar por él, y ésta será la razón de abandonar las calzadas, aun cuando sean buenas. No he visto uno sólo sin hierro. En razón de máquinas, son esencialmente como los nuestros; pero hay diferencias que, aunque accidentales, los hacen mejores en el uso. Las ruedas, por lo común, son cerradas y bien fortificadas con barras de hierro; por lo mismo, muy aligeradas de madera. No están calzadas con clavos ni con pedazos de calce como los coches, sino con láminas delgadas de hierro, vueltas y claveteadas por los lados, de que resulta un calce muy firme y agudo, pero que será cruel para los caminos. Los ejes son también ligeros y parecen torneados, y el resto de la máquina es bien hecho y firme. Su tamaño es como los de Asturias, esto es, pequeño”

Dos datos sin duda interesantes los que nos aporta nuestro viajero. Uno con respecto a la diferencia entre las calzadas y los llamados caminos carreteros, y otra las diferencias que percibe entre los carros vizcaínos y los asturianos.

La etnografía se nos presenta con nitidez una vez más en los textos de don Gaspar. Las calzadas son en realidad senderos empedrados y los caminos carreteros estaban formados por tierra pisada, de ahí que los carros vascos, donde el hierro predominaba, no pudieran transitar por los caminos, ya que los destrozaban, y tenían que hacerlo por las calzadas. De esta cuestión se extrae el porqué Jovellanos abandona la calzada, ya que el va a caballo.

El otro asunto de interés es la diferencia constructiva de los propios carros. Jovellanos nos indica la modernidad de los carros vascos frente a los asturianos con el uso sistemático del hierro.

En el verano de 1786, el famoso reverendo inglés Joseph Townsend visitó Asturias, y entre sus múltiples anotaciones hay una que viene como anillo al dedo con respecto a este asunto, dice así: “Las ruedas de los carros no tienen cubo, ni radios ni llantas; son únicamente tablas atadas las unas a las otras y girando con el eje(…). Las ruedas de las carretas no tienen radios, sino que consisten en un círculo o llanta de madera, compuesto de cuatro cuartos de círculo y dividido en dos partes por una tabla de unas 8 ó 10 pulgadas para recibir el eje que estando fijo a la rueda gira con ella(…)”. Descripción certera del inglés.

Los carros vascos, como bien explica Jovellanos, se aligeran de madera y usan llantas metálicas, esto los hace más firmes, aunque también más ligeros, pero para los caminos son muy destructivos. Estas modernidades también llegaron tiempo después a Asturias.

Finalmente entra en Durango y escribe: “Llegada a Durango antes de anochecer; gran bochorno; no hay nieve; bebimos agua de limón. Hay aquí un gran convento de agustinos, edificado poco ha, aunque fundado en el siglo pasado. Era antes un hospicio de cuatro o cinco frailes, que vivían en una pequeña casa; ya son catorce; no tienen renta y viven de las limosnas. Ítem, dos conventos de monjas, agustinas y franciscanas, ambas propietarias, aunque, según dicen, pobres”

La nieve se bajaba de las altas montañas y se conservaba para poder enfriar las bebidas en las épocas calurosas del año, había un importante negocio por detrás.

Durango es una destacada población vizcaína que merece unas pinceladas históricas. La antigua Tabira, que así se denominaba en sus orígenes, pertenecía al reino de Navarra, y era la merindad, la que se llamaba Durango. En 1200 entra a formar parte de la corona castellana y pocos años después, en 1212, en compensación por los servicios prestados en la mítica batalla de las Navas de Tolosa, pasa a manos del ya mencionado en estos artículos, Diego López de Haro, señor de Vizcaya y fundador de Bilbao. En 1372 hay una confirmación de su fuero, y es cuando alcanza un mayor auge, siendo ya denominada Villanueva de Durango. En tiempos de Jovellanos, la actividad industrial clave de la villa eran sin duda, de nuevo, las ferrerías.

Entre los monumentos más importantes de la población destacan la famosa cruz de Kurutziaga, del siglo XV, esplendoroso humilladero ubicado en la salida hacia tierras guipuzcoanas y las iglesias de Santa María de Uribarri, ya fechada en el siglo XIV y la parroquia de Santa Ana, también del XV. Pero Jovellanos menciona un convento de agustinos. Y es que desde finales del siglo XVI existía una congregación.

Será en el año 1662 cuando se ponen las primeras piedras del convento, y aunque hubo una paralización de obras, en 1684 estaba ya en pleno funcionamiento. Hasta la desamortización mantendrá su función monacal, y constaba de iglesia, de estilo renacentista y edificios anejos en torno a un claustro central. En la fachada, dentro de una hornacina, aún conserva la imagen de San Agustín. En la actualidad es un espacio social de la población, ya que la iglesia es ahora centro cultural y el convento, residencia de ancianos. Las formas barrocas predominan en el conjunto que conserva bastante bien sus trazas originales.

El día 20 de agosto de 1791 finalizó para Jovellanos en una posada de la villa de Durango. Lo que acontece al día siguiente y hacia donde dirige sus pies lo vemos en el próximo capítulo.

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