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La figura de la semana || Teresa Cueva Martínez | Directora de Gestión y Cuidados de Enfermería en Gijón, está a punto de jubilarse

Coraje con bata blanca

Elegante, amante de los viajes y la hípica, coordinó la ardua búsqueda de personal para evitar el colapso de Cabueñes en la pandemia

Teresa Cueva.

Teresa Cueva.

A la enfermera Teresa Cueva nadie le suele llevar la contraria porque acostumbra a tener la razón. La última vez que lo demostró fue durante esta pandemia, amparada en su cargo como supervisora de Enfermería del área sanitaria de Gijón, en la que tuvo que sacar de debajo de las piedras a sanitarios de su categoría con perfil de UCI para garantizar la apertura de nuevos espacios para enfermos críticos en Cabueñes. Muy respetada en su trabajo, colgará la bata blanca el mes que viene tras cumplir 65 años este 9 de marzo. De ellos, unos 40 los ha vivido como sanitaria de raza. Y los últimos nueve han sido en compañía del personal del hospital gijonés, donde reconocen que en pocos días perderán, al menos en el contacto diario, a una de sus referencias.

Cueva nació en Pola de Siero, donde empezó a forjar su carácter arrollador. Estudió Enfermería, por entonces una formación de tres años, en Gijón, y empezó pronto a trabajar en la UCI del Valle del Nalón. Eran los albores de la década de los años ochenta, así que tuvo que aprender a tragar saliva y respirar hondo ante los calificativos de “ATS” y “ayudante de médico”, ahora denostadas. En el 84 fue nombrada subdirectora de Enfermería y, en 2002, se marchó al HUCA como número dos del departamento de Recursos Humanos. Regresó a Gijón una década después para asumir la dirección de Enfermería en el hospital de referencia. Y hasta hoy.

Teresa Cueva.

En estos años, se ha ido labrando una buena fama entre sus compañeros por saber aunar dos vertientes de un buen jefe: seguridad y sentido del humor. Por eso, cuando dice que algo tiene que hacerse de una manera concreta, nadie le atribuye ínfulas de superioridad. “Si Teresa dice algo es porque es así, y ya está”, zanjan sus compañeros, que explican que echarán de menos las escapadas a la cafetería del hospital para tomarse con la supervisora el café y churro de rigor a media mañana. Una afición que lleva en realidad casi abandonada cosa de un año, para evitar corrillos, así que esperan que Cueva regrese de vez en cuando en un futuro vestida de calle.

De su fondo de armario también tienen mucho que decir sus allegados. Con buen gusto, Cueva solía pasearse por el hospital con sus gafas de ver en la cabeza, haciendo de diadema para recoger la melena rubia y conjuntando la bisutería con “looks” siempre bien combinados. Es coqueta, pero también tímida de puertas para afuera. Nunca le ha gustado salir a la palestra pública, ni para bien ni para mal.

Suponen sus compañeros de trabajo que Cueva sabrá aprovechar bien el tiempo libre al que se enfrenta a partir de ahora. Es una gran viajera, una afición forzosamente abandonada desde hace un año por la pandemia, así que seguramente tenga más de un destino rondándole la cabeza. Suele hacer las maletas con su marido, Julio Arias, y si puede con su hijo, de igual nombre que el padre y un conocido y reputado jinete de la región. También ella es amante de los caballos.

La sanitaria tendrá ahora tiempo para recuperar todo el sueño perdido en estos últimos meses, una racha que sus compañeros de Cabueñes califican como “durísima”. La pandemia puso patas arriba a toda la sanidad asturiana y dejó una evidencia: la región necesitan más enfermeros. Cabueñes, como el resto de hospitales de Asturias, se vio de repente sumido en la mayor crisis sanitaria reciente y con las bolsas de empleo de esta especialidad, el perfil más necesario para los largos cuidados de infectados por el coronavirus, a cero.

El reto se hizo especialmente duro a finales de octubre y hasta bien avanzado noviembre, cuando el hospital gijonés tuvo que habilitar de golpe el triple de puestos UCI. Ya tenía la infraestructura con una reforma “exprés” que se realizó durante el verano, pero no había personal. De normal ya era habitual que Teresa llegase con su taconeo a las nueve de la mañana y no saliese del complejo sanitario hasta la siete de la tarde, pero este último año ha sido especialmente agotador para ella. “Tiene merecido descansar”, completan desde el hospital, que aplauden, sorprendidos, que alguien como ella, que abiertamente reconoce no ser amante de los madrugones, todavía a día de hoy mantenga la actitud enérgica con la que por primera vez atravesó las puertas del Valle del Nalón. “Es una cosa muy característica suya, siempre parece que ha dormido tres días seguidos”, aseguran los sanitarios de Gijón.

Cuentan estos amigos que Cueva gestionó la falta de enfermeras en Cabueñes con actitud de minera, rebuscando en los listados posibles traslados de profesionales que permitan que los perfiles de especialidad estén incorporados en los servicios que más los necesitan, y manteniendo un contacto directo con la jefatura del Sespa y el resto de hospitales para negociar traslados, calibrar cómo y de qué manera reforzar las plantas, sumando y restando de aquí y de allá. “Un encaje de bolos”, resumen desde el hospital, que solo lamentan que Cueva, junto a toda su quinta de sanitarios, esté abandonando el oficio con la sensación de no haber trasladado del todo su experiencia a un relevo generación que, por las actuales situaciones laborales, es menos estable. Unas nuevas generaciones mejor formadas teóricamente, pero que tienen mucho que aprender del tesón y las ganas de profesionales como Cueva. Pura energía.

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